Mockus aconseja a Villarán

Antanas Mockus, uno de los políticos más interesantes de esta parte de América, estuvo en Trujillo en un seminario internacional organizado por la Asociación de Municipalidades del Perú. En esta entrevista hecha entre Trujillo y el Callao, Mockus habla sobre la alcaldesa de Lima, Susana Villarán; Gabriel García Márquez, escritor colombiano que cumplió ayer 85 años de edad; y sus gobiernos en la alcaldía de Bogotá y la campaña presidencial, que perdió ante Juan Manuel Santos.

| 07 marzo 2012 12:03 AM | Entrevista | 2.5k Lecturas
Mockus aconseja a Villarán

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PERSONAJE. Mockus revolucionó la forma de hacer política en esta parte del mundo, al romper con los clichés de los políticos de carrera e inventar una forma nueva de comunicarse. Sobre todo, por hacer obras que no son de cemento, como bajar los niveles de violencia en Bogotá, mejorar la comunicación entre los políticos y sus ciudadanos, privilegiar el medio ambiente, entre otras que apelaban a mejorar la convivencia entre los desconocidos de las grandes ciudades.

Es característico en Mockus, por ser filósofo y matemático, argumentar con base en números. He aquí un ejemplo de cierto humor negro: “En una época, en Japón, eso sigue siendo cierto, por un homicidio había 20 suicidios. En Colombia, en esa época, había 20 homicidios por un suicidio. Una situación perfectamente inversa. Mi dicho en esa época era que al colombiano hay que cuidarlo de otro colombiano; al japonés había que cuidarlo de él mismo”.
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—Usted ha recomendado a la alcaldesa de Lima que no haga caso a las encuestas.
—Creo que debe confiar en su buena voluntad y su trabajo en equipo. Las encuestas son un elemento de juicio. No he dicho que las ignore totalmente, pero es importante persistir en una propuesta que en su momento recibió un apoyo social grande. La recomendación es trabajar con intensidad y coherencia con el punto de vista planteado inicialmente. Y si tiene que hacer grandes cambios en su propuesta, debe explicarlos a la ciudadanía. Es importantísimo atender bien a la ciudadanía. En Bogotá, por ejemplo, pagar servicios duraba hora y media. Bajamos ese tiempo a menos de treinta minutos para la mitad y a menos de 6 minutos para la otra mitad de las personas. La gente agradece mucho que uno le respete los tiempos. Como todos los amores, el amor entre el alcalde y la ciudadanía se construye con obras, pero no solo con obras de cemento.

—Usted tiene una filosofía de trabajo distinta al de los que piensan solo en obras de cemento.
—Es que se trata de convivir, de saber tejer relaciones, sobre todo en las ciudades grandes. En un pueblo pequeño, todo el mundo conoce a todo el mundo, y de ahí se deriva cierto orden. En las grandes ciudades, en cambio, hay que crear reglas entre desconocidos. Perú tiene un nivel bajísimo de homicidios, comparado con otros países de América Latina. Hay un trasfondo de respeto por la vida mucho mayor que en la mayoría de los países latinoamericanos. El peruano cuida la vida propia y la vida ajena; hay que aprovechar eso para decir “Cuidemos todos juntos la ciudad”. Reduzcamos los maltratos más pequeños. Por ejemplo, hay violencia intrafamiliar. Si yo fuera la alcaldesa, me dedicaría mucho al tema de la violencia intrafamiliar. Es una enfermedad de la cual hay que curarnos. Eso lo digo por lo poco que conozco de la realidad peruana. Hay también pequeños delitos contra la propiedad que generan sensación de inseguridad; aunque no son comparativamente graves, deben ser atendidos.


LAS CAMPAÑAS

—Uno de sus grandes logros fue su lucha por el ahorro del agua.
—Aprovechamos el control que teníamos sobre la empresa de comunicaciones de Bogotá, para que, sin perturbar las llamadas que iban a cumplir su objetivo, y usando solo las llamadas ocupadas que iban a sonar bip bip bip, decir “Gracias por ahorrar agua”; con mi voz y la de la cantante Shakira. No más. Eso se me ocurrió un día que llevaba media hora pensando en estrategias o tácticas para ahorrar agua. Andaba feliz inventando cosas, pero lo hacía debajo de la ducha, corriendo el agua a montones, desperdiciándola. Mi esposa golpeó el vidrio de la ducha y solo me dijo tres palabras: “Antanas, el agua”. A veces utilizo esa historia para contar que la coherencia no es una virtud exclusivamente personal; uno es coherente si la gente que está alrededor le ayuda a ser coherente y se lo exige. Parte de los éxitos de mi vida se deben a que logro un entorno de mutua exigencia. Hacerlo solo es demasiado difícil.

