“Uno no puede tomarse libertades con la lengua”

No compra el diario LA PRIMERA, “porque es oposición”, dice, pero no por ello podemos restarle el crédito a su obra, “1000 palabras y frases peruanas”, el libro más requerido de la XXXII Feria del Libro Ricardo Palma. Con ese motivo conversamos con Martha Hilderbrandt, políticamente contraria a este diario, pero afín al gusto por la cultura; la lengua, la literatura...

| 14 noviembre 2011 12:11 AM | Entrevista | 6k Lecturas

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“Yo tengo unas papeletas al lado de mi cama, y cada uso anómalo que yo oigo en la televisión, a las 2 o 3 de la mañana, a la hora que esté despierta, lo apunto para estudiarlo después. Hay un núcleo que se llama español general, que es entendido en todas partes, y una cantidad casi igual de localismos. Quiero escribir sobre los localismos para que la gente sepa cuándo puede usar o no determinada palabra”.
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Han sido más de mil ejemplares vendidos de “1000 palabras y frases peruanas” de Martha Hildebrandt hasta el último día de la XXXII Feria del Libro Ricardo Palma. La autora también se encuentra sorprendida detrás del escritorio de su biblioteca, en su casa de Miraflores. Generalmente es una novela la más pedida de la feria. En “1000 palabras…” recoge expresiones como “ponerse las pilas”, “repeticuá”, “punche”, “cutra”... He venido hasta aquí para hablar sobre intereses mutuos.

—En la nota preliminar del libro dice sobre el habla culta que es “entendida como la que es común, o debería serlo, a toda persona que… ha tenido acceso a una educación superior”. Utiliza “debería” y no “debiera” como en su libro “El habla culta”.
—Yo uso las dos maneras. No he averiguado cuál es el tiempo actualmente aceptadísimo por la Academia, porque la Academia va cambiando de norma, cada mes, no digo cada año. Pero yo no me preocuparía por eso.

—Me interesan los detalles.
—Qué bien que se fije.

En el libro recopila, básicamente, neologismos y peruanismos. Su propósito, como lingüista, es descriptivo, para “que las personas que usan estos términos se enteren, según el caso, de dónde vienen (estas expresiones), cuál es el nivel social en el que se usan, etcétera; no le hago ninguna propuesta a la Academia”.


Marco Aurelio Denegri y los lingüistas
En una ocasión, Hildebrandt dijo que el diverso Marco Aurelio Denegri no era lingüista, desacreditándolo. Él respondió en televisión con una pregunta: ¿entonces por qué me cita en sus libros?

—Porque es una persona culta —responde—. Cito sociólogos, lingüistas, personas de otras profesiones. Lo que yo digo es que como Marco Aurelio no es lingüista, él cree que puede hacer derroche de creatividad formando derivados. No digo que no sea curioso o meritorio, pero ahí se da cuenta usted de que no es un lingüista. Es la diferencia entre digerir y conocer el funcionamiento del aparato digestivo. Muy pocas son las personas que crean palabras bien formadas que se difunden luego y llegan a ser generales. Hay cosas que la lengua prohíbe. Uno no puede tomarse libertades con la lengua.

—¿Y qué derivados incorrectos recuerda usted de Denegri?
—¡Qué me voy a acordar! A mí me chocan porque soy lingüista, pero a otras personas, seguramente, les parecen bien.

—Ya que no es Denegri, ¿qué lingüistas considera, en el ámbito internacional, importantes, interesantes? ¿Cuáles son sus referentes actualmente?
—La pura verdad es que estoy desconectada de la Real Academia Española (RAE), y en la Academia Peruana, desde que murió Luis Jaime Cisneros, los dedos de la mano sobran para ver qué lingüistas están, ¿no? (Enrique) Carrión está enfermo. Está, por ejemplo, este quechuista… Cerrón-Palomino… pero somos poquísimos los lingüistas de la Academia. Además, es la tradición de la Academia: no es una asociación de lingüistas, es una asociación de personas cultas. Generalmente, hay una minoría de lingüistas en cualquier Academia de la Lengua, pero esa minoría tiene un poco el manejo del asunto. Bueno, el actual presidente de la Academia Española no es lingüista.

—Y aquí el presidente es el poeta Marco Martos.
—Poeta, escritor, ensayista… Claro, no se necesita ser lingüista para ser presidente de la Academia Peruana ni de la española.

—¿No debiera serlo?
—No, porque la lengua es patrimonio de todos. Unos la estudiamos teóricamente, y otros la usamos prácticamente, pero con igual derecho.

—Hablando de usos. Hay algo que me llamó la atención: que la expresión “líquido elemento”, por “agua”, había sido considerada en el Diccionario de la Academia como una “expresión poética”.
—A mí me parece huachafísimo. El lenguaje es caprichoso, consagra el disparate muchas veces, y una vez consagrado, el disparate se impone. Siempre hay lo que se llama en lingüística lugares comunes. El “líquido elemento” es un lugar común.

