“Para mí, cada novela es una aventura”

Con motivo de la presentación de su libro “Una pasión latina”, conversamos con Miguel Gutiérrez, uno de los narradores más grandes de estas tierras. Aquí, el autor habla sobre los componentes de la realidad de su novela, sus enemistades literarias y algunos otros detalles de su vida familiar.

| 26 noviembre 2011 12:11 AM | Entrevista | 2.7k Lecturas
En su flamante novela, “Una pasión latina”, Miguel Gutiérrez aborda el problema de la “condición mestiza”.
Miguel Gutiérrez

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“Yo, a los 13 años, leí libros que me dejaron huella. Uno fue “Los perros hambrientos”, de Ciro Alegría. Antes de leerlo, pensaba que el mundo era la Plaza de Armas de Piura. Después, descubrí que yo no era el centro del universo, ni siquiera el centro del Perú; y descubrí que había indios y pobreza en Piura. Eso dejó una huella en mí y determinó mi vida futura. La novela puede cambiar la conciencia de algunos seres humanos, y, a su vez, ellos van a influir en la realidad”.
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“Para mí, cada novela es una aventura, en cuanto a la forma, la composición, las técnicas”. ‘Una pasión latina’ surge de un hecho real que un amigo me contó. La historia me pareció tan atroz, tan truculenta, de un joven mestizo que, estando casado, se enamora de una gringa del Cuerpo de Paz, y cuarenta años después la mata y la descuartiza. Yo conocí al personaje. A la esposa y al victimario, llamémosle así.

—Nolasco Vílchez Temoche, el segundo apellido, como dice, de cacique…
—De cacique de Sechura. A mí me pueden contar muchas historias, pero no todas me conmueven. No me sirve si no me toca algunas fibras internas…

—¿Y qué le tocó de esta historia?
—Me di cuenta de que este hecho se podía encajar dentro de uno de los problemas que yo abordo en otras novelas: el problema del mestizaje. Eso que Peter Elmore llamó “la condición mestiza”, término que emplea a propósito de “La violencia del tiempo”; que es la condición humana, pero desde el mestizaje.

—¿Los protagonistas eran espías de la CIA en la vida real?
—Mira, cuando trabajé en Huamanga en el año 1968, 69, 70, había una pareja que era señalada como miembro de la CIA. Los dos. Él estaba de profesor de inglés en la universidad y ella hacía trabajos en el Cuerpo de Paz…

—Nolasco Vílchez, el victimario, es un ser bastante atormentado. En su novela, un personaje dice: “Como diría Fuentes, Vílchez es el típico hijo de puta latinoamericano producto de una violación olvidada”.
—Carlos Fuentes lo dijo hablando de los personajes de la novela latinoamericana; dice que el tema de la busca del padre es importante. Lo más obvio, “Pedro Páramo”. Nolasco Vílchez es el problema de la condición mestiza llevada a un extremo. Todos padecen de alguna manera el problema del mestizaje, como dijo Nelson Manrique, quien presentó “La cabeza y los pies de la dialéctica” en la Derrama Magisterial. El racismo está en el sector popular y alto.

—¿Quién es Artimidoro Correa en la realidad?
—Artimidoro Correa es el nombre de mi abuelo materno, y yo no lo conocí. Los padres de mi madre murieron cuando ella tenía 8 o 9 años. Lo que yo sé de mi abuelo materno es por los recuerdos de mi madre. Era un personaje de Ayabaca, un hombre de un estatus económico bueno.

—Ha sido una especie de homenaje hacerlo parte de su literatura…
—En parte sí, pero…

—Un homenaje a su madre, digo.
—Sí, porque alguien me dijo una vez que yo en mis novelas he hablado del mundo de mi padre, y he obviado en cierta forma el mundo materno. Si hubiera pensado esto cinco años atrás, hubiera escrito unas dos novelas más con ese personaje. Ya no estoy en una época en que pueda hacer planes a largo plazo.

—Artimidoro, en la novela, es un hombre de izquierda que también ha tenido, como usted, problemas por ello.
—Yo soy un hombre de izquierda. Por supuesto, también el mundo ha cambiado, ¿no? He estudiado el marxismo, pero siempre he tenido un cierto espíritu heterodoxo.

