A Natalia, el dulce amor de César Lévano

Hombres verdaderamente grandes como César Lévano, lejos de quebrarse ante el doloroso trance de haber perdido a la compañera de toda su vida, a la amada inmortal, Natalia Casas Alvirena, como él la ha llamado, nos han enseñado a enfrentar el infortunio de la muerte como si comprendiera que la presencia–ausencia del ser amado es motivo de seguir viviendo.

| 18 setiembre 2011 12:09 AM | Especial | 4.5k Lecturas
A Natalia, el dulce amor de César Lévano

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Lo cierto es que jamás había visto tal expresión de un amor casi inmortal. Me estremecí a tal punto que mis ojos se llenaron de lágrimas. Por eso es que para muchos César y Natalia son y serán un modelo de pareja.

Estirpe de Soledad

César Hildebrandt, en su revista ha dedicado un homenaje personal a su tocayo y amigo de batallas periodísticas. Este otro talentoso hombre de prensa dice al final del texto que Lévano debe estar acostumbrado a cierta estirpe de soledad, “la que experimentan las personas extraordinarias”.
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Conocí a Natalia. Era una mujer morena de rasgos delicados, de fino trato, dulce y enamorada de su marido. Las veces en que estuvimos juntos observé a esta extraordinaria mujer cómo cuidaba y protegía con abnegado amor a su compañero, amigo y padre de sus cuatro hijos. Se emocionaba –y eso lo percibía cuando una leve sonrisa iluminaba su rostro cansado– recordando las fiestas y tertulias que durante años se hicieron en la casa de la Calle 14, del Rímac. Se alegraba mucho cuando relataba la amistad que la unió a Doris Gibson.

Natalia fue de roble. Una mujer del pueblo. La vida la hizo así. Decidió casarse con un comunista que era apresado constantemente por oponerse a la oligarquía que pensaba que el Perú era una Colonia. De modo que Natalia tuvo que enfrentar mil y una vicisitudes en casa, cuidando y alimentando a los hijos, muchas veces sola, cuando Lévano caía en desgracia o no conseguía trabajo por sus ideas y sus luchas consecuentes.



MODELO DE PAREJA
Recuerdo el día en que juntos paseamos por las playas de Miraflores. En ese atardecer misterioso frente al océano solo el hambre hizo que despertáramos y llegáramos al restaurante Sonia del distrito de Chorrillos.

Sentados alrededor de la mesa presté atención a Natalia que tomaba con dulzura infinita los cabellos de Lévano, los acomodaba y largamente lo miró con ojos llenos de amor eterno. Ambos extasiados. Lo cierto es que jamás había visto tal expresión de un amor casi inmortal. Me estremecí a tal punto que mis ojos se llenaron de lágrimas. Por eso es que para muchos César y Natalia son y serán un modelo de pareja.

Poco a poco, el recinto se volvió un jardín de rosas, claveles, crisantemos y tantas flores que rodearon a Natalia. Un acto solemne llevado a cabo por sus amigos que intentaron atenuar su dolor. Así como lo hicieron para protegerlo de las tenebrosas intimidaciones políticas. En algún momento de la noche, un destacado periodista se me acercó y me dijo: “Lévano es la encarnación de Mariátegui en estos tiempos”.

EL ADIÓS
Hasta el velatorio llegaron dirigentes sindicales, edecanes del Presidente de la República y del Congreso, Ministros de Estado, la Alcaldesa de Lima, los Embajadores de Venezuela y Cuba, políticos, funcionarios del gobierno, intelectuales, poetas, cantantes, para alcanzarle el saludo fraterno al director de uno de los más prestigiados diarios del país, por su enorme compromiso a favor de los más desposeídos y que en esta última campaña electoral jugara un papel decisivo para que Ollanta Humala alcanzara la Presidencia de la República.

Fue un acto que evocó el cariño que Natalia supo despertar en nosotros. En el Presbítero Maestro, el acongojado Lévano leyó su vibrante columna “Adíos a Natalia, mi amada inmortal”. Al finalizar, su voz se quebró. El cortejo avanzó a su eterna morada, escuchándose entonces la voz de Margot Palomino que, como póstumo homenaje a Natalia, cantó a dúo con el amado dolido: “Debería llevar una rosa en la mano” con letra y música de César Lévano.


Linda Lema Tucker
Colaboradora


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