El camino a La Haya

Antiguamente, el tema del mar no existía en las relaciones entre los países. Recién al finalizar la II Guerra Mundial se abrió este capítulo de la política internacional. Inicialmente fue el presidente de los EEUU, Harry Truman, quien proclamó la soberanía de su país sobre los recursos marítimos de su plataforma continental. Así lo formuló, “la plataforma continental”, sin precisar cuántas millas marinas.

| 16 diciembre 2012 12:12 AM | Especial La Haya | 673 Lecturas
El camino a La Haya
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Pero, en la costa sudamericana del Pacífico, la plataforma continental es estrecha, debido a la presencia de grandes fosas, apenas alcanza las 60-90 millas. Por ello, cuando primero Chile y luego el Perú hicieron su respectiva declaración de soberanía marítima, ambos puntualizaron la mítica cifra de 200 millas. A partir de entonces, han ido convenciendo al mundo.

El primero en sumarse fue el Ecuador y para incorporarlo se firmó la Declaración de Santiago de 1952. Dos años después, los tres países llegaron a una serie de acuerdos sobre protección de recursos marítimos. Esos acuerdos incluían un convenio administrativo estableciendo una zona de tolerancia para pescadores artesanales.

En ese entonces, los tres países estaban desarrollando una campaña de convencimiento de la comunidad internacional sobre la pertinencia de las 200 millas. Y lo hicieron bien, aprovechando el interés de las Naciones Unidas, que convocaron varias conferencias sobre el mar, estos tres estados sudamericanos batallaron por su postura, sacándola adelante.

En 1982 se firmó la ConvencióAn del Mar, estableciendo normas sobre delimitación marítima, que son esenciales para este diferendo con Chile. En efecto, dichas disposiciones plantean que si dos estados tienen áreas de superposición de sus respectivas proyecciones de 200 millas, entonces, debe dividirse por una línea equidistante. Resulta exacto nuestro caso con Chile. Proyectadas 200 millas desde ambas costas aparece una porción que corresponde a ambos por igual. Sobre esa porción, Chile quiere una paralela, que le daría el 100% del área superpuesta.

El primero que comunicó la negativa del Perú y nuestra postura alternativa fue el embajador Juan Miguel Bákula, quien visitó Santiago en 1986 y dejó una nota diplomática en la cancillería chilena pidiendo abrir negociaciones para fijar la frontera marítima, en el entendido que no había sido delimitada. Era canciller Alan Wagner y presidente Alan García.

Chile contestó oficialmente que iba a estudiar el planteamiento. Pero, pasaron los años hasta una nueva iniciativa del Perú.


El embajador Juan Miguel Bákula pidió a Chile tratar el tema, hace ya 26 años.

En 1998 recién terminó la vieja controversia con el Ecuador y el Perú pudo posicionarse frente a Chile, ya no como un garante de la paz con el vecino del norte, sino como un país con quien aún había ciertos pendientes.

En ese sentido, primero se acordó que Chile ejecute a su costo y para propiedad del Perú ciertas obras definidas en el Tratado de 1929, situadas en el muelle y ferrocarril de Arica. Con ello, terminó lo pendiente derivado de ese tratado y en ese sentido fueron las últimas reclamaciones derivadas de la Guerra del Pacífico. A continuación, vino la cuestión del mar.

El año 2004, siendo presidente Alejandro Toledo y canciller el embajador Manuel Rodríguez Cuadros, el Perú alcanzó a Chile la propuesta de sentarse a negociar bilateralmente la frontera marítima. La respuesta de Chile fue fulminante: “no hay nada que discutir, porque la frontera marítima ya fue fijada en 1952 y 1954”.

A partir de entonces, el Perú tuvo el camino libre para acudir a la Corte Internacional de Justicia de La Haya, CIJ. Como ambos países somos firmantes del Pacto de Bogotá, que obliga a resolver pacíficamente las controversias jurídicas, pudimos obligar a Chile a sentarse frente a los jueces de las Naciones Unidas.

En este tema, el estado peruano ha ido construyendo una coherencia. Inicialmente, en los cincuenta, actuaba sin demasiada conciencia de la trascendencia de sus propios actos. Pero, desde Bákula en adelante y, sobretodo, luego de la transición democrática del año 2000, el estado peruano halla un camino, no obstante cambios de gobiernos y personal.

Una victoria internacional al final de esa ruta podría ser el impulso que necesita la nación para terminar de ordenarse y salir adelante.


Antonio Zapata
Colaborador


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