Los escritores serán olvidados

Su padre era diplomático de carrera y en los países a los que viajaba por trabajo siempre iban a diferentes museos. Ya de joven-adulto, como dice, dejó el derecho y abrió la galería de arte “Panorama”, en la segunda cuadra de la avenida Benavides, en Miraflores. Víctor Humareda, Ricardo Sánchez, Macedonio de la Torre, entre otros grandes de la plástica, expusieron ahí en los años 1977 y 1978. Luego de aquellas experiencias, recaló en la literatura.

| 22 junio 2012 12:06 AM | Cultura | 1.6k Lecturas
Los escritores serán olvidados
Gonzalo Mariátegui acaba de publicar “El solar de los tres patios”, una historia de amor por el arte, entre otros amores.
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Aquí una anécdota: “Ricardo Grau paseaba un día por la Escuela de Bellas Artes, y vio a un joven haciendo uno de los calcos que hay ahí. Entonces, se acercó Grau. El muchacho se retiró y le preguntó ‘Maestro, ¿qué le parece?’. Este lo observó y le dijo ‘Mire, aquí falta algo. Deje usted el carboncillo y vaya a la calle, emborráchese, trompéese, métase con una puta, que lo quemen y después de que ha vivido, retome el carboncillo y vuelva a pintar’. Para pintar, como para escribir ficción, se necesita vivir”.

Ha vivido mucho antes de escribir la novela “El solar de los tres patios”. ¿De qué trata? De un alumno y un profesor de arte, de orígenes sociales diferentes, que aman el arte. El profesor alguna vez fue un gran pintor y perdió su talento; el joven tiene un talento del que la escuela no tiene antecedentes. El profesor tiene dinero, pero lo que ambiciona es la inmortalidad, perdurar, no ser olvidado. Sabe que es el mejor director de Bellas Artes y que será recordado por veinte, cuarenta años, pero será olvidado, y sabe que nadie olvida a Rembrandt, Picasso… Ellos perdurarán. Sabe que el único que puede darle eso es el joven; así que piensa en robarle la obra.

—¿Esperó vivir para escribir?
—Mi madre, que era una gran lectora, me introdujo en la literatura. Dos años antes de fallecer (a sus 78 años de edad) se operó las cataratas solo para poder seguir leyendo. Ella me contaba de su niñez, de su familia, y yo le dije un día por qué no escribes esto. Ella me dijo “No, tú lo vas a escribir”, con una convicción tremenda. Pasaron los años, fallece ella, y yo no le encontraba ningún interés a la abogacía y quería cambiar y decidí que tenía cosas que decir. Encontré guardado entre los papeles de mi padre “Estampas mulatas” de “Pepe” Diez Canseco, autor de “El duque”, y me lo leí en un par de horas, y me dije “Esto es lo que quiero hacer; yo quiero ser escritor”. “Pepe” Diez Canseco era gran amigo de mi padre. Yo tengo, quizás, dos padrinos: Miguel Ángel Llona, padre del pintor Ramiro Llona, padrino de bautizo; y “Pepe” Diez Canseco, porque mi padre escogió a la mujer de “Pepe” para que fuera mi madrina.

—Diez Canseco es un doble padrino: de bautizo, por el lado de su madrina, y de bautizo literario con “Estampas mulatas”.
—Así es.

—¿Encontró usted en la escritura la manera de perdurar?
—Yo no creo que vaya a perdurar. Es muy difícil. En la escritura peruana, digamos, ha perdurado Ricardo Palma, perdurará Julio Ramón Ribeyro, pero otros de los muy famosos no creo que lo vayan a lograr; serán recordados por veinte, treinta, cuarenta años y nada más. Hay muchos ganadores de grandes premios que nadie ha leído. William Somerset Maugham decía que la obra de los buenos escritores era recordada, en promedio, por cuarenta años; algunos eran olvidados antes, y lo trágico era cuando eran olvidados en vida.

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