Brasil: lucha frontal contra la pobreza

Dedicará 833 mil millones de dólares a su segundo Megaplan contra ese grave problema social. Su candidata es favorita para ganar la presidencia. La derecha hundida por sus errores.

Por Diario La Primera | 13 ago 2010 |    
Brasil: lucha frontal contra la pobreza
(1) Luiz Inácio Lula da Silva es el presidente más popular y exitoso de las ultimas décadas en Brasil. (2) Para Lula, la campaña de este año es mucho más fácil. (3) La candidata del PT Dilma Rousseff, favorita para ganar en octubre.

El Plan de Aceleración del Crecimiento anunciado por el presidente Luiz Inacio Lula invertirá a largo plazo fondos estatales y privados en proyectos de energía, viviendas e infraestructura. Una jugada para distribuir el ingreso en un país muy desigual.

Junto a la candidata presidencial del Partido de los Trabajadores Dilma Rousseff, el presidente de Brasil Luiz Inácio Lula Da Silva lanzó un plan de obras de infraestructura, energía y viviendas por 833 mil millones de dólares. El proyecto comenzará a ejecutarse por el próximo gobierno en el 2011 y constituye el segundo de estas características desde que el ex sindicalista metalúrgico lidera al gigante sudamericano.

Se trata de otra etapa del Plan de Aceleración del Crecimiento (PAC) que la gestión Lula lanzó cuando fue reelegido en 2007, y que por trabas y fallas en su instrumentación no se ha cumplido en su totalidad.

“Yo no estoy contento por lo que hicimos hasta ahora, y creo que ninguno de ustedes está contento. Tenemos la obligación de hacer más. El pueblo pobre de este país necesita que hagamos más, la economía lo necesita”, expresó Lula, al justificar el anuncio del PAC II en el último año de su segundo mandato.

El PAC II constará de dos etapas. La primera, a lo largo del mandato del presidente a ser elegido en las urnas de octubre (2011-2014), involucrará proyectos por un costo global de unos 533 mil millones de dólares; y la segunda, a realizarse a partir de 2014, comprenderá inversiones por 300 mil millones.

En este sentido, la postulante al Palacio Planalto, Dilma Rousseff que compite con el opositor José Serra del Partido de la Social Democracia Brasileña del ex presidente Fernando Enrique Cardoso (1995-2002) apuntó que, a diferencia de lo que ocurre con Lula, durante la gestión Cardoso hubo un “No Estado” a raíz de políticas “neoliberales”. Aseguró que “ni siquiera había un Estado mínimo, sino un Estado omiso”.

Poco antes de dedicarse en pleno a la campaña para octubre, Dilma aseguró que “con el presidente Lula el Estado es inductor, regulador, que crea condiciones para que las inversiones sean hechas y por eso hace cumplirlas. Este modelo no renuncia al desarrollo, a la estabilidad y a la distribución del ingreso”.

Cifras fabulosas
El nuevo proyecto prevé que serán invertidos –entre capitales estatales y privados– unos 533 mil millones de dólares, especialmente en las áreas de energía, construcción de viviendas populares y saneamiento básico. Un 68 por ciento de las inversiones del PAC II será destinado al sector energético (unos 490 mil millones de dólares), de los cuales un 80 por ciento será absorbido por la petrolera mixta con dirección estatal Petrobras.

Por otra parte, habrá 90 mil millones de dólares destinados a planes de viviendas y urbanización de favelas. Rousseff remarcó que entre 2007 y fines de este año el gobierno habrá construido un millón de viviendas en el programa Mi Casa, Mi Vida, y añadió que con la segunda etapa de ese programa, a partir de 2011, se levantarán otras dos millones,

Rousseff agregó que en el gobierno de Lula renacieron “tres expresiones: planificación, inversión y desarrollo con inclusión social, dejando atrás décadas de improvisación”.

Lula, asimismo, remarcó que las inversiones gubernamentales deben ser “un compromiso del Estado”, sin importar la orientación política del futuro presidente.

Optimismo
En ese contexto, Lula ha expresado que la presente campaña electoral será la más fácil para el Partido de los Trabajadores (PT). En comparación con las anteriores, el PT tiene la ventaja de poder exhibir los resultados de su gobierno sin estar limitado por un contexto crítico sobre otras administraciones. Este factor ya decidió –en gran medida– favorablemente la elección de 2006, pero ahora, tras dos periodos, parece contar aún más.

Para el favoritismo actual, cuentan también los errores de la oposición, de los que esta campaña es una demostración cabal. Antes que nada, la derecha –que sobre todo mantiene el monopolio de los medios de comunicación como su mayor fuerza– persiste en la creencia de que representa el poder de la opinión pública, algo que cada vez es menos cierto.

La campaña de 2005 contra el gobierno y la utilización pertinaz del monopolio mediático en el primer turno en los comicios de 2006 –donde consiguieron, con manipulaciones, pasar a segunda vuelta– les produjeron una sensación de omnipotencia desde donde hablar en nombre del país, de la opinión pública. Se quedaron con la impresión de un poder –declinante– que fueron perdiendo conforme se iba consolidando el apoyo al gobierno.

