Bruno: pescador de perlas humanas

En enero de este año, el pintor Bruno Portuguez (Chorrillos, 1960) presentó en el Centro Cultural de San Marcos una muestra titulada: “Retratos de viento y de fuego”, “porque son”, explicó, “personajes que se mueven y que, además, transmiten calor humano”. Era una galería de cien hombres y mujeres representativos de la cultura peruana y universal. Pero su pincel no se enmarca sólo en personajes cimeros. Ha recorrido a pie y tirando dedo todo el Perú, a fin de pintar también a los personajes no ilustres de selva, mar, altura y profundidad. Ahora, hasta el 31 de este mes, presenta una nueva colección de sus cuadros en el Colegio de Arquitectos, en la Avenida San Felipe 999, Jesús María.

| 22 agosto 2009 12:08 AM | Especial | 2.9k Lecturas
Bruno: pescador de perlas humanas
(1) Entre dos retratos, una historia de amor. (2) En su acogedora casa de Chorrillos, Bruno y su esposa. (3) Tenía cuatro años, cuando Núñez Ureta lo dibujó asÑ (4) En charla con César Lévano, el pintor recuerda los días de la amistad fraterna que cultivaron con César Calvo y los hermanos Enrique y Alejandro Tamashiro. (5) Desde muy joven, Bruno Portuguez empezó a recorrer el Perú entero.
2965

Vida rica en color y anécdota es la de este artista sencillo y lúcido que es Bruno Portuguez, hijo de pescador artesanal cuya madre ayudaba con la venta de frutos del mar a solventar su hogar con trece hijos a bordo.

Uno de los más bellos y reveladores de esos episodios es el de su acercamiento a Teodoro Núñez Ureta, el pintor arequipeño que fue maestro de arte, cultura humanista y conciencia social.

La historia es ésta. Cuando Bruno tenía cuatro años de edad, sus padres lo colocaron en una guardería chorrillana dirigida por una dama sueca que era amiga de Núñez Ureta. Un día, refirió más tarde el maestro, ella le telefoneó y le dijo:

--Teo, tú pintas bastantes niños. ¿Por qué no vienes acá a Chorrillos, donde tengo muchos y muy interesantes pequeños?

“Llegó el maestro”, refiere Bruno, “y, según él me contó, se fijó en un niño con apariencia de tímido, que tenía cuatro años de edad”.

“Pasaron veintitrés años, y un día una amiga, Katia Holzbauer, me dijo: ‘Bruno, yo tengo un retrato tuyo’. En El Comercio había salido una entrevista a Núñez Ureta y en ella se incluía la imagen de un niño dibujado por el maestro. Pero no tenía ni firma, ni nombre ni fecha. Vi la reproducción, pero no podía saber quién era ese pequeño. Me impresionó porque me recordó mi infancia, y la pegué en mi pared. Poco después, la amiga me dijo: ‘Vamos a mi casa, para que veas el dibujo en grande. Fui, y allí estaba el dibujo en tamaño mayor, enmarcado. Me impresionó: allí estaban los ojos grandes, los cabellos hirsutos y, sobre todo, los zapatos. Eran botines de cuero”.

Botines que hablan
Bruno resalta ese pormenor: “Mi hermana trabajaba en casa de una familia acomodada, la cual le obsequiaba zapatos ya usados de sus hijos. Así fue como recibí unos botines de cuero. Era inusual que el hijo de un pescador calzara botines de cuero. La impresión fue mayor cuando vi que al pie del cuadro había esta inscripción: ‘Bruno, Chorrillos, 1960’.

Katia me preguntó si quería conocer al maestro. “Por supuesto”, le respondÑ “Entonces preparé una carpeta con mis mejores dibujos, con algunos óleos, entre ellos el retrato de mi padre”.

En la calle Ciro Alegría de Miraflores, tenía don Teodoro un taller vasto y hermoso. Recibió a los visitantes con su amabilidad habitual. Al ver los dibujos, comentó: “Tiene usted mucha fuerza”.

Al hablar del dibujo de aquel niño de 1960, el maestro se sorprendió. Le preguntó: “¿Cómo sé que es usted”. Bruno extrajo de un bolsillo una foto de aquella época lejana, en la que aparece con tres niñas de la guardería. Y con los botines de cuero.

Gran emoción. Dos damas que contemplaban la escena se pusieron a llorar. Don Teodoro escribió: “Bruno, éste es un encuentro emocionante. Este niño es ahora un pintor de verdad y estoy seguro de su camino ascendente y de su triunfo artístico. Pero hay que mantener en el alma al niño que fuiste”.

Un amor eléctrico
Un buen día, el pintor Oscar Allaín, gran amigo de Bruno, le propuso viajar a Parachique, en Piura. “Allá hay bastantes embarcaciones marinas”, le explicó. Era 1989. De regreso, se detuvieron en Trujillo y luego en Chiclayo.

En esos días había ocurrido una tragedia en Imasita, pueblo cercano a Bagua, a orillas del Marañón. Cuatro jóvenes franceses habían desaparecido. Se les supo secuestrados por unos nativos. Junto con los extranjeros desapareció para siempre el joven ingeniero peruano Ramiro Sánchez Izquierdo, de 25 años de edad, hermano materno de Fanny Palacios Izquierdo, la futura esposa de Bruno.

En Chiclayo, Bruno, que era amigo y había sido alumno en Bellas Artes del pintor Francisco Izquierdo y, por intermedio de éste, de hermanos mayores del desaparecido, decidió ir a dar el pésame a la madre del extinto, dama que vivía en Chiclayo.

En la casa de la señora estaba una chiquilla a quién él no conocía.

Fue. “La dama me abrió la puerta, y allí vi a Fanny”, cuenta.

--Sentí como una descarga eléctrica, dice. Como si después de haber caminado por un desierto encontrara un oasis. Sentí esa sensación. Allí empezó todo. En 1990 nos casamos en Chiclayo, en homenaje a la tierra en la que nos conocimos.

La casa de Bruno y Fanny, en Chorrillos, al borde del mar y de los cerros, es una exposición permanente, en la que descuellan los cuadros de Bruno y de Fanny y las voces del canto, la guitarra y el verso.

Fanny, debo decirlo, es una gran pintora. En una exposición reciente, realizada en La Casona sanmarquina del Parque Universitario, anoté, aparte de la belleza del color en los paisajes, particularmente de su tierra natal, Luya, la expresión de los ojos de las mujeres por ella pintadas. No conozco, pedestre como soy, ay de mí, nada igual en materia de ojos femeninos peruanos.

El diálogo con Bruno me explicó que antes de ir a la sierra, a su paradero inicial, Huaraz, su cuadros eran color tierra, ocre, sombra. En el cielo y el verde de la flora andina enriqueció su paleta. El color y la luz penetraron para siempre, a borbotones, en sus cuadros.

Núñez Ureta vaticinó a Bruno el triunfo artístico. Ese triunfo se ha dado. Pero no se ha traducido en premios ni medallas. “Mi gran premio”, me dice, “son mi mujer y mis dos hijos”.

En su sobria y amplia casa chorrillana habitan los testimonios de una vida insumisa, intensa y luminosa: sus cuadros y los de Fanny. Es, además, la casa de la amistad.

César Lévano
Director

Loading...


En este artículo:


...
Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital

Colaborador 1937 LPD