Bagua: La otra verdad

Acababa de amanecer cuando el infierno de gases y balas alcanzó a los awajún en la Curva del Diablo. Minutos antes, Felimón Teets se había levantado para preparar el desayuno para sus cincuenta compañeros de la comunidad de Wawas que habían viajado con él para apoyar la protesta indígena. Un balazo le impactó en el brazo y lo tumbó al suelo. “Los primeros disparos venían del cerro. Los policías también nos atacaron con bombas lacrimógenas y balas desde los helicópteros. Y por la pista también venían disparando y con un tanque de hierro (tanqueta) adelante. No teníamos cómo escapar. Estaba muy asustado y comencé a correr, pero una bala me cayó en el brazo. Me sacaron de ahí y me llevaron al hospital de Bagua”, recuerda Felimón, que tres semanas después todavía siente un profundo dolor en el brazo derecho y no tiene ningún medicamento para tomar.

Por Diario La Primera | 29 junio 2009 |  3.3k 
Bagua: La otra verdad
(1) Viuda de nativo awuajún Felipe Sabio, muerto en Bagua, reclama una indemnización del gobierno. (2) Para llegar a Yamayaca hay que cruzar el río Marañón. (3) La comunidad de Wawas tiene aproximadamente 600 habitantes. (4) Los awuajún cultivan básicamente yucas, plátanos, cacao y café. (5) Bacilio Dekentai denuncia que vio a un helicóptero recogiendo muertos.
Historia no oficial de la Curva del Diablo / Hablan los Awajún

Más datos

“Vi dos viajes del helicóptero. En cada viaje recogió como 30 muertos. Nadie sabe dónde los han llevado”.

“Tenemos mucho miedo de hablar y decir la verdad de lo que pasó porque después vienen las represalias y nos denuncian”.

“Nosotros reaccionamos porque los policías nos estaban matando. No nos íbamos a quedar con los brazos cruzados mientras nos disparaban a matar”.

PROTESTA. “Para lograr algo para nuestro pueblo siempre hemos tenido que hacer paro. Nunca hemos conseguido nada del gobierno sin protestar y sin hacer paro. El gobierno nunca ha tenido voluntad de hacer algo por nosotros. La única manera que tenemos para que el gobierno nos escuche es tomar carreteras, el oleoducto y la hidroeléctrica que está en nuestro territorio. Esa es la realidad”.  (Simón Wipio, de la comunidad de Yamayaca).

INJERENCIA. “No tenemos ninguna influencia política. Nadie nos manipula. Sabemos bien qué es lo que queremos para nosotros y para nuestros hijos. Queremos un desarrollo que conserve la Amazonía y su medioambiente. Para nosotros es una burla decir que nuestra protesta es manejada por Evo Morales y Hugo Chávez. Esa afirmación nos indigna. A ellos ni los conocemos” (Salomón Awananch, apu de la comunidad de Nazareth).
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“En el hospital me sacaron la bala, me cosieron, me dieron unas pastillas para el dolor y me dijeron que me vaya. Hasta ahora no puedo mover el brazo, me duele mucho. Ya se me acabaron las pastillas, que eran calmantes, y no tengo nada para tomar”, se queja Felimón, de 23 años, echado en su cama, donde ahora ve pasar el tiempo esperando recuperarse para poder volver a trabajar su chacra.

Salomón Awananch, apu awajún de la comunidad de Nazareth y presidente del Comité del Paro Amazónico que dirigió el bloqueo de la carretera Fernando Belaunde, asegura que esa mañana del cinco de junio cuando se inició el ataque policial, los manifestantes comenzaban a prepararse para abandonar la Curva del Diablo. El dirigente awajún revela que la noche anterior al ataque policial se habían reunido con el general Javier Uribe, jefe de la región policial de Amazonas, y habían acordado una tregua hasta las diez de la mañana del día siguiente. El general Uribe les había dado ese plazo para desbloquear la vía antes de que la policía actúe, y a las diez de la mañana debían darle una respuesta. Pero no hubo tiempo para que la respuesta llegue.

“En la noche del jueves cuatro, después de hablar con el general Uribe, nos reunimos y por mayoría decidimos abandonar la carretera. No queríamos un enfrentamiento. Eso le íbamos a decir al general Uribe antes de las diez de la mañana del día siguiente, como habíamos pactado, pero la policía nos traicionó y rompió la tregua. Nos sorprendieron a las 5:30 de la mañana atacándonos desde el cerro”, afirma Salomón. “A esa hora –continúa- nos dimos cuenta que habían personas caminando en el cerro y un grupo salió a ver qué pasaba.

