La leyenda del Salto del Fraile

En el año 1860 el marqués de Sarria era uno de los personajes más ilustres de Lima. Este viudo aristócrata capitalino tenía una hija de doce años llamada Clara. Una pequeña de belleza simpar quien, al no tener ya madre, estaba en bajo los cuidados de su nodriza.

| 20 enero 2017 02:01 PM | Cultura | 4.7k Lecturas
La leyenda del Salto del Fraile
La leyenda del Salto del Fraile
Por: Alan Cachay

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Los riscos de la ciudad de Chorrillos fueron el escenario culminante de una de las narraciones de amor más populares de la tradición limeña: la historia del fraile enamorado que saltó al mar por su amada.
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La niñera tenía un hijo, Francisco, de quince años, quien además de ser amigo de Clara, también era muy querido por el marqués pues siempre había deseado tener un vástago varón. Con el transcurrir del tiempo este afecto casi fraterno que había entre los adolescentes fue transformándose poco a poco en un intenso amor juvenil. El cariño se consumó y un día el marqués supo que su Clarita estaba en cinta, que el padre era su protegido y que los jóvenes pretendían pasar la vida juntos.

El suceso representaba una enorme mácula para los Sarria. La sociedad condenaría que una de sus damas tuviese un hijo fuera del matrimonio y muchísimo más todavía si el bebé en camino era hijo de un sirviente. Así, el marqués decidió recluir a Francisco en el Convento de La Recoleta, convirtiéndolo en fraile y alejándolo de su hija, y embarcar a su hija en un viaje a hacia un lejano país. Los enamorados quedaron destruidos por la separación pero no podían hacer nada ante la determinación de sus destinos. Ella se iría para no volver nunca.

Sin embargo habría espacio para un adiós. La madre de Francisco, quien seguía siendo la nodriza de Clarita, le contó a su hijo que su amada partiría el atardecer del 17 de octubre. Él encargó a su madre que le dijese a su amor que, cuando su barco pase por la costa chorrillana, mirase con un catalejo sobre los riscos pues él estaría allí, en la cima del más alto de todos, agitando los brazos para decirle adiós.

Aquel atardecer llegó y el mar agitado era testigo de la despedida de los jóvenes amantes. Clara divisaba a Francisco a lo lejos y él, profundamente entristecido, le correspondía agitando los brazos como gesto de despedida. De pronto, tras un rato de observase en la distancia, Clara vio cómo su amado dejaba de alzar los brazos y, tras una pausa fatídica, comenzó a correr hacia el acantilado. Francisco, que no soportó la idea de no volver a ver a su amor, decidió acabar con su vida saltando al mar embravecido que lo sepultó entre olas. Clara con el corazón roto, fue repentinamente consciente de que se estaba quedando sola en el mundo, sin su amado ni el amor que se profesaban. La vida no sería vida sino existir en soledad desde ese momento. No lo resistió. Corrió por la cubierta y saltó por la borda para encontrarse con su amado en el fondo del océano y estar juntos allí, en sus profundidades, para siempre.

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Fuente: > Alan Cachay
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Colaborador 9324 La Primera Digital