Pero las mayores equivocaciones vinieron de la mano de la asunción a fondo de valores neoliberales –suponiendo que la gente se plegaría a estas posiciones–, confundiendo sus intereses con los del país, algo típico de los medios de comunicación conservadores. Llegaron a creer que el brasileño aborrece el Estado, que lo que viene de él se percibe como negativo y, en consecuencia, lo producido por el mercado es aceptable para la población.

Criticaron todo tipo de gasto del gobierno, sin discriminar ni analizar su destino, como si al pueblo cualquier acción estatal le pareciera negativa. No diferenciaron entre si se trataba de contratar burócratas ineficientes –el cliché que tienen del funcionario público– o a profesores, enfermeras, médicos, para la atención masiva de la gente.

Más ataques
Las críticas del ex presidente Fernando Henrique Cardoso y del candidato opositor José Serra acerca del “corporativismo” (?) del gobierno de Lula carecen de sentido para personas comunes a quienes escapa el significado del concepto, por lo que no lo consideran entre los principales problemas del país. La revista conservadora británica The Economist juzga incluso que al pueblo brasileño le simpatiza el Estado que garantiza sus derechos. Como este proceso no está incluido en el punto de vista neoliberal –el de los derechos–, la derecha resulta víctima de sus propios prejuicios y se ubica a contramano de la opinión del elector.

Consideran, asimismo, que la participación de los sindicatos y los partidos es tenida como negativa por el pueblo, y afirman que todo sustento ideológico desvirtúa las finalidades del Estado. Son incapaces de comprender que la gente prefiere un gobierno afín a los sindicatos –que representan las reivindicaciones de un gran número de personas– a uno como el de Cardoso, que criminalizó a los gremios y les negó sus derechos.

A escala internacional, la derecha arrastra la concepción tradicional sobre “relaciones privilegiadas” (subordinadas) con Estados Unidos y Europa. Se imaginan que la dinámica económica externa a seguir es por esas rutas y propugnan privilegiar dichas relaciones. La situación presente ha demostrado exactamente lo contrario: los países capitalistas centrales no salen de la crisis, mientras que aquellos que optaron por la integración regional lo hicieron al lado del conjunto de naciones del sur.

La derecha cree en las mentiras que propaga. Por ejemplo, que existe un empate técnico y que los candidatos inician el calendario electoral en Brasil en situación de equilibrio. La derecha es víctima de su propio veneno.

Gave error
El error más significativo, sin embargo –por el que paga un alto precio–, fue el del gobierno de Cardoso, cuando consideró que la simple estabilidad monetaria le podía ganar apoyo popular para perpetuar en el poder el proyecto del “bloque de tucanes y demistas” (alianza de su partido, el Movimiento Brasileño Democrático, con el de los Demócratas Brasileños).

El régimen de Cardoso sacrificó las políticas sociales, el desarrollo económico, la soberanía nacional, el papel activo del Estado, la regulación económica, los derechos generales de la población, en función del ajuste fiscal y la hegemonía del capital financiero. Cardoso eligió como tema central de conducción la estabilidad monetaria, con la inflación golpeando los salarios y el ajuste fiscal como remedio para todos los males. Lula escogió atacar la injusticia social y le aplicó crecimiento y distribución del ingreso como antídotos. Quedó claro quién tenía razón y quién ganó: los méritos para la izquierda y los errores para la derecha.

Dilma es la favorita
La candidata a la presidencia por el Partido de los Trabajadores (PT, en el gobierno), Dilma Rousseff, es la preferida de los electores brasileños, con un 39 por ciento de la intención de voto, según una encuesta del Instituto Brasileño de Opinión Pública y Estadística (IBOPE), encomendada por la TV Globo y el diario O Estado de S. Paulo. El sondeo, cuyos resultados se conocieron el sábado último, ubica detrás de Dilma el aspirante por el opositor Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), José Serra, con 34 por ciento, y Marina Silva, del Partido Verde (PV), con ocho por ciento.

IBOPE consultó a dos mil 506 brasileños con derecho al voto en 173 municipios del país, con un margen de error de más-menos dos puntos porcentuales. Por ello, Dilma podría estar entre 37 y 41 por ciento de la intención de voto, Serra (entre 32 y 36) y Marina (entre 6 y 10).

En comparación con la encuesta anterior de IBOPE, divulgada el 30 de julio pasado, Dilma y Serra mantuvieron los mismos porcentajes y Marina subió de siete a ocho por ciento de la intención de voto para la primera vuelta de las elecciones generales en Brasil, a realizarse el 3 de octubre venidero.

Ninguno de los seis restantes aspirantes al Palacio de Planalto llegó al uno por ciento de la intención de voto, un siete por ciento respondió que votará en blanco o anulará la boleta y los indecisos son 12 por ciento.

En una eventual segunda vuelta, la candidata del PT obtendría un 44 por ciento de los votos y Serra un 39 por ciento, los sufragios nulos o en blanco serían ocho por ciento y los indecisos nueve por ciento.

La encuesta de IBOPE ve la luz un día después de ser revelada otra consulta, esa del Instituto Sensus, encomendadas por la Confederación Nacional del Transporte, la cual da a Dilma un 41,6 por ciento de la intención de voto, un 31,6 por ciento a Serra y un 8,5 por ciento a Marina.

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