Ahí comenzó la balacera. Los hermanos que habían subido bajaron corriendo y otro grupo salió para el cerro. Eran más de mil. Estaban desarmados. Como vieron a tres hermanos muertos, entonces vino la reacción. Algunos lograron agarrar a los policías. Ahí murieron varios policías. Los que bajaron dijeron que había muchos hermanos muertos en el cerro. La policía invadió el cerro y ya no dejó entrar a nadie. Solamente pudimos recuperar tres cuerpos. De los que subieron al cerro hay muchos que no han regresado”.

“Yo vi 60 muertos”
Uno de los que subió al cerro fue Bacilio Dekentai. Él había llegado desde la comunidad de Yamayaca, donde había dejado a sus cuatro hijos, para sumarse al bloqueo. “Nos atacaron como si estuviéramos en la guerra. La mayoría de nosotros ha estado en el Ejército y estamos preparados para pelear, pero estábamos desarmados porque nuestro paro era pacífico. Les pedíamos que no disparen, pero no nos hicieron caso, seguían disparando. Había muchos muertos. Yo vi cuando mataron a dos heridos que estaban en el suelo”, recuerda Bacilio.

Cuenta que escapó y se escondió en una parte alta, y asegura que desde ahí vio a un helicóptero recogiendo cadáveres. “Desde el lugar en el que estaba escondido vi como bajaba el helicóptero y recogía a los muertos. Vi dos viajes del helicóptero. En cada viaje recogió como 30 muertos. Nadie sabe dónde los han llevado. Con mis propios ojos lo he visto. Hablo con la verdad”, asegura, enfático.

Grimaniel César, quien tiene 26 años y un hijo, también estuvo en el cerro. Ahora no puede caminar por una herida de bala en la pierna. Lo encontramos echado sobre el piso de tierra de su pequeña casa de la comunidad de Wawas. Apenas puede hablar por el dolor. “La bala me cayó en la parte de arriba de la pierna. Me entró por delante y salió por atrás. Estuve cuatro días en el hospital de Jaén y me dieron de alta diciéndome que me iba a poner bien, pero no he mejorado. El dolor sigue muy fuerte. Siento que me quema por dentro. No puedo levantarme. No estoy tomando ninguna medicina, nada para el dolor”, afirma.

Grimaniel respira profundo, hace un esfuerzo para soportar el dolor, que se refleja con intensidad en su rostro, y continúa relatando lo que vivió en el cerro de la Curva del Diablo. “Yo subí al cerro en el segundo grupo. Subimos cuando escuchamos que la policía disparaba. Los policías disparaban al cuerpo, a matar. Nunca pensamos que eso podía pasar. Las balas volaban por todos lados. Nosotros subimos sin armas. Vi a mis compañeros que caían por las balas. Yo vi a diez hermanos caer muertos ahí en el cerro. Los heridos en el cerro eran tantos que no se podían contar. Me impactó una bala en la pierna y caí al suelo. La policía gritaba: ‘dejen a los heridos’. Pero mi amigo tuvo valor y me cargó y me sacó de ahÑ Me bajó y me llevó hasta donde había una ambulancia. Si la policía me encontraba herido seguro me mataba”, manifiesta.

En medio de la balacera, Virgilio Tsajuput logró llegar corriendo hasta la parte baja del cerro y ahí se escondió con otras doce personas. Tres estaban heridos de bala. La policía los encontró y los golpeó. “Nosotros gritábamos: ‘paz, por favor no nos maltraten, paz’. La policía nos apuntaba con sus armas y respondía: ‘salgan concha sus madres, si no quieren que les disparemos salgan’. Entonces salimos agarrados de las manos. La policía nos agarró a golpes. A los heridos también los golpearon. Algunos caían al suelo, otros aguantaban los golpes. A mí me cayó un golpe en la cabeza y me desmayé. Al rato, cuando desperté, estaba mareado y lleno de sangre. La policía me dijo ‘vete, pero sácate los zapatos’. Tuve que sacarme los zapatos y correr descalzo sobre un terreno que tenía plantas con espinas, hasta llegar a la pista. Eran como 200 metros. En la carretera me encontré con un carro de bomberos que estaba recogiendo heridos y me llevaron al hospital”, cuenta Tsajuput.

“La policía mataba a los heridos”
Después que la policía controló el cerro, el ataque se concentró en la pista. El aire era irrespirable por los gases lacrimógenos y las balas no daban pausa. Yamas Tziwan, madre de siete hijos y que estaba ahí con varios de ellos, agarró una bandera peruana y la levantó frente a los policías. Estaba segura que la bandera la protegería. Pero no fue asÑ “Siempre he escuchado que la bandera de la Patria es un símbolo sagrado y por eso la levanté, pidiendo paz. Pero la policía no respetó la bandera, me empujó, me quitó la bandera y la tiró a un barranco. En ese momento pensé que iba a morir. No sé cómo me salvé y estoy aquí”, dice Yamas Tziwan, mientras camina por la calle de tierra, enlodada por la lluvia, que atraviesa la comunidad de Yamayaca y lleva hasta el río Marañón.

