Bajo los encantos de la bella

Hablar de la ciudad a orillas del Huallaga es hablar de la Bella Durmiente; de excelente café y cacao; de cumbia; de rock and roll en la voz de Miki González; de juane, tacacho y cecina; de paisajes alucinantes; de aventura, y de diversión.

Por Diario La Primera | 14 ago 2009 |    
Bajo los encantos de la bella
Tingo María

Entrar al bar El Trapiche es como ingresar a la guarida de un brujo en busca de una poción mágica. Sobre los anaqueles, enormes botellas guardan licores extraños: Aliento del diablo, Tunchi loco, Sex machine, Negrita ardiente, entre otros.

Es jueves por la noche en Tingo María, afuera del local se van amontonando las motos y adentro comienzan a repartirse jarras de cerveza y de yonque sour. “Si fuera viernes, el ambiente sería otro”, comenta la camarera al grupo de periodistas.

Al parecer llegamos a la juerga con un día de adelanto: no hay gente bailando, tampoco música a todo volumen, ni inocentes víctimas de bebidas exóticas; pero sí un ambiente relajado, final ideal para un muy agotador e igualmente instructivo día.

Si algo le queda del colegio, sabrá que a la selva alta se le llama Rupa Rupa, que literalmente es “caliente caliente” o “muy caliente”. No es broma, la temperatura promedio anual varía entre los 25º C y los 28º C. Desafiando al calor, nos internamos esa mañana entre los montes selváticos en busca de la catarata San Miguel, ubicada en el cacerío del mismo nombre. Toma más de una hora llegar a ella y el camino puede parecer interminable, pero descuide, cuando menos lo espera ella aparecerá majestuosa con sus 120 metros de caída de agua.

Camino a la catarata nos damos cuenta de dos cosas. Primero, que no importa cuánto repelente usemos, en la selva todos somos comida de insectos. Segundo: la deforestación con fines agrícolas. Muchos de los habitantes de la selva alta son migrantes de la sierra, que intentan aplicar sus métodos de cultivo a una geografía completamente distinta. Los árboles son talados y los suelos quemados, pero al ser estos pobres en nutrientes solo pueden ser usados por un par de años. El resultado son hectáreas enteras inservibles, sin cultivos ni árboles.

Por la noche, estimulados por el yonque sour, pensamos que quizá no todo está perdido. Nos sentimos aliviados de que exista el Parque Nacional Tingo María, una pequeña área natural protegida que protege la vida silvestre de la ignorancia y la estupidez humana.

Ya al otro día tomamos el camino a Aucayacu para llegar a la laguna Los Milagros, a 20 km de Tingo María. Si desea visitarlo, contáctese con la familia Cenepo, que administra el lugar. Tome un bote, pasee por la laguna, pesque, explore el bosque aledaño, o mejor aún, no haga nada: tírese bajo el sol mientras bebe agua de coco, pero sobre todo, siéntase afortunado, años atrás el terrorismo habría hecho imposible cualquier visita. Si el tiempo le queda corto puede acampar.

Si llega hasta Tingo María y no va a la Cueva de las Lechuzas, no diga que ha ido. Este atractivo turístico se encuentra en el Parque Nacional Tingo María, y es una enorme formación natural habitada por guácharos, aves que sólo viven en Perú, Colombia y Venezuela. Hay dos formas de llegar: por bote –se toma en el puerto y tarda unos 30 minutos–, y por auto o mototaxi.

Si bien la deforestación aleja a la especie cada vez más de la zona abierta a turistas, todavía es posible escuchar los gritos del ave haciendo eco en la roca, que funciona como un amplificador para que podamos percibir tan especial concierto, aunque no lo merezcamos.


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