Los sueños del bardo criollo

“Droga divina, bálsamo eterno/ opio y ensueño dan vida al ser; / aspiro el humo que da grandezas / y cuando sueño, vuelvo a nacer”, dice elocuentemente Felipe Pinglo Alva en “Sueños de opio”, un vals compuesto en 1935 y cuyos fervientes admiradores del bardo se niegan a pensar que sea producto de la comprobación personal.

Por Diario La Primera | 24 junio 2012 |  2.8k 
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El “veneno negro” de los chinos, el “hiphema” en la India, el “schemeteriak” árabe, “la medicina de Dios” para los anglosajones o, simplemente, el opio, aquella droga narcótica y analgésica sintetiza todo un argumento de belleza dentro de la creación artística que en el rango verbal acogería Pinglo.

Alucinando al Oriente
“Sobre regios almohadones recostada, / incitante me sonríe bella hurí / cual reina de que hablan los cuentos de hadas, / deslumbrante se presenta para mí”. Esta inspiración de Pinglo alude a los placeres carnales otorgados en la cultura del medio y lejano Oriente. En la religión islámica, la hurí es una bella doncella virgen de ojos negros y almendrados, cuya compañía en el paraíso era el goce de todo verdadero mahometano muerto.

“Me vuelvo dueño de mil riquezas, / lindas mujeres forman mi harén / y en medio de ellas, / yo adormitado / libando dichas, bebiendo halagos / entre los brazos de una mujer”. El harén era el lugar destinado al placer donde residían las concubinas de la nobleza para ofrecerle música, danza o sexo; la aprendiz de concubina era la odalisca.

“Primorosas odaliscas en mi torno / obedecen mi cariño de rajá; / y sus mimos y cariños amorosos / son tributos de esclavas a su sultán”. Con el nombre de rajá se designaba a los antiguos soberanos de la India y los monarcas de algunos Estados que componen Malasia; mientras tanto, el sultán era el monarca de muchos países islámicos.

“Sus miradas son de fuego, me enloquecen; / ella me ama y me ofrece frenesí / en su rostro de querube o de Nereida / se adivinan deseos de goces mil”. El querube es asociado a la teología cristiana y designa a un ángel de delicada belleza, generalmente un niño. La mitología griega describe a las Nereidas como ninfas del mar con voz melodiosa. Las alucinaciones narcóticas de Pinglo no poseen ningún referente de la cultura china, salvo el hábito de aquellos inmigrantes asiáticos importadores de vicios que por entonces ya inundaban Lima.

“Una y otra me suplican que las ame, / y les brinde mi cariño más sensual, / ¡Oh, delicias que nos duraron tan sólo / lo que el opio en mi ilusión pudo forjar!”. El común denominador en sus estrofas es el placer ocasionado por la presencia femenina, aunque sea irreal y ajena a la que pudo ofrecerle su esposa Hermelinda Rivera, con quien tuvo dos hijos.

Aspiraciones prematuras
La musa del bardo encuentra antecedentes en la Europa del siglo XV y el láudano del médico veronés Fracastoro; el floreciente comercio del opio desde el Medio Oriente a Europa, y posteriormente a China, originó la “Guerra del Opio” (1834-1842) con una Inglaterra que veía perjudicados sus intereses comerciales y cuyos médicos famosos recomendaban su consumo.

En el siglo XIX el opio ya era conocido entre los sectores intelectuales de Europa; personajes como Wilkie Collins, Thomas de Quincey, Charles Dickens, Samuel Coleridge, Víctor Hugo y Charles Baudelaire suscitaban una compleja relación entre arte y droga. Aquella época vio nacer a la morfina (1806), cocaína (1860), heroína (1883) y, posteriormente, los barbitúricos (1903). En la segunda mitad del siglo XIX llega el opio a las costas peruanas junto con los inmigrantes chinos, muchos en calidad de culíes. Mientras tanto, el decano de la prensa nacional anunciaba: “¡¡¡OPIO-OPIO-OPIO!!!

A inicios del siglo XX el opio era parte de la subversión de los intelectuales y artistas peruanos. Opiómano y conocedor de la morfina, éter, cocaína y cloretilo fue Abraham Valdelomar, mientras que el propio César Vallejo plasmó en su cuento “Cera” las experiencias en los fumaderos de la calle Capón. Por todo ello, suena poco creíble que Pinglo no haya experimentado él mismo los efectos del opio, aunque el periodista David Hidalgo asegura que “Sueños de opio” narra “las aventuras que ‘sus amigos’ tenían en los ‘ginkes’, locales de Paruro regentados por chinos”.


Ernesto Toledo Brückmann
Colaborador

Referencia
Propia



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