Milanés en “La Capilla”

Esta noche, Pablo Milanés canta en el Polideportivo de la Universidad Católica. Aquí algunos recuerdos de su paso por “La Capilla”, otrora espacio para la bohemia de Lima.

| 01 diciembre 2012 12:12 AM | Cultura | 3.8k Lecturas
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Elena Huayanca y sus hijos Fernando, Kaametza (el nombre se lo puso el poeta César Calvo) y Sandra Andrade aún recuerdan los tiempos en que el cantautor cubano Pablo Milanés llegaba a “La Capilla” a reunirse con papá, el sociólogo Oswaldo Andrade Collantes, quien había instalado en el Jr. Lampa 747, en pleno corazón de Lima, a fines de los 70, un espacio para la bohemia.

Milanés llegó una vez de la mano del poeta César Calvo, quien era amigo de Andrade. Este decía que “La Capilla” no era una peña ni un restaurante, sino una hermandad. Y algo de eso tenía: la hermandad de la música. Andrade decía que era un espacio para músicos, poetas y locos: Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Tania Libertad, Félix Casaverde, Máximo Damián, David Farfán, Miki Gonzales, Chevo Ballumbrosio, “Kiri” Escobar, entre otros personajes ligados a la música y otras artes, fueron concurrentes de este espacio que se construyó en parte de lo que fue un convento, una vez que se amplió el jirón y se llevaron la fachada, y que, en los años 90, tras el gobierno fujimorista, tuvo que cerrar sus puertas y trasladarse a Miraflores, a una casona de la calle Domingo Orué, donde perdió a ciertos amigos ocasionales y que culminó su ciclo en una casa de Surco, donde terminó la fiesta. A inicios de este año falleció Andrade, pero muchas cosas quedan todavía de aquellos años.

En una fotografía de las que la familia Andrade Huayanca atesora, se ve al violinista Máximo Damián con un arpista y dos danzantes de tijeras, exclusivamente traídos para la ocasión. Milanés estaba en Lima y Oswaldo Andrade lo llamó por teléfono y le dijo: “Pablo, tú vas a venir y yo voy a reunir gente. De todas maneras, a los que vienen tengo que darles para los pasajes. Entonces, yo quiero pedirte permiso para cobrar algo simbólico”, le dijo, según recuerda Elena Huayanca. Y Pablo le contestó: “Mira, hermano, yo llego a tu Capilla y tú haces en tu Capilla lo que tú quieras. Por mí no te preocupes. Nunca te preocupes cuando yo venga de lo que tú hagas”. “Esa libertad siempre le dio Pablo a Oswaldo”, recuerda Huayanca.


Elena, Sandra, Pablo y Oswaldo en “La Capilla”. Y danzas de tijeras.

TEMAS DE FAMILIA
“Yo estaba en el colegio en esa época. Estábamos ya en Domingo Orué, a mis 6 años de edad. Y llegó a cantar Pablo Milanés”, recuerda Fernando, hijo de Oswaldo Andrade. En un concierto que hubo en la Universidad Católica hemos estado al costado del escenario con los músicos; terminaba el concierto y nos metíamos a los camerinos. Cuando salimos con los músicos, en dos combis, la gente preguntaba ‘¡¿A dónde van?!’. ‘¡A mi casa!’, respondía”.

Cuando “La Capilla” estaba en Jr. Lampa, Milanés llegó por primera vez de la mano de César Calvo, el poeta; pero luego, iba solo, cuando no estaba Calvo.


Elena Huayanca con Fernando, Kaametza y Sandra Andrade en casa.

En una de las fotografías que conserva la familia, se ve a Pablo Milanés, con su entonces esposa Sandra, flanqueados por Elena y Oswaldo. “Ella es a quien dedica su canción ‘Sandra’”, dice Elena. “Pero mi papá me dijo que esa canción también era para mí”, dice Sandra.

De aquellas épocas se rescata un casete con la música que Milanés tocó y cantó en los ambientes de “La Capilla”. Le dieron una copia al autor, pero otra la conservan en casa: se titula “San Pablo (El Milanés) en La Capilla”, y tiene canciones como “Yolanda”, “El breve espacio en que no estás”, “Comienzo y final de una verde manzana”, “Masa” (de César Vallejo), “Sinceridad” (canta David Farfán), entre otros temas, totalmente desenchufados, porque en “La Capilla”, señores, nunca se utilizó equipo de sonido.

Le llamaron “La Capilla” el día que abrieron sus puertas, un 2 de noviembre de 1978 (según Elena Huayanca), fecha del cumpleaños de un amigo de casa, Miguel Burga Vergara, quien al ver los restos de la capilla del convento, bautizó al instante ese espacio bohemio para la posteridad.


Marco Fernández
Redacción


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