Burger Periodismo

Los gurús del periodismo rápido han logrado por fin que los medios impresos que los contratan empiecen a escribir una historia en común: casi todos están perdiendo a sus lectores.

| 05 noviembre 2011 12:11 AM | Especial | 1.7k Lecturas
Burger Periodismo

Más datos

Los Gurús dicen que la gente no lee, y los editores limitan su trabajo a suprimir palabras, como si hacerlo les permitiera ganar el aprecio de los lectores.

DETALLE

Igual” que el comensal, el lector también es un dictador del gusto. Si algo no le sabe bien, no volverá a comprarlo. El periodismo chatarra sazona su propia crisis y se lleva consigo a los diarios y revistas que deciden rendirle culto a un ente que no existe: el lector que no lee.
1734

Un día me presentaron a uno de los ideólogos de la no lectura. Es un tipo que gana fortunas diciendo que la gente ya no lee, y ha trabajado los últimos diez años en revistas o suplementos de varios países. Su tarea consiste en transformar esos medios en páginas donde los textos tienen menos información que la envoltura de un chocolate. El último logro de ese gurú fue convertir la revista más leída de su país exactamente en lo contrario. Es un rey Midas al revés: todo lo que toca se convierte en chatarra.

Hace unos días me enteré de que aquella revista cerró por falta de lectores. Iba a enviarle un mensaje de condolencias a ese gurú, pero escribirle un texto a alguien que les ha declarado la guerra a los textos sería una ironía de mal gusto. Había que seguir sus propios consejos de edición. Apreté «delete».

Los gurús dicen que la gente no lee, y los editores limitan su trabajo a suprimir palabras, como si hacerlo les permitiera ganar el aprecio de los lectores.

Si esta tendencia se trasladara al mundo de la cocina, los cocineros serían profetas de la basura. Entrarían a sus cocinas diciendo que, según la encuesta tal, la gente ya no quiere comer bien. O que a las personas les da igual comer cualquier cosa porque ya no tienen tiempo de disfrutar nada sabroso. La solución, añadirían, es ofrecer en la carta sólo comida rápida. Pollo frito con papas y mayonesa.

Los mejores cocineros, al contrario que los editores, consideran que sus clientes son dictadores exigentes y que su felicidad es una de las cosas más sabrosas de la vida. No se trata de una imagen romántica, sino de un hecho corroborado por los contadores: cuando un restaurante hace felices a las personas también produce mucho dinero.

Un día el cocinero inglés Gordon Ramsay le explicó este secreto a uno de sus aprendices. El muchacho estaba preparando con desgano un platillo sin darse cuenta de que trabajaba para satisfacer a los comensales más exigentes de Nueva York. Ramsay se acercó con cuidado y le gritó: “Cocina como si tú fueras el comensal”. Luego despidió al aprendiz.

En los diarios y revistas donde se escribe para gente que no lee, la calidad no es un tema de conversación. Ningún editor le dicen a sus periodistas: “Escribe como si tú fueras el lector”. Pocos editores despiden a sus periodistas por asuntos de calidad. Pocos empresarios despiden a los editores. Los únicos que juzgan este círculo vicioso son los lectores cuando van al kiosko. Si deciden no comprar lo que allí se vende, no siempre se debe a que sean ignorantes. No comprar es una manera directa de expresar que algo no te gusta.

Un diario cuyas ventas disminuyen es un diario que, quizá, ya no les gusta a los consumidores, aunque esto es algo que los editores jamás aceptarán. El lector nunca tiene la razón.

***

La creencia de que el lector no tiene tiempo para leer historias de más de doscientas palabras está matando a los diarios y revistas que practican esa fe. El periodismo, en manos de los editores que piensan así, es un producto para alimentar a un hipotético lector perezoso. Una especie de comida chatarra para los ojos. Los medios que trabajan bajo esa filosofía no sólo terminan publicando historias de dudosa calidad sino también malas fotografías. Es muy difícil explicar este fenómeno a menos que se empiece a creer que los lectores, además de no leer, han perdido la vista.

