Tarda, pero llega

Esta vez no tardó tanto la justicia, pues menos de dos años después de aquella leguleyada de septiembre de 2011 con la que aviesos abogados y magistrados sin escrúpulos quisieron dejar libre de polvo y paja al expresidente Saúl Menem con una escandalosa absolución, un tribunal argentino de mayor jerarquía acaba de declararlo culpable de contrabando de armas a Ecuador y Croacia centralmente planificado y ejecutado por funcionarios de alto nivel de su administración.

| 10 marzo 2013 12:03 AM | Editorial | 561 Lecturas
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A Menem le espera una condena mínima de cuatro años de cárcel efectiva, pero lo importante es que el poder judicial argentino se ha reconciliado con la justicia, al enmendar un error que ofendía sobre todo a los ciudadanos de esa nación históricamente amiga, pero sobre todo a los peruanos, que nos sentimos francamente traicionados con la artera puñalada que el personaje, que le vendió armas a Ecuador cuando este país agredía al Perú en la Guerra del Cenepa y a Croacia, cuando Argentina era garante entre Ecuador y el Perú y cuando integraba las fuerzas de paz en el conflicto yugoslavo.

Para hacerlo, el condenado, que ha entrado en la galería de la infamia, por ser el primer presidente de su país sentenciado por ser un vulgar contrabandista, firmó tres decretos secretos que daban luz verde a la sucia operación, consignando, como es usual en las operaciones de tráfico de armas, a Panamá y Venezuela como destinatarios de 6,500 toneladas de armamentos que saldrían en realidad a Ecuador y Croacia, vía terceros países.

Con la sucia operación, Menem traicionó además toda una historia fraterna de solidaridad entre Argentina y el Perú, jalonada por el heroísmo del argentino Roque Sáenz Peña, combatiente del Morro de Arica junto a Bolognesi, y por la ayuda incondicional que el Perú le brindó a Argentina en la Guerra de Las Malvinas, enviándole parte de su flota de Mirages y su parque de cohetes Exocet.

Por eso la condena de Menem, como bien lo señalan personalidades entrevistadas en esta edición, tiene un sabor de desagravio al Perú, que alivia la amargura doble que sentimos, por la traición aleve de aquel gobernante que sumió a su país en la corrupción más delincuencial y por la inconducta de jueces que se hicieron cómplices de la ignominia.

El daño fue de tal magnitud que los enemigos de la integración y la hermandad entre los pueblos latinoamericanos, los que pretenden juntarse solo entre supuestos “iguales”, se han estado llenando la boca de que por aquella traición el Perú no debe solidarizarse con Argentina en su demanda soberana sobre las Islas Malvinas, aunque han fracasado en el empeño, pues los peruanos mantienen en pie ese respaldo, sobre todo en estos días, en que Inglaterra pretende legitimar su ocupación de las islas con un referendo amañado e ilegal.


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