—Usted ha tenido esos problemas también a partir de la segunda edición de “La generación del 50”, donde conservó a Abimael Guzmán como un intelectual de esta generación. ¿Sigue sosteniéndolo?
—Básicamente, sigo sosteniendo lo que escribí para esa segunda edición. Es un libro que no solo incomodó, sino que puso furiosa a la gente. Perdí muchos amigos, hubo gente que me quitó el habla, maestros y alumnos, los que ahora ya son gente mayor. Pero pienso que quien asume una posición no puede contentar a todo el mundo, no puede darse el lujo de escribir para que lo quieran. Eso sería demasiado.

—No es como Gabriel García Márquez, que escribe para que sus amigos lo quieran más.
—No. Pero hay una cosa importante en ese libro, que yo no descalifico a nadie estéticamente por sus posiciones ideológicas.

—Como sí lo hace Alonso Alegría con usted, algo absurdo.
—Sí. En la segunda parte de “La cabeza y los pies de la dialéctica”, pongo los tres artículos de la polémica que surge a raíz de un artículo mío. Escribieron muchos artículos contra mí.

—¿Quienes escribieron contra usted?
—Bueno, Fernando Ampuero, Alonso Cueto, Alonso Alegría, Germán Coronado, José Miguel Oviedo y muchos otros. También hubo quienes asumieron posiciones cercanas a las mías. Pero básicamente mantengo lo que digo en ese prólogo. Yo dije que Abimael Guzmán es un intelectual, pero un “intelectual de partido”.

—¿Un intelectual de partido es…?
—Es quien tiene una producción intelectual que está dirigida para el partido, para que el partido lo lleve a la práctica. Además, es una posición totalmente confrontacional con el de los intelectuales, incluso los de la pequeña burguesía; y su obra la produce anónimamente, a través de editoriales, trabajos que aparecen en los órganos partidarios. Ahora, ¿cuál es su nivel intelectual?, eso es otra cosa.

—Alonso Alegría, disculpe que lo mencione, alguna vez preguntó: ¿cuál cree que ha sido la verdadera significación de la “guerra popular” y si sigue pensando que Abimael es una inteligencia superior?
—Bueno, ya una pregunta está contestada.

—¿Y cuál es la verdadera significación de la “guerra popular”?
—Sirvió, dramáticamente y dolorosamente…

—¿Para saber que ese no es el camino?
—No sé si ese no es el camino o no… pero sí sirvió para revelar la situación terrible del país que somos y la capacidad de generar violencia dentro de esta realidad. Eso creo.

—Andrea Jeftanovic, joven chilena, me comentó que estudió en la Universidad de Berkeley. Le dije que era un crimen que no haya llevado en la currícula a Óscar Colchado, Miguel Gutiérrez… ¿Qué opina de eso?
—Yo escribo, obviamente, para ser leído, pero, debido a posturas que he tomado, siempre se me ha relegado. Aunque he sido conocido, me gustaría, por supuesto, llegar a más amplio público, pero no puedo decir que soy un marginado, un olvidado. Pero creo que la gente no puede omitirme aunque le duela; no pueden borrarme de la historia.

—Ricardo González Vigil es uno de los pocos que se atreven a reconocer su valía literaria.
—Sí y eso le ha causado muchos problemas.

—En el prólogo de “La generación del 50” dice: “Seres muy queridos y ligados a mi vida habían optado de manera soberana y libre por lo que Sendero llamaba guerra popular”. ¿Quiénes eran esos seres? Si puede decirlo.
—Bueno; no puedo, pero eran muy cercanos a mi vida, muy cercanos. Los dos murieron.

—Producto de...
—Producto del camino por el que optaron. Creyeron en eso y entregaron su vida. Además, no mataron a nadie. En mi ensayo “La celebración de la novela”, cuento un poco la historia secreta de “La violencia del tiempo” y hablo también de lo que ocurría en el país y en mi propia familia mientras se desarrollaba esta guerra tan terrible. Ellos pagaron el costo por las ideas que asumieron y yo pagué otro costo: la pérdida de ellos.