¿De verdad el lector está tan apurado como para no darse cuenta de la mala calidad de un diario? El director de Periodismo de la Universidad de Nueva York, Robert Boynton, es un nuevo tipo de gurú que ha logrado que los editores y profetas de la no lectura luzcan, de pronto, como ancianos achacosos. En los años noventa, los lectores encontraron en internet una gran fuente de información. ¿Y si se van y jamás vuelven?, se preguntaban los editores de medios impresos ante el nacimiento de esa inmensa fuente de cultura. Los índices de compra de sus propios medios les daban la razón. Había una fuga sin retorno de lectores. Entonces, los gurús dijeron: «Los medios impresos tienen que parecerse a las web para retener a los consumidores. Los lectores ya no leen. Sólo navegan».

Los dueños de los medios pagaron por la sabiduría.

Los gurús cobraron.
Los editores se equivocaron.

«Los lectores no leen» se volvió un dogma de fe y muchos diarios se disfrazaron de portales online para dar la batalla. Pero a pesar del disfuerzo, los lectores que se fueron nunca más volvieron. El profesor Boynton aclara: No es que se fueran todos los lectores sino que se marchó un tipo de lector. El más apurado. El que durante el día no tiene tiempo para nada más que para consumir información específica, breve y especializada. Para él, internet (y el Smartphone y el iPad) es el paraíso para lo que busca y necesita. No se trata de un marciano. Piensa un momento. Todos, en algún momento del día, podemos ser ese lector.

No existe un sólo tipo de consumidor de información. Está el ocioso, el omnívoro, el selectivo, el quisquilloso, el gourmet de fotos. Las encuestas de lectoría, sin embargo, no reconocen esta tipología y siguen creyendo que existe un solo lector, a secas, sin matices, como si nada hubiera ocurrido en los últimos cincuenta años en el mundo de la comunicación. El lector que no tiene tiempo durante el día quizá sea un lector hambriento durante la noche, cuando llega a casa, o el fin de semana, cuando no hace nada. Un hombre que ignora el diario durante el día tal vez le preste atención durante la noche, o cuando entra al baño, o cuando toma el taxi de regreso a casa.

Las personas tienen prisa, sí, pero sólo cuando hacen cosas que no producen placer. Tienen prisa cuando caminan en las avenidas, cuando conducen, cuando van al banco. No tienen prisa cuando van a la peluquería, o cuando les hacen un masaje o cuando alargan hasta el peligro las sobremesas del almuerzo. Las cosas que producen placer siempre logran que las personas más apuradas pierdan la noción del tiempo. O, en todo caso, obligan a los apurados seres humanos a inventar minutos para disfrutarlas. En las revistas y en los diarios, por ahora, sobran los vendedores de fritangas y hacen falta buenos editores.

Igual que el comensal, el lector también es un dictador del gusto. Si algo no le sabe bien, no volverá a comprarlo. El periodismo chatarra sazona su propia crisis y se lleva consigo a los diarios y revistas que deciden rendirle culto a un ente que no existe: el lector que no lee. “No abundan los músicos que componen para sordos, plásticos que pintan para ciegos, pero sobran los medios gráficos que limitan la escritura al mínimo posible”, escribió en 2004 el cronista argentino Martín Caparrós. Siete años después, el profesor Boynton hace una profecía. En el futuro inmediato sólo sobrevivirán dos formas de periodismo: el de notas cortísimas, buenas para el smartphone, para la prisa; y el periodismo de grandes historias, documentales, que explican la vida, buenas para leer en papel o en el tablet, con paciencia de gourmet. “Todo lo que está al medio”, añade Boynton, “desaparecerá”.

Mientras ese futuro tarda en llegar, el dueño del kiosko más cercano a mi casa me explica su estrategia: “Por ahora gano más dinero desde que vendo golosinas”.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


...
Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital

Colaborador 1937 LPD

Deje un comentario

Espere...
0.756772994995