100 años despuésde la Primera Guerra Mundial

Si todavía bautizáramos las guerras con nombres tan coloridos como los que solíamos utilizar – la Guerra de Sucesión Española, la Guerra de la oreja de Jenkins– a la que empezó hace cien años deberíamos llamarla la Guerra de Consecuencias No Intencionadas.

| 14 agosto 2014 03:08 AM | Especial | 4.6k Lecturas
100 años despuésde la Primera Guerra Mundial
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Nadie tenía la intención de crear, desde luego, lo que Winston Churchill llamaría después una “mundo dañado, destruido”. Austria-Hungría, que declaró la guerra el 28 de julio de 1914, quería únicamente desmembrar Serbia, desde donde los irredentistas agitaban a la población de etnia serbia en territorio austriaco.

Rusia, que respaldaba a Serbia, quería acudir en ayuda de sus correligionarios eslavos ortodoxos del Este y anular la radical humillación de haber perdido una guerra con Japón una década antes. Una vez que el fatal enredo de alianzas atrapó a otros países en el conflicto, cada uno de ellos afirmó que no hacía sino defenderse contra una conspiración de sus enemigos. Se da por hecho que latía por debajo un ansia territorial: Francia soñaba con recobrar la perdida Alsacia-Lorena, por ejemplo, y Alemania con establecer su primacía sobre el tambaleante imperio zarista de Europa Oriental, pero estas ambiciones también eran limitadas, no revolucionarias.

Pero véase lo que forjó la guerra. Más de nueve millones de soldados resultaron muertos y, dependiendo del recuento que se haga, hasta diez millones de civiles. En Turquía, Rusia, los Balcanes y otros lugares, millones de personas, en número sin precedentes, se convirtieron en refugiados sin hogar. Unos 21 millones de personas resultaron heridas. En Gran Bretaña a 41.000 hombres les amputaron uno o más miembros; en Francia hubo tantos que resultaron con la cara destrozada que formaron una Unión Nacional de Hombres Desfigurados. El precio resultó especialmente horripilante entre los jóvenes. De cada 20 británicos entre 18 y 32 años en 1914, tres resultaron muertos y seis heridos. Seguro que muchas familias compartieron los sentimientos de la pareja desesperada que hizo grabar en la tumba de su hijo en Galipoli: “¿Qué daño te hizo, Oh Señor?”.

Más allá de la carnicería, la guerra cambió nuestro mundo a peor de casi todas las maneras posibles. Sin la enorme matanza, desgracia y turbulencia de la guerra, ¿habría llegado al poder en Rusia el grupo más extremo de revolucionarios? Y en Alemania la guerra dejó un legado envenenado de resentimiento que Hitler manipularía de modo brillante para llegar al poder. Ya en 1918, los alemanes derechistas culpaban a los judíos de los reveses militares del país.

Se nos va a pedir que celebremos muchas conmemoraciones en estos próximos cuatro años y medio, pero ¿qué y a quién deberíamos conmemorar, y con qué espíritu? Hoy en día todo el mundo estaría de acuerdo en que la guerra de 1914-1918 no se libró por los elevados motivos que cada uno de los dos bandos proclamaba, y que todos estaríamos mucho mejor si no se hubiera producido. Antes de morir, Harry Patch, último veterano británico superviviente de la guerra, lo dijo mejor que nadie: “No valía la pena ni siquiera de una vida”. Pero todas las formas tradicionales en que recordamos las guerras dejan poco espacio para este sentimiento.

Pensemos, por ejemplo, en los cientos de cementerios que se extienden a lo largo del viejo Frente Occidental, el conjunto más denso de tumbas de hombres jóvenes del mundo. Todos se encuentran en un estado inmaculado que mantiene la Comisión de Tumbas de Guerra de la Commonwealth y sus equivalentes de otros países. Uno de los más hermosos se encuentra en una colina en las afueras de la ciudad francesa de Albert y guarda los restos de unos 160 soldados británicos, muertos casi todos en el primer día de la batalla del Somme, una batalla particularmente sin sentido en una guerra particularmente sin sentido. Entre los comentarios que habían dejado los visitantes en el libro de recuerdo en un día reciente del verano los había que decían: “Rendimos homenaje a tres de nuestra ciudad”, “Gracias, chicos”, y “Seguid en vuestro sueño, muchachos”. Sólo uno de los visitantes entre centenares hacía sonar una nota distinta: “Nunca más”. Por supuesto, deberíamos recordar a los muertos, sobre todo a aquellos cuyas vidas se vieron trágicamente truncadas en su juventud. Pero hay una enorme diferencia entre honrar la memoria de un miembro de la familia y honrar la causa por la que murieron.

