Borges, noctámbulo en Mallorca

Hay un rincón perdido en la larga vida de Jorge Luis Borges: su estancia en Mallorca, que es escasamente conocida. Eso ocurrió entre mayo de 1920 y marzo de 1921.

| 07 agosto 2011 12:08 AM | Especial | 5.3k Lecturas
Borges, noctámbulo en Mallorca
El joven Jorge Luis Borges fue un enamorado de las noches de Mallorca, en España.
Noches insomnes en Mallorca y poemas a una mujer nocturna son algunos “detalles” de la vida de un joven Jorge Luis Borges, ultraísta en los años 20.

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“Jorge Luis gozó de una gran libertad para reunirse con sus amistades desde la mañana hasta la noche; y cuando los bares y cafés estaban cerrados, optaban por concurrir a Casa Elena (…) Rodeado por su simpático e inteligente círculo de amistades, Borges llegaba encantado a este mesón nocturno donde eran tratados por la dueña como verdaderos príncipes”.
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La familia Borges-Acevedo ya había estado en esta isla del Mediterráneo un año antes, pero en ese 1919 pasaron por la mayor de las Baleares sin hacer ruido y siguieron viaje hacia Andalucía y, después, a Madrid. La estancia que empieza en 1920 tiene varios pilares que soportan la simpática e interesante temporada isleña de Georgie. Por un lado, su amistad con los jóvenes poetas mallorquines. Por otro, el convertirse en el transmisor del ultraísmo, que él había empezado a practicar en Madrid. También, su gran amistad con el poeta, pintor y crítico mallorquín Jacobo Sureda, un año más joven que él, y el comportamiento propio y total de un muchacho de veinte años que ya no se repite en su Buenos Aires querido cuando retorna en abril de 1921, por lo que ese trozo de su vida resulta como una exclusiva de Mallorca. En esta esquina de la vida juvenil de Borges hay que incluir, por lo menos, un enamoramiento. Suspiró por ella, pero no le dijo ni una palabra.

Los Borges, que ya conocían bastante bien la isla, se alojaron en su segunda estancia en el hotel Continental de Palma, y en algunas oportunidades pasaron fines de semana en la localidad de Valldemossa, ubicada a unos 20 kilómetros de la capital insular. Jorge Luis gozó de una gran libertad para reunirse con sus amistades desde la mañana hasta la noche; y cuando los bares y cafés estaban cerrados, optaban por concurrir a Casa Elena, local que estaba en todo su esplendor, que se definía como café, de acuerdo al letrero que lucía en la puerta, pero cuya actividad era otra. De pueblos de Mallorca, de las otras islas del archipiélago, y hasta de Valencia, Barcelona y el sur de Francia, llegaban señores de todas las edades atraídos por las muy bien seleccionadas chicas de esa casa, y la exquisitez del trato que recibían. Rodeado por su simpático e inteligente círculo de amistades, Borges llegaba encantado a este mesón nocturno donde eran tratados por la dueña como verdaderos príncipes.

Sería algo más de las doce de la noche cuando el poeta, que había llegado a Mallorca procedente de Ginebra, entraba en ese templo del placer en compañía de sus buenos amigos mallorquines, que eran sus guías por toda la ciudad; sobre todo, por la Palma nocturna. Si en el grupo se hallaba Josep Lluis Moll, más conocido por Fortunio Bonanova, cantante de zarzuela, con futuro éxito cinematográfico en Hollywood, la entrada triunfal de los jóvenes ultraístas era amenizada por la voz del que sería actor hollywoodense. Había una mesa reservada para ellos que estaba en la entrada. La habitación siguiente, de mucho mayores dimensiones, era el escenario de la gran fiesta diaria. Una orquesta caribeña, formada en su mayoría por insulares y peninsulares hispanos, animaba el jolgorio de larga duración.

Miguel Ángel Colomar, el más joven del grupo, poeta al que le esperaría la fatalidad en forma de Guerra Civil, solía ser el representante del conjunto ante doña Elena, dama entrada en años y en carnes, pero que, según decires de ancianos que ayer fueron jóvenes y disfrutaron de esos momentos eléctricos del lugar, estaba aún de muy buen ver. La primera ronda era cortesía de la casa. Altos vasos de espumante cerveza llegaban a la mesa de la poesía; un camarero enano de muy mal carácter se encargaba de hacer ese viaje espumoso desde el bar, que estaba a la espalda de la peana donde se colocaba la orquesta. La señora Elena se les acercaba para preguntarles si estaban cómodos, tenía atenciones especiales con Jorge Luis, y en algunas ocasiones le hablaba en un macarrónico francés aprendido en los pocos años que vivió nada menos que en el puerto de Marsella.

Cuando la fiesta llegaba a su clímax y las parejas bailaban en el centro de la gran habitación, aunque algunas se habían escurrido por una puerta muy bien disimulada que llevaba a un pasillo con otras habitaciones (muy pequeñas, muy reservadas, muy excitantes), doña Elena, catalana con años de residencia en Mallorca, le pedía a Bonanova que hiciera el favor de cantar un trozo de zarzuela o lo que él quisiera. Era el momento en que la media docena de amigos, a veces hasta ocho o nueve, se trasladaba hasta ese escenario de la alegría y Borges buscaba con la mirada la cara de una chica conocida a la que le habría dedicado un poema.

Fortunio no se hacía de rogar y cantaba todo lo que le pedían. Recibía los aplausos de señores y señoritas bebiendo una exquisita cerveza alemana y charlando, en los intermedios, con algún aficionado a ese género musical. Ferrer, periodista; Alomar, crítico de pintura, y Vives, diletante, daban rienda suelta a su curiosidad y preguntaban a Jorge Luis si en Suiza había estado en un sitio como ese. Si de las chicas que pululaban por esa enorme habitación le gustaba alguna, Colomar, conocedor de esas “niñas del trato”, como las llamaba Valle Inclán, le proporcionaba información sobre algunas de ellas. Y basado en la buena amistad con Borges, le susurraba un nombre: Elvira, que pertenecía a una señorita de la alta sociedad mallorquina.

Sobre las cinco de la mañana, casi todos los señores que no habían entrado a esa zona de puertas angostas, se despedían. Algunas chicas bostezaban ya liberadas de tarea profesional. Los amigos, rodeando a Jorge Luis y preguntándole si había escrito un nuevo poema, empezaban a desfilar hacia la salida. Colomar, nuevamente, inquiría muy quedo: “¿Un poema rojo como ‘Rusia’?”. Ninguno cruzaba la línea de separación entre el gran salón y el corredor de sucesivas puertas que conducían al éxtasis.


Carlos Meneses
Colaborador


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