“No soy política”
Hablar de su paso por la política también es un lugar común. “Negó el terrorismo de Estado, las masacres del Grupo Colina, la defenestración del Tribunal Constitucional…”, recuerdo una larga lista de hechos u omisiones imperdonables que el periodista César Hildebrandt hizo sobre la política Martha Hildebrandt. Y le hago una pregunta manida.

—¿En algún momento se arrepintió de su paso por la política peruana?
—No, yo soy una intelectual, una lingüista que ha hecho incursión en la política, pero no soy una política; para eso hay que nacer.

—No tiene lo que necesita una política…
—¡Ay, no! Me da una flojera espantosa estar en esas conversaciones seudosecretas que a la media hora no tienen validez porque ya cambiaron… Para mí, que soy una ecónoma de mi tiempo, y que toda la vida he trabajado bajo presión, perder el tiempo en no llegar a ninguna parte me parece un crimen.

—Aún así, cuando incursionó en la política, ¿no pensó en escoger mejor a sus aliados políticos?
—Toda la vida me dicen lo mismo. Que mi primera incursión fue en el velasquismo, ¡ay, qué horror!, ¡un dictador! Después, la segunda cosa, que ya no recuerdo… Y la tercera, el fujimorismo, ¡ay, qué espanto! Eso me tiene sin cuidado. Yo soy una persona ordenada, autoritaria, disciplinada, puedo tolerar cualquier cosa menos el desorden. Y, generalmente, han sido los regímenes militares los que han puesto un poco de orden, aunque sea con mil errores, aunque sea con mil fracasos.

Los crímenes de la educación
Mario Vargas Llosa dijo hace años que los límites intelectuales de Martha Hildebradnt no superaban Lima.

—Eso fue bastante cruel.
—No, cruel no —replica—. A mí no me parece cruel, me parece… Claro, él es un Premio Nobel, un valor universal, ¿no? Yo no me estoy comparando con él de ninguna manera…

—Le recuerdo que él lo decía por su paso por el fujimorismo. Dijo que la incursión de Pablo Macera dolió más porque es un valor internacional; en cambio usted… Lo dijo en la época en que Alberto Fujimori era presidente.
—Vargas Llosa tiene un talento enorme, es, con todo derecho, un gran escritor soberbio; no le gustó ni un poquito que yo alguna vez le encuentre una falla, pero, claro, yo jamás podría escribir como él. Él nació en Arequipa, después estuvo en Cochabamba, luego en Piura… Conclusión: nunca fue a un colegio de primera. Y eso marca. Usted puede encontrar estudiantes flojos y mediocres que salen de un colegio de primera, uno de los pocos que tenemos en Lima, y, por flojos que sean, no se equivocan en ciertas cosas.

—¿Se refiere a los errores en el habla de los personajes de Vargas Llosa?
—No; a la narración del autor. Además, en cultismos. Cuando uno se equivoca en un cultismo es mil veces peor que cuando se equivoca en una palabra normal. Si usted quiere vestirse de etiqueta, tiene que estar perfecto; si quiere salir en yin, puede hacerlo de cualquier manera. O sea que cuando se escribe un texto serio es cuando uno no tiene perdón de Dios si se equivoca por falta de cultura; ojo, es muy distinto inventar una palabra porque a uno le da la gana o inventar un giro del lenguaje, como hace mucho Gabriel García Márquez. Los grandes escritores son creadores del lenguaje, empezando por Cervantes.

—¿García Márquez escribe mejor que Vargas Llosa o se equivoca menos?
—No, no, no. No los estoy comparando en cuanto a forma. Son escritores completamente distintos. Vargas Llosa es un escritor que ha seguido una carrera brillante y fructífera paso a paso. Cada día ha ido progresando en su manera de tratar las cosas. En el libro sobre la dictadura de Trujillo ha perdido horas y días y, tal vez, años documentándose. Es su derecho. En cambio, el talento de García Márquez es mucho más espontáneo; le brota.

—Habló usted de educación. Una buena educación es necesaria cuando uno es pequeño para poder hablar bien. ¿Qué podemos hacer con este sistema educativo?
—A mí no me pregunte, por favor. Yo he terminado la carrera de Educación, y jamás quise doctorarme en Educación.

—¿Por qué?
—Tengo muy poca paciencia. Además, se puede tener mucho mérito hablando mal y ningún mérito hablando bien. ¿Por qué mezclamos tanto las cosas? Al presidente le han cogido una falla, creo que dijo “glaciales” por “glaciares”. Se confundió y no tiene mayor importancia, pero aquí, los periodistas generalmente hablan muy mal y escriben mucho peor…


El valor de las palabras

—Volviendo al libro, recopila usted mil palabras. ¿Cuántas quedaron fuera?
—Cien mil, más o menos.