—Sé quiénes son esos seres queridos, pero respeto su decisión de no mencionarlos. Por otro lado, leí que no le satisface el título de “intelectual comprometido”.
—No me satisface, aunque no encuentro otro título, ¿no? En “La cabeza y los pies de la dialéctica”, cuyo título tomado de una frase de Vallejo, he dividido los ensayos en dos partes. Una primera parte trata de la relación entre ideología y literatura, y la segunda parte, sobre la responsabilidad del escritor…

—Para usted, ¿primero es la estética antes que el mensaje?
—No lo planteo así, porque puede ser una dicotomía que de repente no se da. Yo pienso que para que una obra revele eficazmente una realidad, tiene que ser estéticamente válida. Una novela que solo da el mensaje y está escrita torpemente, va a aburrir a todo el mundo y no va a tener ninguna repercusión. Yo he aprendido a respetar la forma. Si la novela está escrita artísticamente, de repente no es que va a cambiar el mundo, porque una novela no cambia el mundo, pero sí va a cambiar al lector. Por ejemplo, yo, a los 13 años, leí libros que me dejaron huella. Uno fue “Los perros hambrientos”, de Ciro Alegría. Antes de leerlo, pensaba que el mundo era la Plaza de Armas de Piura. Después, descubrí que yo no era el centro del universo, ni siquiera el centro del Perú; y descubrí que había indios y pobreza en Piura. Eso dejó una huella en mí y determinó mi vida futura. La novela puede cambiar la conciencia de algunos seres humanos, y, a su vez, ellos van a influir en la realidad.

—César Vallejo también influyó en usted.
—Sí. Lo leí cuando estaba en secundaria, cuando todavía el programa educativo no tenía la poesía de Vallejo. Pero leí el libro del maestro Jorge Puccinelli, que era muy bueno, sobre todo por los textos literarios que escogía. En ese tiempo, yo despreciaba la poesía…

—¿Qué edad tenía?
—Tenía 15 años. Tenía 15 años, despreciaba la poesía, pero cuando leí a Vallejo, sentí un estremecimiento. Vallejo es el más grande escritor peruano, uno de los más grandes poetas de la lengua española, y es también un modelo en la vida. Vallejo pertenecía al Partido Comunista de Francia; en España, en la etapa más cercana a la ortodoxia (a inicios de los 30), en la época en que escribe “El tungsteno”, reportajes a Rusia, “El arte y la revolución”... Ahí, Vallejo está más cercano a la línea política de la Tercera Internacional Comunista, pero siempre quiere mantener su libertad, su personalidad. Pero a partir del año 39, discretamente se aparta, y va preparando su propio lenguaje en “Poemas humanos” y en “España, aparta de mí este cáliz”. Él no alaba al partido, ni a los líderes, como hace Pablo Neruda con Stalin y otros. Resalta a la masa, a los bolcheviques, al combatiente, al obrero, al campesino, a las mujeres del pueblo; a esos, no a los líderes. Vallejo es un comunista por encima de las líneas ideológicas del partido.

—Porque no fue un intelectual de partido.
—No fue un intelectual de partido. Incluso en su época más ortodoxa. Estoy seguro de que “El arte y la revolución” no le habría gustado a muchos comisarios de la Unión Soviética. Aunque, indudablemente, si no hubiera sido por su adhesión al marxismo, él no habría dado ese salto... Él crea otro sistema poético en “Poemas humanos” y “España, aparta de mí este cáliz”. Ese salto no se hubiera dado sin su acercamiento al marxismo.

—Es un intelectual de izquierda que no puede ser ocultado.
—Claro, yo cuando era joven todavía se ocultaba la filiación partidaria de Vallejo. Se sabía, pero se ocultaba el hecho de la importancia que debía cumplir para Vallejo la militancia política y también la teoría marxista. Lo que pasa es que Vallejo era un escritor genial… Bertolt Brecht era otro… pero no seguía el discurso oficial. Vallejo era un marxista creador, como también lo era José Carlos Mariátegui.


Marco Fernández
Redacción


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