Las acostumbradas formas de mirar retrospectivamente a la guerra de modo excesivamente complaciente nos permiten confundir ambas cosas: los cementerios militares con las tumbas en fila como soldados desfilando, los desfiles mismos, las estatuas (que son casi invariablemente de generales), y los museos militares y su exhibición de tanques, aviones, ametralladoras, piezas de artillería y demás tecnología para causar la muerte.

Recordemos a los muertos, sí, pero en estos años venideros, recordemos también a los hombres y las mujeres que reconocieron la guerra como la locura que era e hicieron todo lo que pudieron para detenerla.

En Alemania, radicales como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fueron encarcelados por oponerse a ella, como le sucedió al líder socialista norteamericano Eugene V. Debs, que todavía seguía en prisión en 1920 cuando recibió casi un millón de votos como candidato a la presidencia. Jane Addams, trabajadora social pionera, contribuyó a organizar un congreso en la Holanda neutral en 1915 que convocó a mujeres de los países beligerantes de ambos bandos. El gran dirigente político francés Jean Jaurès habló valerosamente repetidas veces contra la guerra que veía avecinarse y por esta causa fue asesinado en un café de París varios días antes de que comenzara.

Ningún país debería estar más orgulloso que Gran Bretaña de sus activistas contra la guerra de aquella época. Más de 20.000 británicos en edad militar se negaron al reclutamiento obligatorio y, debido por lo general a que rechazaban también el trabajo alternativo ofrecido a los objetores de conciencia – que podía ser en una fábrica de municiones –, más de 6.000 fueron a la cárcel por sus creencias. Entre rejas por su oposición a la guerra acabaron el más destacado periodista de investigación de Gran Bretaña, Edmund Dene Morel, y su mayor filósofo, Bertrand Russell.

¿Por qué no hay una placa conmemorativa en el exterior de la cárcel de Pentonville, donde Morel cumplió seis meses de trabajos forzados, que honre también a los demás resistentes a la guerra allí encerrados? Los países más destacados de América del Norte y Europa han puesto al día sus museos militares para estos años de aniversarios, pero ¿por qué hay tan pocos museos dedicados a los que lucharon por la paz?

Russell escribió de modo elocuente sobre sus propios sentimientos en conflicto, y se describió como alguien “torturado por el patriotismo… El amor a Inglaterra es prácticamente la emoción más poderosa que poseo y al dar a entender que la dejaba de lado en ese momento, me entregaba a una renuncia muy difícil”. Pero nunca dejó de creer que “esta guerra es trivial, pese a toda su enormidad. No hay ningún gran principio en juego, ninguna gran objetivo implicado en ninguno de los dos bandos…Los ingleses y franceses dicen que luchan en defensa de la democracia, pero no desean que sus palabras se escuchen en Petrogrado o en Calcuta”.

En 1916 la intrépida activista de derechos humanos Emily Hobhouse viajó a Francia, luego a la Suiza neutral y de allí a Berlín, adonde fue a rendir visita al ministro de Exteriores alemán, al que había conocido antes de la guerra. Con él discutió las posibles condiciones de paz, y trajo a su vuelta algunas ideas sobre este particular en las que trató de interesar al gobierno británico. Aunque su misión de loba solitaria ayudó a promover el intercambio de civiles internados, los funcionarios británicos se apresuraron a despacharla como una subversiva excéntrica. Pero en este cataclismo total que tanto ennegreció el rostro de un continente, fue el único ser humano que viajó entre un bando y otro en un esfuerzo por ponerle fin. Gente como ella merece monumentos tan grandes como los de cualquier general.

Adam Hochschild


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Colaborador 9324 La Primera Digital