Un peruano ejemplar

Quienes despotrican de la política y promueven el descreimiento y la indiferencia para que los ciudadanos la vean como un sucio asunto para elementos con turbia conducta y se alejen de ella, dejando las manos libres a quienes la ejercen por intereses turbios y corruptos; ven desvanecerse sus argumentos ante la conducta ejemplar de quienes reivindican a la política como servicio a la sociedad y a los humildes.

| 06 mayo 2013 12:05 AM | Editorial | 2.9k Lecturas
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Y esa es la conducta que, desde la diversidad de posiciones, el Perú entero le reconoce a Javier Diez Canseco, un peruano notable por su coherencia y honestidad y por su consecuencia con las ideas que defendió durante más de cuatro décadas de una lucha que solo la enfermedad pudo interrumpir.

La muerte de tan destacado líder le ha ocasionado al país una pérdida dolorosa, aunque su ejemplo moral perdurará para el bien del Perú y para emulación de las nuevas generaciones.

Independientemente de que se pueda o no coincidir con las ideas de Diez Canseco, la presencia de personalidades de distintas posiciones políticas en el velorio de los restos del dirigente y luchador socialista demuestra el respeto y la admiración que supo merecer por su conducta altruista y honesta.

Esa actitud lo llevó a abandonar muy joven la vida holgada que tenía asegurada en su familia, para compartir la suerte de los desheredados de la Patria, a su manera y desde las convicciones que abrazó con ardor y consistencia que los jóvenes deberán tomar como modelo.

Como bien lo supo recordar con legítimo orgullo en su última intervención en el Congreso de la República, esa línea le significó atentados y amenazas a él y su familia, que no lo hicieron retroceder en su lucha incansable contra la corrupción que ensucia a la política, saquea las arcas del Estado y deshonra a la Patria; y le depararon el odio de quienes se sirven de la política en lugar de ejercerla con vocación de servicio.

Un deplorable intento de ensuciar esa trayectoria, acaso para consolidar en los peruanos la idea de que todos los políticos son corruptos –ergo nadie puede juzgar a la corrupción-, quien sabe por un absurdo ajuste de cuentas, lo alejó del Congreso de la República, con una suspensión arbitraria y carente de sustento, aunque la justicia lo reivindicó poco antes de su partida, para deshonor de los responsables.

Poco relieve tiene ya aquel episodio, cuando el país entero llora al luchador y lo eleva al nivel de los peruanos ejemplares, pues quedará para siempre en el recuerdo de todos su compatriotas de bien, compartan o no las ideas y las posiciones políticas que Diez Canseco defendió con energía y entereza, sin subterfugios ni concesiones.

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