Llega al local comunal, donde hay una asamblea, y continúa con su relato de lo que pasó en la Curva del Diablo: “Nos atacaron tirando bala directo al cuerpo. Nuestra gente estaba desarmada, solamente tenía sus lanzas, que para nosotros es un símbolo de identidad cultural. Han caído tantos hermanos que no se podían contar. Queríamos recoger sus cadáveres, pero no nos han dejado. Nos atacaron desde tierra y desde el aire. Nos acorralaron”.

Sekut Díaz, una mujer awajún de 36 años, también estuvo en la Curva del Diablo. “Nos atacaron sin compasión, como si fuéramos el peor enemigo. Nos atacaron por tierra y aire, con bombas lacrimógenas y balas”, recuerda. Con el dolor marcado en el rostro y sacándose el temor de encima –“tenemos mucho miedo de hablar y decir la verdad de lo que pasó porque después vienen las represalias y nos denuncian, pero alguien debe hablar porque si nadie hace oír su voz nunca se sabrá la verdad”- Sekut Díaz, madre de dos hijos, denuncia que ella vio a la policía disparar contra los heridos que habían quedado atrás porque nadie los pudo ayudar a escapar. “Yo me escondí cerca de la pista y desde ahí he visto como la policía mataba a unos hermanos que estaban heridos; les dispararon cuando estaban tirados en el piso. También vi como quemaron a un hermano. Vi como ardía su cuerpo; movía los brazos y sus piernas. No podía hacer nada para ayudarlo”.

“Lo que hubo en la Curva del Diablo no fue un desalojo, fue un ataque”, precisa Heriberto Tiwijan, apu de la comunidad de Wawas. Sobre la muerte de los doce policías que cayeron en ese lugar, responde que los indígenas los atacaron luego que la policía los agredió primero. “La policía nos atacó primero disparándonos desde aire y tierra. Nosotros reaccionamos porque los policías nos estaban matando. No nos íbamos a quedar con los brazos cruzados mientras nos disparaban a matar. No queríamos atacar a la policía, pero reaccionamos para defendernos después que la policía empezó a matarnos”. Tiwijan asegura haber visto cadáveres quemados. “Yo he visto tres cuerpos quemados. Esos no están en la lista de diez muertos que ha dado el gobierno. Son parte de los desaparecidos”, denuncia.

Entre los gases y las balas, todos corrían desesperados. En su huída, Salomón Awananch vio otros tres muertos, además de los tres que habían caído en el cerro. “A uno lo vi quemado por una bomba lacrimógena, a otro muerto de un balazo en el pecho y a un tercero que cayó muerto en la cuneta. Ya no vi más porque todos salimos corriendo para salvar nuestras vidas. Corriendo llegué hasta el río, crucé nadando y después llegué a Bagua. En la ciudad también había balacera. Ahí vi a una mujer y a una niña heridas de bala, no sé qué pasó después con ellas, y también vi dos muertos: un mestizo gordo que tenía un balazo en el pecho y un hermano awajún, Felipe Sabio, al que la policía le disparó desde un techo. El hermano cayó por un balazo en la pierna y cuando estaba en el suelo los francotiradores lo remataron. Él no había estado en la Curva del Diablo porque su misión era apoyar con la logística desde Bagua”, no dice Awananch.

En su casa de una habitación, hecha de caña y madera, con techo de hojas de palmera y piso de tierra, la joven viuda de Felipe Sabio llora la muerte de su esposo con su pequeño hijo de pocos días de nacido en brazos. Es el cuarto de sus hijos y nació el 11 de junio, seis días después que mataron a su padre.

“Mis hijos se han quedado sin padre, sin nadie que vea por su salud, su educación, sus alimentos. Estoy sola. Estoy sufriendo mucho. La muerte de mi esposo es culpa del Alan, por eso reclamo que el gobierno me reconozca una indemnización por su muerte así como ha reconocido una indemnización para las familias de los policías muertos. Dicen que las esposas y los hijos de los policías muertos están sufriendo y por eso el gobierno los va a ayudar, pero acaso nosotros no estamos sufriendo, acaso mi esposo es un perro que ha muerto, acaso nosotros no somos también seres humanos”, reclama, con la voz entrecortada y lágrimas de dolor, pero también de indignación y rabia por la manera como mataron a su esposo y por la forma como, una vez más, el gobierno le hace sentir ese olvido y marginación en el que viven los pueblos indígenas.

Por Carlos Noriega

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