—¿Y qué tienen estas mil que no tienen las otras?
—Que me han saltado al oído. Yo tengo unas papeletas al lado de mi cama, y cada uso anómalo que oigo en la televisión, a las 2 o 3 de la mañana, a la hora que esté despierta, lo apunto para estudiarlo después. Hay un núcleo que se llama español general, que es entendido en todas partes, y una cantidad casi igual de localismos. Quiero escribir sobre los localismos para que la gente sepa cuándo puede usar o no determinada palabra. A propósito, ¿tengo coca-cola? Es que estoy mal de la vista y no veo la gaseosa.

—No se preocupe —le acerco el vaso a la mano—, me enteré de que no veía en una entrevista televisiva con Beto Ortiz.
—Beto escribe muy bien y, sobre todo, en las entrevistas es un maestro absoluto, porque ¿cómo puede hacerle decir a la gente lo que él quiere que diga y no quedar mal ni pelearse ni nada?

—Como la frase “Nosotros matamos menos” que le arrancó a Jorge Trelles (un vocero fujimorista en la campaña presidencial anterior).
—Eso fue espantoso.

(Ríe la doctora).

Luis Jaime Cisneros, Víctor Hurtado…
“Espantoso, pero eficaz”, replico. La política peruana siempre empaña todo lo que toca. Para llevar la charla a temas menos escabrosos, le comento sobre un escritor que seguramente conoce.

—No sé si habrá leído a Víctor Hurtado Oviedo.
—¿Y por qué dice Oviedo?

—Porque es Oviedo.
—Sí, pero nadie lo conoce como Víctor Hurtado Oviedo. Víctor Hurtado. Punto. Es estupendo. Tengo sus libros dedicados. A ver, Paola, búscame el libro en Hurtado.

Su asistente, Paola Arana, es sus ojos actualmente. Busca en la sección H de la biblioteca y encuentra la primera y segunda edición de “Pago de letras”, de Víctor Hurtado. No veo la firma, pero sí los subrayados en rojo que le ha hecho al libro.

—Ha subrayado un texto sobre Luis Cisneros Vizquerra.
—¡Ah!, sobre el “Gaucho” Cisneros escribió una cosa tan cruel —lo festeja con una sonrisa—. Dios mío. A Luis Jaime Cisneros le dolió tanto que en la segunda edición Hurtado lo dulcificó. El Gaucho decía “Si para matar a un terrorista, tengo que matar noventa y nueve inocentes (ríe Hildebrandt de ese humor oscuro), los mato”. ¡Y eso, al lado de un hombre como Luis Jaime, que era incapaz de matar a una mosca! Y eran hermanos de padre y madre. A mí me gusta Víctor Hurtado mucho, me parece un talento desperdiciado; desperdiciado porque no está en el Perú, pero a lo mejor si estuviera aquí, estaría más desperdiciado.

—¿Por qué?
—Porque el Perú es madrastra de sus hijos. ¿Dónde escribe?

Ha escrito un artículo sobre Dashiell Hammett en la Gaceta de la Biblioteca Nacional del Perú, otros en el diario LA PRIMERA, escribe para Soho de Costa Rica… Es también editor de Cultura del diario La Nación de ese país. Cada vez que converso con alguien y le cito una frase de Víctor Hurtado, la persona termina riendo. Intento hacerlo con Hildebrandt.

—No sé si recuerda esta frase de Víctor Hurtado: “Nadie sabe lo que piensan las sardinas del neoliberalismo, pero seguramente los tiburones lo encuentran muy interesante”.
Martha Hildebrandt ríe. Antes, personajes como el pianista Juan José Chuquisengo o el escritor Carlos Villanes han sucumbido a la risa con una de esas frases. Más adelante, ya para terminar la charla, da un ejemplo sobre lo que el paso del tiempo le hace a las palabras.

—En “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte tan callando”. Ahí “recuerde” no es recuerde, es “despierte”; en esa época tenía la acepción de despierte.

—¿De quién es?
—Es el más grande poeta de la lengua castellana. Son los más maravillosos versos que hay en castellano. ¿No los conoce?

—No los recuerdo. ¿De quién es?
Ríe, tampoco recuerda el nombre.

—No recuerdo. A ver… —repite el poema de memoria, mientras su ayudante, Paola, ensaya una respuesta. ¿Gustavo Adolfo Bécquer? No, no puede ser Bécquer. Ensayamos otras: ¿Góngora?, ¿Quevedo? Tampoco. Y continúa de memoria— “No se engañe nadie, no, / pensando que ha de durar / lo que espera / más que duró lo que vio, / pues que todo ha de pasar / por tal manera”. ¡Lindo! Empieza la poesía castellana con eso, es siglo XV. Es uno de los versos más lindos de la lengua castellana. Siglo XV, ¿no? ¿Cómo se llama?

Paola busca en Google, tan necesario, y encuentra el nombre: Jorge Manrique, “Coplas a la muerte de su padre”.

—Manrique, el creador de la poesía castellana —dice Hildebrandt y repite con placer esos versos “Cuán presto se va el placer, / cómo después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado / fue mejor…”.


Marco Fernández
Redacción


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