“Sendero Luminoso y el fujimorismo se dan la mano”

Diego Trelles Paz habla acerca de “Bioy”, ese fresco de la violencia política de los años 80 y 90 que algunos quieren olvidar, pero que la literatura, entre otras artes, lucha por mantener en la memoria.

| 07 noviembre 2012 12:11 AM | Entrevista | 1.7k Lecturas
Diego Trelles Paz rescata la memoria de la violencia política peruana y la trae al convulso presente en el que se cocina el indulto y la amnesia.
PARA TENER EN CUENTA
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Tiempo atrás, fue vocalista de un grupo de rock; un pasatiempo, por pura curiosidad. Dirigió un cortometraje que también escribió, para graduarse en la Universidad de Lima, en cine. Literatura, sin embargo, es una palabra mayor para Diego Trelles Paz (Lima, 1977), doctor en ella por la Universidad de Austin (Texas, EE.UU.) y actual profesor universitario, a quien se le ha comparado con Roberto Bolaño (tal vez, por la violencia natural y gratuita de sus personajes) y Mario Vargas Llosa (quién sabe, por la técnica: la fragmentación del tiempo, el poder de la narración escénica) por su novela “Bioy”, que este año fue reconocida con el Premio Francisco Casavella, en España.

“Bioy” incursiona directamente en la violencia política con el ultraje y tortura de una terrorista, continúa con una serie de asesinatos por una venganza que se aclara en las siguientes páginas, se sumerge en una banda delincuencial a través de un policía infiltrado que se corrompe cumpliendo su trabajo y prosigue en la mente de un asesino en busca de una justicia inútil. Es una novela con elementos multimedia, de gran arquitectura, en la que confluye el horror de la naturalidad de la violencia y el lenguaje y la historia resquebrajada que se arma mentalmente hasta el final.

— La técnica en la novela es importante.
— Hay una serie de técnicas que la acercan no solamente a la literatura de Vargas Llosa, sino, en general, a la del “boom”. El punto de vista cambia, hay la libertad del narrador para dirigirse directamente al lector y, además, incorporo otras disciplinas: en este caso, el cine, que es, digamos, un recurso técnico del cual me sirvo para muchas cosas, pero, sobre todo en el primer capítulo, para marcar que detrás de los narradores hay una especie de cámara, con una voluntad casi documental por registrar objetivamente lo que se va a contar.

— Llama la atención la incursión de la cámara de cine en el texto desde las primeras páginas.
— Uso el cine desde la técnica por muchas razones. Primero, el punto de vista. Sirve muchas veces para plasmar esa violencia de la que habla la novela. Dos, hay una voluntad experimental; yo no quería tomar partido, y para eso necesitaba un mecanismo que apareciera por momentos: una cámara que entra y que sale. Hay una voluntad experimental que atenta un poco contra el realismo de lo contado. En tercer lugar, hago alusiones y menciones directas: en la segunda parte tomé el cine de gánsgter y quise adaptarlo a la literatura y a Lima.

— Eso es novedoso.
— Incluso hay referencias a películas específicas. Esta novela, desde el inicio, fue un reto personal en cuanto a mi proyecto narrativo; y se fue complejizando. Me fui dando cuenta de que aquello de lo que yo quería hablar exigía violentar ciertos códigos de la misma prosa, del tiempo, del espacio. Un proyecto tan complejo no podía ser contado linealmente, debido al caos de lo que se está narrando, de esa etapa del Perú que fue tan irracional. De haberla contado de manera lineal, no hubiera logrado lo que buscaba.

— Los personajes, casi todos, están locos o al borde de la locura.
— Son personajes desesperados, de alguna manera; porque yo tenía claro que estaba hablando de una época del país que había sido convulsa: es un país en el limbo. Básicamente, la novela empieza con el primer gobierno de Alan García, en que sufrimos no solo la inflación, sino también ese estado de incertidumbre diaria.

— Hay personajes extraños como el delincuente ilustrado, el soldado corrompido, el “esquizofrénico” en busca de justicia (y de sus padres)…
— En realidad, la novela no se reduce a la violencia política, sino que la violencia va abarcando distintas capas de la sociedad. Hay una mirada a la corrupción, a lo podrida que está la política. Hay personajes desequilibrados. Hay uno que busca, de alguna manera, recuperar lo que él cree que es su familia. Hay muchos personajes en búsqueda que no llegan… (a encontrar lo que buscaban). La novela está contada como una tragedia. Hay una atmósfera funesta, un nihilismo muy marcado, esa visión desesperanzada de lo que es la vida, que yo creo que ya tenía desde “El círculo de los escritores asesinos” y “Hudson, el redentor” (sus anteriores obras). No quería que ninguno de los personajes fuera absolutamente macabro ni malvado ni completamente horizontal. A mí no me interesaba eso porque creo que esa época del Perú era la de sus personajes, que eran una suma de contradicciones.



