Legado de unidad

El reconocimiento nacional a los valores que encarnó Javier Diez Canseco en su larga lucha política y social; es decir a la dignidad y la decisión en la defensa de los principios de la justicia y el cambio social, ha hecho que su partida, una pérdida irreparable, aliente la deuda histórica de unidad y coherencia que la izquierda tiene con el pueblo al que proclama servir.

| 08 mayo 2013 12:05 AM | Editorial | 2.6k Lecturas
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El llamado que hasta en sus últimos días hizo el líder socialista a las fuerzas políticas y sociales, a la unidad más amplia bajo esos principios, fue recogido ayer cuando las diversas facciones de la izquierda y los muchos ciudadanos que se adhieren a esa corriente sin tener militancia alguna, levantaron sus banderas para darle el último adiós y prometerle construir esa fuerza unitaria que le vuelva a dar a esa corriente política la presencia que le corresponde dentro de la democracia.

Son pues importantes las perspectivas de unidad que abre el legado de quien se ha convertido ya en un símbolo de rebeldía y lucha social, ajena totalmente a la violencia demencial que, por confusiones reales o manipuladas, se ha pretendido identificar con cualquier gesto o movimiento de protesta o reclamo de cambios.

Tienen pues las fuerzas de izquierda una oportunidad de enmendar yerros del pasado que le hicieron perder opciones de ser una fuerza importante y decisiva en el panorama nacional, por sectarismos, por inmadurez y por no haber sabido mantenerse al lado de las bases sociales, dejando a estas en la desorientación, a expensas de quienes violentan sus derechos.

Un movimiento político de izquierda sólido y organizado es además necesario para la fortaleza de la democracia, para que canalice los afanes de transformación social –desalentando radicalismos extremos que a nada conducen– y equidad, pero también para que aporte soluciones viables y adecuadas al nuevo contexto que la realidad plantea.

Una democracia moderna y avanzada necesita contar con fuerzas de contrapeso a las conservadoras que parecen tener como ideario y praxis política la preservación absoluta de un estado de cosas y, obviamente, de sus privilegios, satanizando cualquier planteamiento o cualquier iniciativa, inclusive gubernamental, que no se ajuste a esa exigencia fundamentalista.

Si bien es tarea de todos los ciudadanos forjar una sociedad más tolerante y abierta, es responsabilidad de la izquierda hacer su aporte decisivo forjando su unidad y desarrollándose como corriente seria, organizada y capaz de desenvolverse y avanzar a sus objetivos históricos dentro de la democracia, para mejorarla y acercarla a los ciudadanos.


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