Alan, el vacío descomunal

“Pero hoy a García lo siento en pindinga. Para muchos es el fin de la ‘patocracia’, aquel sistema de gobierno creado por una minoría patológica (psicópatas, sociópatas). Su palmaria participación en el ‘Caso BTR’ no es una bicoca”.

| 04 setiembre 2011 12:09 AM | Especial | 4.7k Lecturas
Alan, el vacío descomunal
Tu mala canallada

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“Pero hablo del García frugal y no del desmedido glotón. Vamos, tampoco es un ogro. La historia dirá que fue un político atacado de desasosiego. Dirá también de un insaciable, voraz y goloso de las miasmas de la politikós”
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Extraño a Alan García. De veras, su vacío mastodóntico me lleva a la perdida melancolía. Hay una socavada vacante en mis días. Aquel fofo mandatario me aplasta con su desocupada ausencia. Quién cantará en mi ventana, quién del puntapié en el poto, quién del verbo en ayunas y solemne desprecio por los peruanos de segunda. Cierto, en mis horas de insomnio sintonizaba Canal 7 y por enésima vez me dormía acurrucado a sus discursos e inauguraciones. Hoy ni eso, ni el valsesito ni su mordaz rapidez de la réplica. Qué será de su litio, del galope a corcel patuleco, de su vientre descomunal para el bien y para el mal. Sufro del síndrome de Estocolmo, era feliz secuestrado a su estilo pantagruélico y eso que yo lo conocí espárrago y magro en carnes y más quijote soñador. Y eso que hace apenas 30 días que se nos fue.

Los peruanos a veces somos injustos. En el 2005, mientras orquestaba su campaña para demoler a Humala nos invitó a almorzar a su oficina-laboratorio sobre la Vía Expresa en San Isidro. Yo era director de una revista que tuvo la importancia fugaz de un pedo. Tonto, imaginé un copioso banquete, con mozos y rucas, vinos franceses y desengrase. Nada. García habitaba una casa desértica con una secretaria, Mirtha Cunza de Larrauri, un escritorio de burócrata púdico, y una foto de Haya de la Torre. Pensé que nos íbamos de carnes a “La Carreta”. Falso. García mismo despejó el escritorio y lo cubrió con un papel periódico. De una mochila sacó cuatro ‘tapers’, cubiertos descartables y una botella de Kola Real. Fatal. Al abrir el recipiente encontré un miserable arroz con pollo. Abatido, tragué la presa sórdida embarrada en culantro y las alverjitas a punto de llorar. Éramos tres. García repitió, y no paró de hablar durante dos horas. Desde que me divorcié, fue la peor tarde de mi vida.

Pero hablo del García frugal y no del desmedido glotón. Vamos, tampoco es un ogro. La historia dirá que fue un político atacado de desasosiego. Dirá también de un insaciable, voraz y goloso de las miasmas de la politikós. Un animal politicus tragantón. Aquel que se comió todo lo que se movía. Mónica Delta, la curtida periodista escribió en su libro “Minutos antes de las ocho” que: “Alán García era atlético, atractivo y un Midas de la palabra”. Creo que le faltó agregar, un aventajado en las íntimas finanzas de alcoba. Cuando César Hildebrandt reveló en su columna “La rubéola” que García acababa de tener un hijo fuera de su matrimonio, que se llamaba Federico Dantón y que la madre era la guapa economista Elizabeth Roxanne Cheesman Rajkovic, una suerte de JLo de la puerta falsa y que estaba “archivada por decreto”. Qué curioso, nadie se ofendió. El fauno había despertado y las choclonas de San Isidro vivían horas de culifruncimiento retardado. Era García, nuestro presidente incontinente, y de su sexualidad no se hablaba, tampoco.

Ollanta Humala no es así. Mejor. Por ello extraño a García. Maquiavélico y genital. En junio de 1990, cuando era cronista de “Página libre”, el diario del también descomunal Guillermo Thorndike, García terminaba su primer gobierno y los peruanos estábamos heridos en el bolsillo con su política adefesiera, aquella donde nos cominos las uñas. No obstante, García había decretado que su heredero era aquel chinito bodeguero de apellido Fujimori. Esa fue la razón de ese periódico, no otra. El Gringo Thorndike, 15 días antes de las elecciones, mandó a que le tomen una foto a Fujimori conduciendo un tractor. La foto apareció en la tapa del diario. Decía en grandes caracteres: “Este es el hombre”. Y aquel chinito que iba último en las encuesta, desde esa vez comenzó a remontar. Una semana luego estaba a dos puntos del líder Vargas Llosa, el candidato de la derecha. La noche que Fujimori ganó, un García ebrio de soberbia llegó hasta el local del diario y nos quedamos festejando hasta el amanecer.

Pero hoy a García lo siento en pindinga. Para muchos es el fin de la “patocracia”, aquel sistema de gobierno creado por una minoría patológica (psicópatas, sociópatas). Su palmaria participación en el “Caso BTR” no es una bicoca. Ya Luis Nava, su sicario y hombre de extrema confianza –metido hasta las orejas en los petroaudios y acusado de sus relaciones con el narcotráfico—no tiene poder. Ya no podrá visitar a los maridos ofendidos a los que García alimentaba con leche para que les crezcan los cuernos. Fuad Khoury, titular de la Contraloría General de la República ha detectado solo entre 2009 y 2011 a 10.659 funcionarios involucrados en presuntas irregularidades. Corrupción que le dicen y que fue apapachada por Palacio de Gobierno. Súmele el Tren eléctrico, el Banco de Materiales, el caso Barrios, el Estadio Nacional. Entonces, la cosa está picante. Añádale las confesiones de Alberto Químper, más la supercomisión que se creará en el Congreso para investigarlo hasta el tuétano. Entonces, el chancho al palo de “mistura” quedará chico.

Los vecinos de Las Casuarinas no ven con buenos ojos a su flamante vecino. Aunque el hombre se desplaza en un imponente BMW 735-LI, color azul oscuro. Aunque trate de ser discreto con los 50 mil dólares de estipendio que recibe de la universidad San Martín de Porres. Aunque oculte las 4 cajas de chocolates ‘Sorrento’ que traga cuando se pone nervioso. Aunque siga soñando con Vanessa Saba en la sábana, nadie podrá impedir que se siga llamando Alan García, el hombre que siempre estuvo donde tenía que estar, siempre descomunal.


Eloy Jáuregui


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