— Se dice que la violencia en el cine y la televisión es perjudicial y forma parte de una sociedad violenta. ¿La violencia es permisible en literatura?
— No hago distinciones entre las disciplinas artísticas. No creo en lo perjudicial o no perjudicial cuando hablamos de arte.

— ¿Es una limitación?
— Es una limitación de apreciación. No veo diferencia entre la literatura y el cine. Yo soy un contador de historias. Me interesa contar historias. Todo está en la forma: la violencia gratuita, la impostura, en cualquier arte, lleva a tener que soportar una mala obra. Yo no creo en el arte en términos morales. Creo en el buen arte, en la estética.

— ¿Cuál es su testimonio sobre la época de la violencia?
— Siempre conoces gente que está metida en ambos lados del conflicto. Estuvo Socorro Popular muy activo en Lima y había gente en las universidades. Los asesinatos selectivos, las bombas estuvieron cerca de uno. Viví en Magdalena toda mi vida y la bomba de Tarata fue como un terremoto, y la de Canal 2 también, fue muy cerca de donde yo vivía. A los apagones puedes llamarlos, si quieres, esquirlas secundarias de lo que fue el horror. Directamente no me pasó nada, pero todo ello implica un acostumbrarse a algo que no es lo normal.

— ¿Cómo se documentó para “Bioy”?
— Leyendo, hablando con gente cuando venía al Perú... Me sirvió mucho el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

— ¿Qué literatura leyó sobre el tema?
— De muchos autores. Me interesan los cuentos de Daniel Alarcón. Tiene esa mirada y esa prosa descendiente de una literatura muy rica, que es la estadounidense. Óscar Colchado aborda el tema de la violencia siempre desde un punto de vista no oficial. Recién estoy leyendo una novela muy buena de Fernando Cueto, “Ese camino existe”, que ganó el Copé. Me parece muy valiente la forma en que él ha abordado el tema. Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso, Mario Vargas Llosa, Luis Nieto Degregori…. En ese tipo de preguntas a uno siempre se le olvidan autores. Hay buenos libros, y libros, digamos, que yo sospecho que no se embarraron en la violencia, que no raspan, que no duelen. Creo que esos temas deben afectar al que lo lee y al que lo escribe. De eso hablo cuando digo “violentar el lenguaje”. Hay novelas y cuentos que son estupendos y otros que me parecen abordados de una manera muy cosmética, muy epidérmica.

— Parte de la sociedad rehúsa a que se hable del tema. En cambio, en la ficción, hay cerca de 100 novelas. ¿Cómo lo interpreta?
— Al mercado no le interesa que la gente se acuerde de nada, sino lo que en Chile se llamó la amnesia, el blanqueo: vamos a olvidar que hubo dictadura y muerte, vamos a amnistiar a los culpables. Esto es lo más peligroso para un país, siendo la memoria colectiva lo más valioso. Basta simplemente mirar lo que está pasando ahora, cómo se están cocinando estos indultos y cómo extrañamente Sendero Luminoso y el fujimorismo se dan la mano casi sin tocarse, pero yendo hacia el mismo propósito. Ollanta Humala cometería el peor error de su gobierno tan reciente dando el indulto. Si cree que la gente se va a quedar callada, está equivocado. Desde el arte, no solo desde la literatura, es revitalizante que estos temas vuelvan a ser materia de trabajo.

— La primera página de “Bioy” muestra una violación y tortura. Luego dice: “Cambie de libro. Cambie de autor… eso no ocurrió. No hay tal cosa”.
— El negacionismo, la idea de negar la violencia, es la normalización de la violencia. Con toda esta fiebre de aparente bienestar colectivo que ha generado nuestra economía, lo primero que va a hacer el mercado es cerrarte los ojos. Cuando te descuidas, sale Fujimori; si te descuidas de nuevo, sale Montesinos o sus juicios se los van quitando; aparece un juez que da un fallo vergonzoso y el grupo Colina va saliendo. El país no puede dejar de vivir de luto por los muertos. El luto tiene que ser permanente.

— En la novela se lee que García, Fujimori y Belaunde “son cómplices por su silencio”. ¿Está destruyendo el ícono llamado Belaunde?
— En el gobierno de Belaunde se dio lo de Putis; eso no se puede olvidar, por favor. Pero eso, ojo, lo dice un personaje, no yo. De alguna manera considero que todos los personajes de la novela son víctimas, incluso en su maldad. Hay ciertas circunstancias históricas y sociales que han llevado a todos a este punto de no retorno.


Marco Fernández
Niko Velita
Redacción


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