Celibato y pedofilia

Es que la función sexual en el ser humano, y en casi todas las especies animales, es inherente a su constitución biológica, como otras funciones. Los ojos son órganos cuya función es ver; la de los oídos, oír; la del corazón, impulsar la circulación de la sangre, etc. La función de los órganos sexuales es posibilitar la reproducción y permitir cierta clase de placer. Por lo tanto, el ejercicio normal de la función sexual no puede ser, en principio, pecaminoso.

| 25 febrero 2013 12:02 AM | Especial | 1.3k Lecturas
Celibato y pedofilia 1394

Es que la función sexual en el ser humano, y en casi todas las especies animales, es inherente a su constitución biológica, como otras funciones. Los ojos son órganos cuya función es ver; la de los oídos, oír; la del corazón, impulsar la circulación de la sangre, etc. La función de los órganos sexuales es posibilitar la reproducción y permitir cierta clase de placer. Por lo tanto, el ejercicio normal de la función sexual no puede ser, en principio, pecaminoso.

Lo anormal es la inhibición voluntaria y permanente de esta función. Ni la mente ni el cuerpo la resisten, y, a la larga, termina por imponerse cuando las hormonas que la controlan se acumulan y provocan el estallido. Entonces, el hombre o la mujer que se sometieron a esa prohibición, buscan o aceptan la relación sexual, con lo cual vuelven a la normalidad. Pero, si acaso, esos seres, dominados por las reglas prohibitorias del acto sexual, no desean contrariarlas por conveniencia, imposibilidad, hábito, temor o ideología, el impulso sexual suele forzar la ruptura de su abstención como masturbación, o como homosexualidad, violación, pedofilia y otras aberraciones.

Es distinto el caso de los misóginos, u hombres que rehúyen el trato sexual con mujeres, o de las mujeres afectadas de frialdad que rechazan la relación sexual. En ellos hay una inhibición de la función sexual por deformaciones somáticas o psíquicas.

Pese a su irracionalidad, la abstención voluntaria del ejercicio de la función sexual es una regla imperativa en la Iglesia Católica para los miembros de sus cleros regular y secular. Quien desee incorporarse a ellos, debe sujetarse a los votos de castidad, obediencia y pobreza, aprobados y reiterados por votación de los obispos y otros altos prelados en varios concilios ecuménicos.



Veamos cómo y por

qué se les adoptó

El voto de castidad fue impuesto para la grey cristiana, por vez primera, en el Concilio de Elvira (España), del año 305, con la fórmula siguiente: “Se ha decidido por completo la siguiente prohibición a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio que se abstengan de sus mujeres y no engendren hijos; y quien quiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía”.

Eran los tiempos en que se recopilaba las enseñanzas de Cristo escritas por los evangelistas mucho después de que Él muriera, se seleccionaba las que debían formar parte del Nuevo Testamento y se discutía el contenido de los dogmas que luego constituirían la religión cristiana.

La idea del celibato fue copiada, como otras reglas, de religiones más antiguas, como el Hinduismo y el Budismo. La asumieron los monjes, que se hicieron eremitas y vivieron en los desiertos y las cuevas.

En el año 306 había comenzado a reinar, como emperador de los romanos de Oriente, Constantino. Su madre Elena, quien se había hecho cristiana en secreto, lo educó en esta religión. Pero cuando él asumió el trono, a los treinta y cuatro años, no consideró prudente declarar públicamente que lo era y no se bautizó. Se rodeó, sin embargo, de cristianos muy encumbrados y gobernó con ellos.

En el año 314 declaró la legalidad de la religión cristiana por el Edicto de Milán, y, luego, con sus tropas formadas por cristianos, en 324, derrotó a Licinio, emperador de los romanos de Occidente, cuyas tropas eran paganas. Ya dueño del poder absoluto en la Roma de Oriente y Occidente, y, estimando que necesitaba contar con la religión cristiana como factor de gobierno, convocó al Concilio de Nicea (una pequeña ciudad ubicada en lo que es hoy Turquía) para acabar con las disensiones ideológicas que enfrentaban a los obispos y aprobar los dogmas únicos de esta religión. Temía que esas diferencias afectaran la unidad del Imperio.

