Sin autoridad moral

El tema de la posible candidatura presidencial de la Primera Dama, materia de especulaciones recurrentes y de aprovechamientos políticos y hasta instrumento de presión política, es ciertamente un asunto de interés público que puede motivar preocupaciones sinceras y es bueno que estas se ventilen y se discutan.

| 18 abril 2013 12:04 AM | Editorial | 689 Lecturas
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Es saludable en el contexto de la democracia que cotejen sus puntos de vista quienes piensan que a la supuesta aspiración electoral apunta la intensa actividad social nacional e internacional de la Primera Dama y su consiguiente presencia mediática notable; y quienes creen que tal exposición es natural, por tratarse de un personaje público con carisma y otras características que la distinguen de sus antecesoras y que son el motivo esencial de que sea considerada una potencial candidata.

Las críticas periodísticas alturadas y la fiscalización parlamentaria y la consiguiente polémica son también pertinentes e igual se enmarcan en el juego democrático y en la siempre saludable preocupación por la transparencia.

Pero son definitivamente inaceptables las actitudes inquisidoras de quienes pretenden erigirse en inmaculados y celosos guardianes de la pulcritud democrática, pese a no tener antecedentes ni credenciales para ello.

Nos estamos obviamente refiriendo a quienes reivindican al más antidemocrático de los gobiernos de las últimas décadas, aquella dictadura de los 90 que arrasó con la democracia e impuso el imperio del abuso generalizado, la corrupción sin límites y el crimen sistemático, además de privar a la ciudadanía del pleno ejercicio de sus derechos, incluyendo el de la libertad de prensa e información.

Es paradójico y hasta podría parecer risible, de no tratarse de un asunto tan serio, que reclamen por el uso, que alegan excesivo, de los medios de comunicación del Estado, para la cobertura de la actividad de la Primera Dama, quienes no tienen más ideario ni programa que defender a aquel régimen que no solo sometió a su antojo a los medios del Estado, sino que corrompió a la prensa.

Fresca está aún en la memoria la vergonzosa compra de diarios y estaciones de radio y televisión y de periodistas, mediante el pago de sobornos, así como las presiones y maniobras para reprimir y someter a quienes se resistían a venderse.

Justamente la compra al contado y con dinero del Estado, de las primeras planas de los “diarios chicha”, para insultar y enlodar a opositores, es materia de un juicio que tiene pendiente el jefe de aquella dictadura, el mentor de quienes pretenden ahora presentarse como defensores del buen manejo de los medios, el condenado cuya impunidad buscan con chantajes y presiones, para lo cual hasta se disfrazan de demócratas.

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