Alberto Quintanilla pinta en quechua

“Es el primer aporte peruano a la pintura universal”, dijo de él Pablo Picasso.

En la Lima de fines del siglo XVI, era fácil encontrarse con un santo en cualquier esquina porque había cinco. En esa misma ciudad, a la que acabo de llegar hace muy poco, en un solo día, leo un artículo de nuestro premio Nobel Vargas Llosa y acabo de conversar por teléfono con un compatriota que podía ganar esa misma distinción el próximo año. Se trata de Carlos Bustamante, el primer científico que retorció una molécula de ADN y firme candidato al premio Nobel de Química.

| 19 agosto 2012 12:08 AM | Especial | 5k Lecturas
Alberto Quintanilla pinta en quechua
Las obras de este cusqueño nacido en 1934 se encuentran en los más prestigiosos museos del mundo.

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MAGIA

Toda la obra del pintor cusqueño ha sido edificada en torno de su propia, rica, mágica e incomparable experiencia. Quintanilla ha nacido en el propio corazón de la milenaria cultura andina y nunca ha dejado abandonada su alma. Como Garcilaso, las vivencias de su niñez se quedaron en él, y no hay momento en que su recuerdo deje de transitarlas.
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Por si todo eso fuera poco, me he pasado por la tarde conversando con Alberto Quintanilla y admirando sus cuadros y esculturas. De él dijo Pablo Picasso: “Quintanilla es el primer aporte peruano a la pintura universal”.

Las obras de este cusqueño nacido en 1934 se encuentran en los más prestigiosos museos del mundo. Por su parte, la crítica europea señala que su pintura es fundamental para el desarrollo de la plástica del siglo XX. El Congreso del Perú lo invistió hace poco con la distinción más alta que otorga ese poder del Estado a un hombre ilustre.

Sin embargo, para el artista – que hace dibujos, grabados, óleos y esculturas- hay algo mucho más importante que esos reconocimientos. Es el recuerdo que tiene de un grupo de campesinos cusqueños que ingresó en una sala de exposiciones para adornar con flores y prender velas en torno de sus esculturas.

PARA TODOS LOS TIEMPOS
Ese tributo místico y humilde a su obra le hace saber que está cumpliendo con lo que se ha propuesto: ser la expresión del eterno e indestructible mundo andino. Tal vez es en nuestros días un renacido ceramista, alfarero o pintor, de aquellos que edificaron en el Tawantinsuyo una cultura que ha de durar hasta el fin de los tiempos.

Vive en París, pero pinta en el Perú. Se pasa varios meses aquí, y esa es la razón por la que nos hemos encontrado.

-¡Pinto para todos los tiempos. Pinto en quechua!- me dice para explicar su tenaz amor por nuestra tierra y su cultura.

En París, donde vive con su esposa Elena Chatenet inculcó en ella y en sus hijos el amor por la tierra lejana y por el idioma sagrado. Habla con ellos en francés y quechua, y si se encuentra solo en algún lugar del mundo, se va al espejo y conversa consigo mismo… en quechua por supuesto.

Me acuerdo que una exposición realizada en París- ante la cantidad de colores, seres fantásticos, laberintos, cirqueros y montañas-un periodista francés me pregunto:

-Y aquí, en toda esta obra, ¿dónde está Quintanilla?

-Ésa no es la pregunta -le respondí- La pregunta es ¿dónde no está Quintanilla?

Toda la obra del pintor cusqueño ha sido edificada en torno de su propia, rica, mágica e incomparable experiencia. Quintanilla ha nacido en el propio corazón de la milenaria cultura andina y nunca ha dejado abandonada su alma. Como Garcilaso, las vivencias de su niñez se quedaron en él, y no hay momento en que su recuerdo deje de transitarlas.

YAULICO
Lo primero que asombra cuando se observa un cuadro de Alberto Quintanilla son las danzarinas figuras de demonios, de perros que persiguen a la luna, de brujos voladores, de animales de varios cuerpos o de hombres y diversos seres con rostros dobles.

¿Quiénes son ellos? ¿De qué rincón del Cusco misterioso y eterno salieron? ¿En qué momento de la vida los vio el pintor?

¿Quién es el misterioso personaje de “La corbata roja”, el famoso cuadro exhibido en Berlín?... Alberto Quintanilla nos revelará que es el Yaulico.

El Yaulico, como lo llamaba el pueblo, fue un bandolero rebelde que vivió y combatió casi cien años antes de que naciera Alberto Quintanilla, pero como él, fue un héroe de los suyos y, para colmo, su tío bisabuelo.

Sublevado contra el poder de los ricos, el Yaulico organizó grupos de campesinos que asaltaban haciendas y robaban ganado para sobrevivir y para ayudar a los pobres. Poco tiempo en su vida conoció la paz. Las montañas fueron su vivienda. Llegaba a los pueblos para arreglar litigios, auxiliar a los pobres e inaugurar las festividades comunales. En todas partes, era recibido como un héroe.

-Todos los rostros bravos que ves aquí son los del Yaulico.- me informa Alberto.

ANDINIZAR EL MUNDO
No se puede calcular cuántas son las obras de Alberto Quintanilla. Lo he intentado pasando del cuaderno a las fotografías y luego a los cuadros y esculturas que colman su taller. He incluido en mi cálculo las que presentara en sus múltiples exposiciones y aquellas que existen en su taller de París. Mi cálculo es que si se colocan en varias líneas las esculturas, ellas harían el largo y el volumen de los ejércitos de terracota pertenecientes al primer emperador chino, Qin Shihuang.

-¿Y el caballo? ¿Por qué lo pintas con tanta obsesión si vino de Europa y sirvió para conquistar el Tawantinsuyo.

-Pero se asimiló a nuestra tierra. No olvidemos que el movimiento emancipador más importante de América lo hizo Tupac Amaru a la cabeza de una escuadra de jinetes.

Hay que entender que el apego a lo nativo predominante en Quintanilla no excluye a nadie, no es chovinista. Es un amor por lo propio que lo hace universal. Pareciera ser más bien un afán por andinizar el mundo. Ello lo hará declarar:

-No soy un pintor realista, ni tampoco abstracto. Mi imaginario personal es parte del imaginario colectivo de mi pueblo. En ese sentido soy un artista comprometido pues mostrándolo yo al mundo, sirvo a mi pueblo”.

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