Voces juveniles

Jerjes Loayza le ha dado voz a sus personajes de estudio: alumnos de secundaria de dos colegios de Huaycán, donde explora sus sentires, su imaginario, sus códigos…

| 16 noviembre 2011 12:11 AM | Cultura | 2.2k Lecturas
Voces juveniles
Jerjes Loayza ha dado su primer paso en el estudio de la juventud limeña.

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En “Juventud y clandestinidad en Lima. Imaginarios y prácticas violentas”(Fondo Editorial de la Universidad de San Marcos), Jerjes Loayza Javier explora las relaciones clandestinas, las redes que se forman en jóvenes en etapa escolar (secundaria), a través de una investigación comprensiva...

—Lo común es la investigación explicativa, explicar siendo un agente ajeno a través de la encuesta o un investigador que escribes desde tu casa, analizas de tu escritorio. La investigación comprensiva es estar ahí, en cada uno de los espacios en los cuales están los jóvenes. No les hago una entrevista; hablamos, me cuentan sus cosas. La investigación comprensiva es entenderlos desde sus ojos.

Aprovechó Loayza su corta edad para poder estar con ellos, estudiantes de dos colegios de Huaycán: una institución educativa “anómica” y otra “rígida”. En la anómica, se dio cuenta de que había un desorden total, no había valores instituidos. La ausencia en el aula y las peleas eran cosa común; también encontró aquí a los cabecillas más importantes de Huaycán. En el colegio rígido, no encontró casi ninguna estadística de pandillaje. La cuestión es cómo habían logrado esto. Había una verticalidad muy grande hacia los alumnos. En la anómica había alumnos felices, porque era posible adecuar la institución a sus necesidades; pero en el otro colegio no: casi el 100% odiaba el colegio, pero era el que tenía menos porcentaje de pandillaje.

—Lo que dice es peligroso. Daba resultado el autoritarismo en la institución rígida.

—El autoritarismo es negativo —responde Loayza—, porque ellos terminan problematizándose ante la necesidad de libertad. Muchos de ellos veían a la institución anómica mejor. Sus valores no habían cambiado, sino que habían cohibido las necesidades de hacerse violentos o transgresores. Al salir del colegio, se sentían mal porque los maltrataban, porque abusaban de ellos, porque no tenían un capital simbólico, el ser más transgresor, más violento.

—¿Qué halló con respecto a las relaciones clandestinas?

—Estos grupos formulaban sus valores, sus capitales simbólicos, sus confianzas, sus solidaridades en un espacio en interacciones clandestinas porque estaban de espaldas a lo oficial, lo educativo, lo estatal. Encontré que los significados y valores eran totalmente diferentes a los que se creen. Y no había ningún tipo de seguridad en la familia, escuela o futuro. Una cosa que me encontré es que tanto profesores y familiares estigmatizaban Huaycán. “Acá no hay nada, acá todo es feo, no hay hospitales…”, decían. En espacios marginales, la solidaridad es muy fuerte; esa es una fortaleza. Hay que trabajar sobre el tipo de redes que se establecen. Cómo se anexan más pandilleros a un grupo, a través de quién; cuál es su principal tótem. Los psicólogos en escuelas no vislumbran esas redes; ellos tratan a los alumnos aislándolos en individuos.

—¿Son una amenaza estos jóvenes?

—No tienen organización, actúan de manera desordenada; no viven de esto, viven con familias. Compara esto con las maras salvatruchas de Centroamérica, que son grupos violentos que viven de esto y están organizados por jefes. Acá no. Nuestros jóvenes tienen una capacidad de resiliencia gigantesca. Estos jóvenes tienen ese espíritu de resiliencia que no los convierte en delincuentes. Pandilleros siempre van a haber. En mi libro, elimino la categoría de pandilla.

—¿Cómo los llama?

—Los denomino “grupo juvenil liminal”, liminal porque todavía no ha tomado una posición frente a la vida. Por momentos trabajan, por momentos delinquen; están en esa transición de no elegir todavía algo determinado. Al decir liminales quiero decir que no están estructurados. Hay que ver lo positivo y trabajar sobre eso.


Marco Fernández
Redacción

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