Núñez Ureta, el amigo

Si en pintura se pudiera pesar la ternura y el calor de un pintor, o medir la profundidad e intensidad del sentimiento que vive en su obra, destacaría igual el maestro Teodoro Núñez Ureta. Su elevada estatura y su gran presencia física contrastaba con su manera de ser: era amable, risueño, cordial; como el hablar quedo y sabio de un campesino.

| 26 abril 2012 12:04 AM | Cultura | 5.7k Lecturas
Núñez Ureta, el amigo
(1) El maestro “Teodoro Núñez Ureta” en el pulso de Bruno Portuguez. (2) Retrato de “Bruno Portuguez” en manos de Núñez Ureta
Este año se conmemora el centenario del nacimiento del pintor arequipeño Teodoro Núñez Ureta. He aquí una semblanza de quien fuera su pupilo y amigo.
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Cada charla, una visión, un filosofar, un consejo. Y, de vez en cuando, un relámpago de alegría, una anécdota que recordar. Sabía ser alegre, pero era la ternura lo que primaba en él; se sentía cuando conversaba, cuando miraba, en sus cuadros, en la luz de su gran taller. También había dado testimonio de su ira, de su rebeldía ante la injusticia contra los débiles, contra la explotación del hombre, de su pueblo. Todo eso lo plasmó sabiamente en sus dibujos, en sus pinturas, en sus murales.

Solía ir a visitarlo de vez en cuando a su taller en Miraflores. Eran sus últimos años. Habíamos intimado a través de una increíble aventura. Única en la historia de la plástica peruana. Él dibujó a un niño y después de 26 años, el niño ya un joven, lo dibujó a él, devolviéndole el gesto. El niño aquel era yo.

Teodoro, el hablador

—Toto, el doctor te ha prohibido que hables demasiado.

—¡No, no, María! Bruno y yo tenemos que hablar, y hay mucho que hablar.

Recuerdo esa pequeña interrupción de María Malachosvky, quien tenía 2 hijas con el maestro y vivía con él, y nos acompañaba y atendía amablemente mientras conversábamos.

“El artista no debe de tener el alma miserable”, solía decir el maestro.

Amaba mucho la naturaleza, los paisajes de su tierra, pero, sobre todo, amaba al hombre. Nos dejó una gran obra producto de su fuerza creadora, un grito de esperanza, una nueva luz a la ya dejada por los indigenistas. Él no fue indigenista; fue un combatiente valiente del realismo, que defendía en contra de la pintura decorativa, imitativa y superficial. Con una maestría en el dibujo y la composición, dotó a sus personajes de una calidez sencilla y noble como la arcilla; lleno de vida y color, de ese color claro y transparente de su Arequipa natal, con olor a tierra húmeda y leño prendido. Junto con Pancho Izquierdo son los más grandes muralistas del Perú.

Hasta hoy nos llega su llamado a pintar con profundo amor este país, ese Perú ausente, vívido, que se agita en busca de su destino.


Bruno Portuguez
Pintor


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