Martín Adán festeja su cumpleaños este jueves

Nadie como él sabía encontrar la palabra exacta y cincelar el silencio cuando era necesario. Rafael de la Fuente Benavides (27 de octubre de 1908 -29 de enero de 1985), más conocido como Martín Adán, desconcierta por la oscura luminosidad de su poesía, porque leerlo es como ingresar a un lugar sagrado, donde uno no sabe si la belleza que de pronto se aparece ante nosotros es de un ángel o un demonio, quien nos puede aniquilar por el solo hecho de tenerlo cerca.

| 24 octubre 2011 12:10 AM | Cultura | 3.1k Lecturas
Martín Adán  festeja su cumpleaños este jueves
Nacido como Rafael de la Fuente Benavides es uno de los grandes poetas del país que nació hace 103 años para vivir perpetuamente a través de su obra.
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Y ese es Martín Adán, muerto físicamente pero viviente en cada verso que encontramos al azar en sus libros. Y, entonces, cometeríamos un error no decir que este jueves cumple un año más de vida perpetua, eterna en su “nadeidad” (perdónenme los académicos por tamaño neologismo), porque si hemos de creer en los Upanishads la nada es el todo y viceversa: entonces, la nada es Dios.

Desde muy joven mostró sus dotes de cantor del silencio y del clavicordio en las aulas de la Universidad de San Marcos. Como todo poeta consagrado, vivió pobre. El dinero no le preocupaba, sólo la belleza. Como un sacerdote pagano, o un chamán, prefirió huir de la falaz realidad mediante el alcohol, estimulante grato en el momento ingrato.

Hasta el poeta norteamericano Allen Ginsberg se sintió atraído por la poderosa voz de su canto, cuya belleza vislumbró pese a estar moldeado en una lengua ajena a la suya. Creemos que al creador de “Aullidos” no le bastó probar el excitante ayahuasca y sintió la necesidad de ir al encuentro de Martín Adán en una cantina de Lima (1960), como quien busca a un profeta para venerarlo.

Ya entonces, el poeta limeño estaba desde 1937 en un viaje iniciático por hoteles de Lima y hospitales psiquiátricos en busca de la nada. Hasta que lo consiguió en una sala de operaciones del Hospital Arzobispo Loayza. Se despidió agitando su débil corazón como un pañuelo.


Llamil Vásquez
Redacción


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