Arquitecto de la sociedad futura

Fallecido a los 104 años de edad, Óscar Niemeyer es uno de los arquitectos más importantes del siglo XX. Este “escultor del concreto armado”, como se le conoció, cambió las bases de la arquitectura moderna, convirtiéndose, según el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, uno de sus grandes amigos, “en el hecho cultural más importante que le ocurrió a Brasil”.

| 21 diciembre 2012 12:12 AM | Especial | 1k Lecturas
Arquitecto de la sociedad futura
ÓSCAR NIEMEYER

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No solo la arquitectura fue objeto de su revolución, lo mismo intentó con la sociedad. Si hay algo que también fascina en la vida y obra de Óscar Niemeyer es su compromiso y consecuencia política. El arquitecto carioca formó parte de una generación de artistas que incorporó a su práctica una necesidad urgente de transformación social, de solidaridad con pueblos oprimidos y de actuación en el espacio público. Óscar Niemeyer pertenece a la misma estirpe de artistas e intelectuales, tales como Pablo Picasso, Jean Paul Sartre o Pablo Neruda. Se extingue con él, por tanto, una parte significativa del siglo XX.
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Declarándole la guerra al ángulo recto, Óscar Niemeyer fue capaz de abolir cualquier tipo de frontera entre arquitectura y arte, definiendo a la primera básicamente como invención. Su arquitectura de los trópicos desafiaba la noción establecida con sus curvas y con su defensa de la funcionalidad de la belleza. Terminó influyendo al propio Le Corbusier, el padre de la arquitectura moderna y quien creía que la arquitectura debía proporcionar “máquinas para vivir”. Niemeyer en su “Poema de la Curva” sintetizó magistralmente su credo arquitectónico: “No es el ángulo recto el que me atrae/ Ni la línea recta, dura, inflexible,/ creada por el hombre./ Lo que me atrae es la curva libre y sensual,/ la curva que encuentro en las montañas de mi país,/ en el curso sinuoso de sus ríos,/en las olas del mar,/ en el cuerpo de la mujer preferida./ De curvas es hecho todo el universo,/ el universo curvo de Einstein”.

Bien quedó reflejada esta idea de arquitectura en la que tal vez sea su obra más importante, Brasilia. Inaugurada en 1960 y construida en apenas 3 años y 10 meses, la “capital de la esperanza” –como la definiera André Malraux– es un verdadero monumento al desarrollismo latinoamericano. Ideada por el presidente Juscelino Kubitschek para zurcir Brasil por dentro, Brasilia fue pensada como una ciudad del futuro, centro de las decisiones que conducirían al gigante latinoamericano por la senda de desarrollo. Brasilia fue la meta-síntesis de un programa que pretendía hacer crecer a Brasil a un ritmo de “50 años en 5”. Con plan urbanístico del maestro de Niemeyer, Lucio Costa, Brasilia ganó su trazo característico de la mano del diseño de Óscar Niemeyer en los edificios más importantes. A cambio recibió el salario de un funcionario público. No era la riqueza lo que le interesaba.

No solo la arquitectura fue objeto de su revolución, lo mismo intentó con la sociedad. Si hay algo que también fascina en la vida y obra de Óscar Niemeyer es su compromiso y consecuencia política. El arquitecto carioca formó parte de una generación de artistas que incorporó a su práctica una necesidad urgente de transformación social, de solidaridad con pueblos oprimidos y de actuación en el espacio público. Óscar Niemeyer pertenece a la misma estirpe de artistas e intelectuales, tales como Pablo Picasso, Jean Paul Sartre o Pablo Neruda. Se extingue con él, por tanto, una parte significativa del siglo XX.

Óscar Niemeyer se hizo comunista en 1945, cuando cobijó en su estudio de Rio de Janeiro a una veintena de militantes comunistas recién salidos de la prisión. Impresionado con las convicciones e ideas de sus huéspedes, le entregó su estudio al mítico dirigente Luis Carlos Prestes, “El Caballero de la Esperanza”, con las siguientes palabras: “Prestes, quédate con ella (la casa). Tu trabajo es más importante que el mío”. La casa de Niemeyer se convirtió en el local Metropolitano del Partido Comunista Brasileño y, a su vez, el PCB se convirtió en la casa del arquitecto y jamás lo abandonó. Cada vez que podía reafirmaba públicamente sus ideas: “Unos creen en aquello que les gustaría que hubiese ocurrido, repitiendo que el comunismo murió; otros, entre los cuales me incluyo, rechazan resueltamente eso, convencidos de que donde exista miseria, un comunista estará cerca, protestando”.

Políticamente perseguido por la dictadura militar de su país, Niemeyer se vio obligado a partir al exilio. Para los militares que gobernaban su país “el lugar de un arquitecto comunista era la Unión Soviética”, no Brasil. Para pesar de sus perseguidores, la salida de Niemeyer del país marcó el inicio de su consagración internacional. Aunque ya antes había ganado fama mundial con la sede de las Naciones Unidas, su estadía prolongada en el exterior permitió que dejara huella en países como Francia, Italia y Argelia.

Desde luego, su ideario político y arquitectónico estuvieron expuestos a las críticas. Incluso Brasilia fue objeto de cuestionamientos. ¿Cómo se explica una ciudad futurista proyectada por un comunista en la cual la clase trabajadora no tiene cabida? Aunque en el plan original había espacio para viviendas obreras, la especulación inmobiliaria y el crecimiento desmesurado terminaron por expulsar a los “candangos” –los obreros que construyeron la nueva capital– a las urbanizaciones satélites, lejos de la ciudad monumental. Y es que Brasilia es también, como dijera la escritora Clarice Lispector, “el fracaso del más espectacular éxito del mundo”. Niemeyer pensó en una ciudad que anticiparía el futuro de un mundo que superaría sus miserias y desigualdades, sin embargo evidentemente la arquitectura tiene sus límites y hay cosas que por sí sola no puede cambiar.

¿Cómo pudo convivir la suntuosidad de sus construcciones con su ideario político? Su obra artística, lejana del realismo socialista y quizá, para algunos, próxima del lujo burgués, era, para Niemeyer también un homenaje al hombre sencillo y, en ese sentido, una democratización del arte. Sus obras pueden ser vistas por todo el mundo, no es necesario pagar una entrada para ver expuesta su creación en algún museo, su obra está en la calle, un museo a cielo abierto, para el acceso de todo aquel que quiera apreciarla. Pero, al mismo tiempo, Niemeyer no negociaba su concepción artística: “Siempre rechacé esa idea (…) mediocre de los que insisten en una arquitectura ‘más simple, más ligada al pueblo’ (…) Para mí esa idea de simplicidad arquitectural es pura demagogia, discriminación inaceptable y a veces una timidez que solo la falta de talento puede explicar”.

La sencillez y humildad que practicó en vida contrastan con la grandeza de su obra. Sin embargo, no fue solo su arquitectura, no fue apenas la creatividad de su trazo, lo que llevó a Óscar Niemeyer a ser prácticamente eterno. Su compromiso con una sociedad más justa, la genialidad de su obra y su arte desafiador hicieron de él un artista completo, convirtiéndolo probablemente en el más universal de los brasileños.


Alexis Cortés Morales
www.redseca.cl


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