—Un académico cualquiera no pensaría en vestirlo de superhéroe, y un asesor no lo recomendaría.
—Supercívico. No fue mi idea. El periodista que me trajo el disfraz se apellida Aranguren. Desde un canal de televisión querían ayudarle al periódico “El Espectador” y a la alcaldía en la promoción de un personaje, el Supercívico, que lanzaba una vista en panorámica de la ciudad, y así como había el juego de “Ubique a Javier”, aquí había el “Ubique cinco comportamientos pro ciudadanos y cinco anticiudadanos”. Era una campaña de “El Espectador”. Lo que hice fue ser cómplice de una idea de otro. Ahora, eso pasaba mucho con los periodistas, nos inventábamos cosas. Una semana, por iniciativa de John Portella, estuvimos rapeando en un debate público con un miembro del concejo.


COMUNICACIÓN CIUDADANA

—Maneja usted muy bien la comunicación, a pesar de los comunicadores. ¿Cree que revolucionó la forma de hacer política?
—Pues, en las siguientes elecciones, el sitio de la registraduría parecía un circo romano. Había gente a caballo, con plumas, con vestido de baño, con la frente marcada; era un circo y, claro, era como una fiesta de disfraces. Hubo incluso un caballo de Troya en la Plaza de Bolívar, en el centro. Hubo un amigo mío que alquiló una zorra y le construyó con vidrios una especie de jaula enorme como denotando transparencia. A mí me tocó, con todo el dolor de mi alma, mandar a la policía de tránsito a que lo inmovilizara, porque era un peligro andante en términos de tecnología vehicular. Ahora, alguna gente copia la superficie y otra gente tiene una apropiación…

—… más integral. ¿A los políticos, en general, les falta ese trasfondo filosófico? ¿Y les falta arriesgarse? Usted se arriesgó bastante.
—Sí. Digamos, en la universidad, si los alumnos no aprenden, uno les echa la culpa. Uno responsabiliza mucho al estudiante. En la ciudad, uno no puede decirle al ciudadano “Oiga, usted no me estudió”. Si el ciudadano no comprende, el problema es totalmente de uno: uno no logró explicar bien. Y hoy, con televisión a bordo, todo tendría que ser explicable. No sé si ha visto en la red esos programas de diez minutos que explican conceptos. Uno debería gobernar con ese tipo de herramientas.

—¿Y qué hace quien tiene en contra a la mayoría de medios de comunicación?
—Pues habría que buscar una especie de tregua experimental. Parte de la comunicación es estructurada estratégicamente, para subir la popularidad, o para proteger a alguien, pero la comunicación es muy efectiva cuando funciona privilegiando la sinceridad. El cálculo perturba un poco la comunicación. Las mejores comunicaciones no son las que lleva uno como del cabestro al otro, sino son las que lo llevan a uno, llevan a los que están conversando. Es una fe habermasiana en la comunicación honrada. Yo lo resumiría así.



Realismo a lo García Márquez

—Un problema en Colombia son las FARC.
—Mi esposa hizo sus primeros años de trabajos en zonas parcialmente controladas por las FARC. Ella vio un cinismo muy fuerte. O sea, vínculos explícitos, visibles con el narcotráfico; una típica hegemonía local, regentados por lo que los investigadores llaman “un señor de la guerra”.

—El problema es que si se desmovilizan, ¿a dónde van: al Perú, a Ecuador, a Venezuela…? En vista de que no puede haber amnistía…
—La experiencia con los paramilitares muestra que son muy pocos los condenados, y parte de esas condenas se reducen por trabajo, estudio… La justicia transicional que se está aplicando en Colombia es ingeniosa e interesante, porque hay mucha impunidad para el combatiente raso y hay un castigo mayor para el combatiente de rango.

—Es complicado salir de eso, ¿no?
—Sí. En un conflicto largamente incubado, pensamos que argumentar racionalmente podía ayudar, pero todos los ejemplos que encontramos eran lo contrario. Al comienzo de un conflicto todavía es posible intercambiar razones; hoy en día pienso que deberíamos vincular a “artistas”, gente con una imaginación y creatividad tremenda, para confiarles a ciegas la solución. Decirles “invéntese algo que tenga sentido estético”.

—Muy garciamarquezco.
—Sí. Incluso, mi idea era que Gabo contara la historia consultando a las partes. Parte de la paz consiste en tener una sola manera de contar estos años terribles.

—Y que Gabo pudiera contarlas.
—Y él tiene elementos para contarlas. Aunque me impactó algo que vi en cierto momento, una actitud que había visto un poco en la aristocracia colombiana: uno de los grandes orgullos de Gabo en su vida es haber rescatado gente a través de conversaciones con Fidel; pero no se daba cuenta o no le importaba mucho que fueran como caprichos de los dioses del Olimpo. Me firmó un ejemplar de su autobiografía con la frase “Para Antanas, el amigo que Dios me tenía reservado”.

—¿Cómo está?
—No lo he vuelto a ver personalmente.

—Porque se decía mucho que no estaba bien, que Mercedes, su esposa, hacía y deshacía todo.
—En la última comida, que es, además, la única en que participé, vi a Gabo coqueto, que es un signo de salud. Y a Mercedes la vi superpilas, hasta en la manera en que manejó la coquetería de Gabo, con una inteligencia… Gabo ahí, con una escandinava en la mesa de al lado.

—¿Qué año lo vio?
—Eso fue en 2003.


Marco Fernández
Redacción


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