Músico, corazón de poeta

“Los versos de Vallejo descubren cosas insospechadas”. En el crucero Royal Caribbean, ahogado en lujo y confort, el afamado músico Víctor Merino leyó intensamente a César Vallejo. “No sabía por qué sufría realmente con sus poemas —confesaría Merino años después en una entrevista—. No es fácil ponerle música a un poema de Vallejo, no solo por las diversas estructuras de los poemas, sino por el mensaje profundo de aquellos”. Merino, compositor y pianista, había sido contratado en los años noventa en ese trasatlántico de siete pisos para amenizar los viajes eternos. En sus ratos libres, buscaba a Vallejo y luego, en el misterio de su piano, hacía magia: obtenía música de la poesía, poesía de la música.

| 02 febrero 2013 12:02 AM | Cultura | 2.8k Lecturas
Músico, corazón de poeta
Este fue uno de los últimos conciertos de Víctor Merino, en la casa de César Lévano.
A fines de 2012, el maestro Víctor Merino partió con su melodía continental al país del silencio.
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En el ruido de las radios comerciales, resulta extraño y extinto un caso como el de Merino. Musicalizó con maestría la poesía de las voces mayores: Octavio Paz, Rubén Darío, César Vallejo. ¿Qué es eso de andar poniéndole música a la poesía? “La canción poema… Esto que yo le llamo poesía musicalizada”, responde Merino en otra entrevista a la vera de una playa del Callao, su ciudad natal, a donde una tarde llevó al poeta Juan Gonzalo Rose para que destilara versos conmovido por las gaviotas y el mar. Aquel día, Juan Gonzalo divisó desde ese punto chalaco el distrito de Chorrillos y pensó emocionado en el heroísmo de José Olaya. “Y a los dos días —relata Merino— Juan Gonzalo me entregó el poema ‘Pescador de Luz’, con el que ganamos el primer lugar en el Festival de la Canción de Trujillo… Fue una de las experiencias más lindas que tuve en mi vida… Tenía camisa blanca / y el corazón encendido / la muerte lo perseguía / y la mar era su nido / José Olaya…”.

La amistad entre Merino y Gonzalo Rose le hizo un bien a la música. “Yo era —recuerda Merino— copropietario del centro nocturno ‘Mediterráneo’. Juan Gonzalo llegó un día a eso de las cuatro de la tarde. Estaba tomado. Estaban los ‘barmen’, los técnicos del ‘show’ que iba a haber esa noche, y él se subió al estrado. Parecía un hombre transformado por un ángel. En el escenario empezó a bailar y a cantar y a gritar trozos de teatro. Se hubiera debido grabar. Hizo un ‘show’ solo, de dos horas. Pidió que le encendieran todas las luces, todos los micrófonos, los equipos. Fue así como compuso esa su última canción, ‘La esquina’. Fue muy emocionante. Lo vi comunicativo, poderoso. Como yo era uno de los dueños, no quería que nadie del público entrara. Yo no quería romper el hechizo. La gente miraba desde una reja. Hasta ahora encuentro gente por la calle, que estuvo allí y me hace recuerdos de esa noche. Era un canto a la vida. Nunca he visto nada igual. Como músico, he trabajado en todos los Estados Unidos, en Canadá, en Europa. Nunca he visto nada igual” (revista “Sí”, 2/5/88).

En 1988, durante una ceremonia, Merino se encontró con el maestro César Lévano y le dijo “He seguido lo que has escrito sobre Juan Gonzalo Rose. Yo tengo cinco textos inéditos de él. Mucha gente me los ha pedido; pero no quería dárselos. Ahora sé por qué. Son tuyos, después serán de tus hijos y del pueblo”. Para Merino, todos los poemas eran “perfectamente musicalizables… Solamente debes de encontrarle la música y la medida” (Andina, 25/5/09). Al tiempo que leía un poema afloraba la melodía en su mente.

Tras haber visitado muchos países, y ganar festivales, amigos y fama, Merino decidió volver: “Después de trajinar con mi música por todo el mundo, me di cuenta de que no puedo vivir fuera del Perú”. Había pasado más de cuarenta años de creación musical, desde aquellas mañanas de su infancia cuando él y sus hermanos escuchaban a su padre tocar la trompeta todos los días, ensayos que Merino estimó mágicos y maravillosos: “Nos acostumbramos tanto a la música que a esa corta edad sabíamos qué iba a pasar con nuestro destino”. Ese destino lo llevó un día de 1998 a conocer a Mario Benedetti para musicalizar los poemas de su libro “La vida, ese paréntesis”, con la voz de Tania Libertad; a acompañar en el escenario a Mercedes Sosa y a Armando Manzanero; y a compartir aplausos con Chico Buarque y el grupo Irakere.

El 11 de diciembre de 2012, dos semanas antes de su partida, Víctor Merino, el músico con corazón de poeta, tocó “Solamente una vez” en el piano de la casa de César Lévano. El regalo de un maestro a otro por su cumpleaños mientras todos cantábamos (el bolero lo compuso Agustín Lara para José Mojica cuando se enteró de que éste dejaría la vida artística por el sacerdocio). En la sobremesa, Lévano y Merino recordaron a los que ya habían partido: César Calvo, Juan Gonzalo Rose, Pablo Casas... Música y poesía, en un soplo de vida. Esa noche, tuve el privilegio de escuchar miles de historias. Días después, Merino iría a su encuentro.


Carlos Bracamonte
Colaborador


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