Ay, la Policía

Uno de los sueños locos que alucinaron mi juventud primera, consistía en puntualizar como requisito para obtener el documento de identidad nacional -que antes se llamaba Libreta Electoral,- el haber leído y comprendido, “El Mundo Es Ancho y Ajeno”, del inolvidable Ciro Alegría.

| 11 setiembre 2011 12:09 AM | Especial | 2.5k Lecturas
Ay, la Policía
EL OJO HUMANO

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Y según afirman algunos viejos tombos, “la corrupción viene de arriba” y “pasa por el rancho, la gasolina y el presupuesto para informantes. Todo va al bolsillo de los jefes”.
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En esta sensacional novela, que ningún peruano debiera ignorar, se relata la vida y miserias de la Comunidad de Rumi, perdida en los Andes y en los vericuetos de nuestras historias. Es decir, la ficcional y la verdadera, que a veces, es más triste todavía.

El citado voluminoso libro, llegó a mis infantiles manos de manera misteriosa, cuando apenas tenía ocho años. Desde entonces, lo he leído y releído más o menos doce veces y otras tantas, sus narraciones entrelazadas, me han arrancado lágrimas de frustración, al comprobar que muchos –si no todos- los problemas, abusos y contradicciones, allí relatados, han sobrevivido a las diversas vidas que he vivido hasta esta mañana fría y garuada, como la tristeza misma.

Una de las breves secuencias de esta “biografía del Perú real”, me estremeció cuando apenas era un chiquillo y me sigue doliendo en el alma hoy, que he terminado por creer en muy pocas cosas.

Y se refiere al día en que Rosendo Maqui, alcalde de los comuneros, termina por comprender que de nada valdrá tener razón, ni gritar pidiendo justicia, mientras personajes como el gamonal Álvaro Amenábar y Roldán, tengan de su lado a la policía y además, puedan comprar la conciencia de ciertos jueces. Entonces, el viejo Rosendo, en palabras del gran Ciro: “se sentó a la vera del camino y se puso a llorar, cual una vieja piedra que resumara humedad”.

- Dicen quienes lo saben, que “El Mundo es Ancho y Ajeno”, fue ninguneado en un importante concurso convocado en el Perú, en razón del –entonces- credo aprista del escritor, lo cual no impidió que posteriormente ganara otro certamen en Chile y luego conquistara la fama en Estados Unidos, a través de un consagratorio comentario de John Doss Pasos, seguido por Carleton Beals y otros eruditos literarios.

Actualmente, el libro se lee en más de treinta idiomas y es un texto de culto para varias generaciones de investigadores sociales.

Pero el país que ahí se retrata, sigue siendo el mismo, o más o menos.

A muy corta edad, solía asombrarme de ver, en la Plazuelita de Guadalupe, vecina al Palacio de Justicia, a un colorido grupo de campesinos ataviados “a la cuzqueña”, con ojotas, poncho y montera, entrevistándose con el Dr. Numa Pompilio y no sé qué más, abogado quechuahablante, que les hacía promesas y les auguraba triunfos, referidos al reconocimiento de propiedad de los predios de su lejana comunidad.

Al final de estas entrevistas callejeras, invariablemente el “Rosendo Maqui” de entonces, apelaba a una multicolor faltriquera, de donde extraía unos billetes maltratados por todas las inclemencias, para pagar la sabia y promisoria ayuda del “Doctorucha”.

Andando el tiempo y convertido yo, en reportero de “Última Hora”, entrevisté a los hijos de aquellos litigantes, enterándome entonces, que la comunidad “en litis”-como se dice en Derecho- tenía títulos de propiedad desde los tiempos del Virrey Toledo, pero que igual, nunca habían conseguido hacerlos valer, ante la invasión reiterada de la “Cerro de Pasco Cooper Corporation”.

Por entonces, se decía en “El Diario de los Doctores” y también en el “De Los Señores”, que los más jóvenes de tales comuneros, eran licenciados del ejército y por lo tanto, no sólo sabían manejar armas, sino que –de algún modo-las poseían y estaban en condiciones de usarlas, “si acaso algunos falos judiciales les resultaran adversos”.

