Chabuca Granda, eterna niña

En conmemoración, hoy, de los 29 años del fallecimiento de Chabuca Granda, publicamos esta entrevista con la Dama de la Canción Criolla, inédita hasta ahora. Fue hecha por Gonzalo Bulnes, en 1976, por los 100 años de la inauguración del legendario Puente de los Suspiros. Aquí, Granda evoca su niñez en el distrito bohemio de Barranco.

| 08 marzo 2012 12:03 AM | Especial | 4.8k Lecturas
Chabuca Granda, eterna niña
Chabuca Granda y Hans Lewitus, en casa de éste, en los años 60. Foto de Eva Lewitus.

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Era otro el huevo de mi niñez; ese del huequito, calientito, recién puesto, robado a la pobre gallina que se escapaba asustada como levantándose unos calzones de plumas...

Niñez montubia e infinita, plácida y formidable la de todos los niños de la Bajada de Baños de Barranco; en cuanto al Puente… ¿cien años? No, siempre ha estado allí… desde que el mundo se hizo… no puede ser de otra manera; y, ¿recordar?... ¿cómo?, si mi niñez no termina todavía.
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—¿Qué nos puede contar de los años de su vida que transcurrieron en Barranco?
—El Barranco mío es el lugar natural en el que, hasta los días de hoy, secretamente transcurre mi niñez. No es que esté en mi recuerdo… sí, allí está… en su mismo sitio, en la misma bajada de los Baños; no le altera ni siquiera algún ruido diferente; las mismas algarabías infantiles, ningún automóvil… por ningún motivo un automóvil… Acaso le falta el lejano tranvía desde lo alto y de lejos; los mismos gallos de madrugada, los mismos perros de La Ermita, las campanas… ¿Hubo campanas en la iglesia? Puede ser. De alguna manera se llamaba al feligrés. Sí, en la tarde, a la hora de la bendición, y en Semana Santa, cuando el padre Arcelay hacía unos terribles sermones en los que nadie se libraba de ir al infierno. No nos dejaban ir; eran para los grandes. Siempre me pregunté qué mandaría al infierno a la gente grande.

—Es apasionante lo que usted narra. Continúe, por favor.
—Tacatán, tacatán, tacatán: nuestros caballos resonaban por todos los cerros con los ladrones y celadores. Yo, a veces, era la niña, y para cortar camino, dejaba mi caballo y me rompía los calzones bajando más rápidamente por el poste del cerro, resbalándome desde una peligrosísima altura que ahora resulta que no tiene dos metros. Allí está, frente a la casita que destruyeron unas monjitas para hacer una obra mejor que crecerme a mí; hay unos niñitos. Ya trepa casi hasta la iglesia la casita; tenía balaustres colorados, ventanas teatinas, azotea; el agua la cortaban unas horas en la tarde y entonces se la guardaba en las bañeras en las que se ahogaba de vez en cuando mi hermano Eduardo y mi mamá le daba una tremenda zurra, para que llorara y así pudiera respirar de nuevo. En el techo (azotea) teníamos nuestras gallinas, como todo el mundo. Comían lechuguita fresquita, maíz; y el huevo era un huevo diferente. Era otro el huevo de mi niñez; ese del huequito, calientito, recién puesto, robado a la pobre gallina que se escapaba asustada como levantándose unos calzones de plumas; era otro el pan y el aroma del café que perfumaba todo el camino hasta el colegio, desde todas las casas, todas las mañanas. Todas estas casas también, como a las 7 de la noche, olerían el ahogadito del arroz desde todas sus cocinas, todas las noches; así también, todo el tiempo, siempre allí, entre sus ficus (los árboles más árboles que el Perú tiene son los ficus), el puente, tendidito, calladito, alerta, sus casitas para arriba, sus casitas para abajo; hacia arriba, las García Ronceros, Aurorita y sus calditos en la tardecita después de la Salve del Rosario, de las señoritas Bahamonde ante un ropero abierto, donde estaban la Virgen y todos los santos “de esa época”. No era mi colegio, pero era mi propia Salve Salve y mi caldito; a mí me tocaba en la banca de la mesita larga del comedor de Aurorita… ¿qué será de ella?, tendría ya como 15 años… Zoila y Socorro eran de mi edad, eran mis más amigas, todos los días nos peleábamos y amistábamos entrañablemente; sacarme de visita donde Victorita Ríos, hermana de Juan, el poeta que me jalaba los pelos a escondidas de su mamá que recibía la visita de la mía y Victorita la mía, era toda una ceremonia; me ponían vestidos diferentes, de color entero y con plisados, o blancos; o cuando me ponían sombrero y guantes para ir hasta Lima en tranvía, para las visitas a los padres de Marisa Pinilla (todavía tengo una foto de su papá, por algún lado debe estar, en un tren en el que viajaba con nosotros desde el Cusco), ufff, en el año 22 o 23. “Niña, ponte natural”, y yo cerraba las manos enguantadas; “niña, natural”, y yo abría los dedos acalambrados…

—¿Qué más recuerda de su niñez?, pues las evocaciones le afloran con asombrosa facilidad.
—Niñez montubia e infinita, plácida y formidable la de todos los niños de la Bajada de Baños de Barranco; en cuanto al Puente… ¿cien años? No, siempre ha estado allí… desde que el mundo se hizo… no puede ser de otra manera; y, ¿recordar?... ¿cómo?, si mi niñez no termina todavía. Cuando estoy en el Puente, miro como siempre la vida para adelante; quién sabe si he crecido. Ya no miro entre los balaustres, sino acodada, para arriba y para abajo. Como siempre, tengo la vida por delante; no he llegado aún a la edad del recuerdo, y mucho menos de Barranco, ¡omnipresente Barranco!

—¿Cómo explica usted la influencia del ambiente barranquino en la inspiración de los artistas?
—Barranco es diáfano hasta hoy; y cuando está brumoso en el invierno, su espíritu es aun diáfano; el sosiego, la plácida e invalorable quietud, entre la que es fácil “ver pasar las cosas” harán de cada barranquino, siempre, un peruano especial, poético, casi marinero y pescador, casi feliz, casi entre sonriente; o un constante mirador y admirador, o un triste nostálgico, o quién sabe, un conforme feliz, o un furioso melancólico, un pasante infatigable o… Un barranquino castigado si gastó su mirada en otras partes, ¡qué sé yo!


Gonzalo Bulnes
Colaborador


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