Retorno de la calma

Con la distensión y la superación de las crisis con Ecuador y Venezuela, a lo que se ha sumado ayer la renuncia del embajador del Perú en Caracas –específicamente por haber criticado en público a parlamentarios de su propio país, lo cual fue un error y un exceso deplorables- la calma en el ámbito de las relaciones exteriores del país ha retornado y es de esperar que con ella se instale la sensatez.

| 09 mayo 2013 12:05 AM | Editorial | 2.4k Lecturas
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Los problemas con los países citados se están solucionando en el marco de la fraternidad regional, que debe estar por encima de diferencias políticas o ideológicas, como corresponde.

Y se ha logrado remontar las crisis sin estridencias y con la serenidad de la Cancillería, que impidió que se agudizaran las tensiones y se deterioraran las relaciones con dos importantes vecinos, en un año, insistimos, en que el fallo de la Corte Internacional de La Haya nos debe encontrar a los peruanos no solamente unidos internamente, sino con un frente externo sólido, de relaciones positivas y fluidas con todos los vecinos.

En el balance de lo sucedido, quedó comprobado que a nada conducía escuchar los desaforados e irresponsables llamados a la confrontación y los gritos de guerra que exigían interpelar al Canciller; unos porque supuestamente habló demasiado, otros porque él y el Presidente guardaban silencio ante las impertinentes palabras de los gobernantes vecinos.

Fue el trabajo diplomático, cuya eficiencia necesita de la discreción, el que logró superar los problemas, para lo cual ha sido clave que el Canciller se sobreponga a los ataques y las incomprensiones y haya mantenido una conducción serena, que nada tiene de debilidad.

Resulta sin embargo lamentable que, sin aprender la lección, haya todavía quienes reclamen con arrogancia que los detalles se hagan públicos, insistiendo en el error, de buena o mala fe, de hacer de la política exterior, de importancia estratégica, un ingrediente para hacer política interna.

Ya el presidente de la Comisión de Relaciones Internacionales ha dicho, con sensatez, que los pedidos de interpelación al Canciller –de por sí absurdos, pues las decisiones en materia de relaciones exteriores son atribución exclusiva del Ejecutivo- carecen ya de sentido y que será suficiente que el ministro se presente a informar ante esa comisión, que lo ha convocado.

Haríamos bien, dirigentes políticos, parlamentarios y comunicadores, en retomar ahora la agenda nuestra, la de nuestros problemas domésticos, sin dedicarnos, por obsesiones, fobias ideológicas o intereses ajenos a los de nuestros pueblos, a problemas de otros países que solo deben y pueden resolver ellos mismos.


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