-Pues bien. Un día de esos, no “algunos”, sino todos, los fallos judiciales se pronunciaron a favor de la transnacional y como los comuneros, gritaran su protesta en keshua y lanzaran algunas piedras utilizando sus ancestrales “huaraccas”, la policía arremetió contra ellos, empleando las viejas metralletas “Solotur” que los mató por racimos y, como puede imaginarse no hubo “armas ocultas”, ni “licenciados”, que impidieran la masacre.

Los humildes comuneros, se limitaron a llorar sus muertos, para enterrarlos después. Y el mundo siguió siendo ancho y además ajeno.

Y el “Mercioco” tituló la noticia como: “Los Luctuosos Sucesos de Ayer”-y se acabó la fiesta.

Décadas más tarde, “El Nictálope” de Manuel Scorza, habría de relatar: “Esa mañana, supe que venía la desgracia, porque mi caballito me avisó. Si pues. En su relincho gritaba: ¡Poleciyaaaa…..poleciyaaaa! Entonces supe que la desgracia había llegado a mi comunidad”.

-Y así nació la poderosa saga “Redoble por Rancas”, que bien podría entenderse como una continuación de “El Mundo Es Ancho y Ajeno”,-que ningún peruano debiera perderse.

Estas viejas-y verdaderas- historias, quizás resulten explicando el perfil corrupto y peligroso de la policía que hoy nos amenaza en vez de protegernos.

En nuestro país, casi nadie quiere denunciar un robo, pues involucrarse, de cualquier modo con la policía, es más peligroso que enfrentar a los delincuentes. Son muchos los casos de ciudadanos muertos a golpes o extorsionados, luego de haber solicitado protección o auxilio policial.

En Lima, Trujillo, Chiclayo y siguen firmas, los extorsionados, prefieren pagar “cupos”, a los malhechores, antes que ponerse al alcance de la inútil y riesgosa intervención policial.

Quienes tienen la desgracia de sufrir el secuestro de un familiar, igual, optan por negociar con los plagiarios, pidiendo a nuestra sagaz policía que por favor, no intervenga.

Y según afirman algunos viejos tombos, “la corrupción viene de arriba” y “pasa por el rancho, la gasolina y el presupuesto para informantes. Todo va al bolsillo de los jefes”.

-Algunos añaden que es frecuente el caso de comisarios o Jefes de Puesto, que ordenan a sus subalternos traerles “de la calle y como sea” determinadas sumas de dinero, so pena de acusarlos de “insulto al superior”, darles de baja, o transferirlos a zonas peligrosas. En cuanto al acoso sexual a las agentes femeninas, no hay necesidad de explayarse sobre el tema.

¿Y que proponen ciertos políticos hoy en el poder, para frenar tal estado de cosas? Bueno, ya han empezado a sacar a los “furrieles” (guardias de escritorio), a las calles y se anuncia la compra de no sé cuantos nuevos patrulleros, que naturalmente, funcionarán a rica gasolina y se mantendrán inmóviles la mayor parte del tiempo.

Un gracioso ha anunciado por ahí que “pronto se dará de baja a los corruptos”, lo cual es mucho más peligroso, ya que siempre “la pita se romperá por lo más delgado”- y se olvidará la máxima de Mao Tse Tung, según la cual: “el pescado empieza a pudrirse por la cabeza”.

Además, ¿qué haría un grupo de tombos choteados para ganarse la vida?

-“Bueno pe, tío,- me explicó un posible candidato a tal desaguisado- me mando al seco (secuestro), al apretón (extorsión), o al marcaje, porque de hambre no me voy a morir ¿no?”.

Lo aquí expuesto, explica cómo y porqué el hampa ha empezado a ganarnos la guerra y según parece, la cosa va en camino de empeorar, sin que aparezcan señales de control a tan espantoso desbarranque, que podría a breve plazo, colombianizarnos, o mexicanizarnos.

Y no sé quién tenga la pila, para apagar este incendio, pues la verdad, yo no tengo ni idea. Y eso, que más sabe El Diablo, mis amables lectores.


César Augusto Dávila
Crónica Viva
Colaborador


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