Asistieron a este Concilio algo más de trescientos obispos con gastos pagados por Constantino, y sus acuerdos fueron adoptados por mayoría. El punto más importante votado fue declarar que Cristo era de la misma sustancia que Dios y, por lo tanto Dios mismo, contra la posición de Arrio (este no se hallaba presente por no ser obispo, y lo representaba Eusebio, obispo de Nicomedia), quien sostenía que Cristo, como en la mitología griega, era solo un semidiós, por ser hijo de Dios y de una humana. A partir de este concilio, los dogmas y otros elementos constitutivos de la Religión Cristiana serían propuestos, discutidos y votados por los obispos en los concilios siguientes. El Papa sería también elegido por ellos.

En el Concilio de Nicea se aprobó, además, que ningún obispo, presbítero, diácono y otros miembros del clero podría convivir en su casa con una mujer, salvo que fuera su madre, hermana, tía o una persona ajena a toda sospecha.



¿Por qué se incidió tanto en la imposición del celibato?

Los obispos advirtieron que para consolidar su dominio de gobierno requerían una burocracia clerical profesionalizada a cargo de la difusión de su doctrina y del control de su aplicación. En resguardo de su dedicación exclusiva a este propósito, debían ser apartados de la vida familiar.

En adelante, los ministros y funcionarios del Imperio Romano serían solo cristianos y, muchos de ellos, clérigos. En el año 380, el emperador Teodosio oficializó la Religión Cristiana y proscribió cualquier forma de paganismo. La unión del Estado y esa religión persistió hasta la Revolución Francesa de 1789.

El celibato no fue respetado, sin embargo, en la Edad Media ni después. Era común, siempre informalmente, que los miembros del clero, e incluso ciertos papas, tuviesen mujer e hijos.

La Reforma Religiosa de Lutero, en el siglo XVI, proscribió los votos de castidad, obediencia y pobreza, como contrarios a las enseñanzas de Cristo, y, por lo tanto, consideró normal que los pastores tuviesen mujer e hijos, como los apóstoles, y, según algunos, como Cristo mismo. Las innumerables ramas del Protestantismo se rigen por esas disposiciones de Lutero y sus seguidores.

Del mismo modo que a lo largo de toda su historia los jerarcas de la Iglesia Católica estructuraron su religión por decisiones colectivas, los actuales o los que vengan después podrían modificarlas o dejarlas sin efecto y adoptar otras. No hay ninguna razón para suponer que, por su precedencia en el tiempo, los primeros acuerdos prevalecen sobre los posteriores. Si no los cambian es porque sus jefes quieren mantenerlos, y sus subalternos ordenados tienen que acatar esa voluntad por el voto de obediencia.

Hay, no obstante, entre los clérigos católicos una corriente en ascenso que aboga por la eliminación del voto de castidad.

Las innumerables denuncias de pedofilia practicada por clérigos de la Iglesia Católica han llenado las páginas de los diarios durante la gestión del renunciante Papa Benedicto XVI, y serían una de las causas de su alejamiento de la silla papal. No es que tales casos se hayan hecho más frecuentes y ostensibles. Han sido una constante correlativa con el celibato. Salen ahora a la luz pública por la acción de la prensa y por la evolución de la conciencia de numerosos católicos que los llevan a perder el temor reverencial a los clérigos y sus superiores jerárquicos, y acudir a las autoridades policiales y judiciales. Es evidente que han entendido que su fe religiosa, personalísima e íntima, no admite compatibilidad con la manipulación para ocultar los actos inmorales o ilegales.

Me pregunto si los padres de familia que envían a sus hijos a colegios particulares a cargo de religiosos no sienten alguna aprensión al confiárselos. Contra el peligro de la pedofilia debería promoverse, como primeras medidas, una supervigilancia más directa por las asociaciones de padres de familia de la conducta y las inclinaciones de los profesores, religiosos y laicos, e inculcar en los educandos, niños y adolescentes, el deber de denunciar sin temor cualquier acto inmoral contra ellos. (21/2/2013)


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