Bryce, la ley de Gresham y el extraño jurado

El sociólogo y escritor mexicano Fernando Escalante, indignado, da a conocer su punto de vista sobre la polémica por el premio FIL Guadalajara al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique.

| 18 octubre 2012 12:10 AM | Cultura | 1.6k Lecturas
Bryce, la ley de Gresham y el extraño jurado
Alfredo Bryce Echenique, el escritor cuestionado.
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No teníamos, y acaso hacía falta, un premio para la trampa, el fraude y la corrupción, un premio que celebrase la simulación, el compadreo, la monumental desvergüenza que define el espíritu del tiempo. Ya lo tenemos.

El asunto Bryce está poniendo a cada quien en su sitio, con una claridad casi cruel. A veces patética. Es un episodio relativamente menor, pero que como momento de crisis ha adquirido una densidad simbólica excepcional, y obliga a todo el mundo a tomar partido –aunque sea el partido del silencio. Y a exhibirse.

Lo menos interesante es lo que el asunto revela de Bryce. Es tramposo y es cínico, bien, pero eso ya lo sabíamos. Ahora sale con la enésima invención sobre el caso, ahora resulta que en realidad él ha ganado todos los juicios. Solo llama la atención un poco el espectacular cinismo del personaje, ese descaro que raya en el delirio. Porque todo el mundo sabe que hay una sentencia firme por 16 plagios, y una multa considerable, y el Indecopi de Perú ha salido en estos días a confirmar las dos cosas, y a decir que nuevamente Bryce Echenique miente: se siente tan seguro, que le da igual. Los plagios son palmarios, evidentes, conocidos, y no 16, sino más de 30. A Bryce le da risa. Y por supuesto, viene a cobrar su cheque.

También está visto, no es novedad, que a una buena parte de la gente del medio, la gente que pomposamente se llama “del libro”, le trae sin cuidado el prestigio del premio, el prestigio de la Feria del Libro, y le traen sin cuidado los libros también. Esto que tenemos, que todavía conserva algunos adornos de la vieja cultura del libro, es otra cosa: una excrecencia de la industria del espectáculo, una aparatosa danza de celebridades, hecha de fingimientos, publicidad, y santurronería.

Bien mirado, insisto, no es mala idea crear un nuevo premio para ese nuevo mundo, y otorgárselo a un pícaro —no habría otro mejor emblema. Lo repelente es que se apropien del nombre. Porque está claro que este premio, el que entrega ese jurado a ese sujeto, en estas condiciones, no es el premio que recibieron Nicanor Parra, Juan José Arreola y Tomás Segovia.

El jurado es para darle de comer aparte. Tiene nombres, así que seamos educados, y llamémoslos por sus nombres: Jorge Volpi, Julio Ortega, Leila Guerriero, Margarita Valencia, Mark Millington, Mayra Santos-Febres y Calin-Andrei Mihailescu. En defensa de su fallo, Jorge Volpi y sus colegas dijeron que las acusaciones de plagio “competen al ámbito penal y corresponde a los tribunales —no a un jurado literario— decidir sobre este asunto”. No se rían, porque lo dijeron muy en serio. Ellos no van a descender a asuntos de tribunales, ¡no faltaría más! ¡Si son un jurado literario! ¡Cómo iban a identificar un plagio!

A ellos no les importa quién haya escrito una obra, o quién la firma, eso es cosa de los tribunales (que por cierto, ya decidieron). A ellos, como jurado literario, solo les corresponde entregar premios a sus amigos —también literarios, mucho muy literarios, y amigos. Sin que les estorben prejuicios burgueses sobre la honestidad o la decencia. O la autoría de los textos. Y el gobierno mexicano, que ponga el dinero.

No es todo. Jorge Volpi y sus colegas fueron explícitos: “lo discutimos, y creemos que el plagio de unos artículos, sea una o 17 columnas, de pequeños artículos periodísticos, es algo menor que no toca a su gran obra”. En resumen, dijeron que saben que Bryce es un plagiario, pero que les parece que el plagio no tiene importancia: una o 17 columnas, o 32 o las que sean. Además, son “pequeñas columnas”: ¿qué más da? Es decir, que la honestidad está para los demás. A ellos, a los literatos literarios, los que otorgan y ganan premios, hay que medirlos con otro rasero. Y desde luego, no está ninguno para tirar la primera piedra: “cada escritor que ha hecho esto lo sabe, después de haber escrito 50 columnas empiezas a repetirte; en el caso de Bryce Echenique… yo no lo llamaría plagio sino plagio inevitable, una repetición inevitable…”. En dos líneas, descubren un nuevo horizonte para la desvergüenza. Porque no es que Bryce se repita, como fingen creer, sino que repite lo que han escrito otros. Pero además, muy cucos, señalan a los demás para guarecerse ellos: que atribuyan prácticas parecidas a todos los escritores es una calumnia de grueso calibre —un insulto gratuito; lo curioso es que lo hacen para admitir sin rebozo que ellos mismos lo han hecho, o lo hacen normalmente.

En adelante, cuando le toque su premio a Jorge Volpi, pongamos por caso, y alguien lo acuse de plagio, por su “México, lo que todo ciudadano quisiera (no) saber…”, por ejemplo, que podría ser, bastará con señalar el precedente. En México, el plagio está admitido.

Está completo el retrato de esa lamentable corte de los milagros que es hoy la industria editorial. Y cada quien está en su sitio. Falta solo, en el último acto, saber dónde quiere ponerse el presidente Felipe Calderón. La entrega del premio sería el último gesto importante de su gobierno hacia la cultura, y uno que ha adquirido una considerable carga simbólica —empezando por el hecho de que el plagio es un delito, y que el compadreo del jurado es la más desvergonzada exhibición de la cultura de la transa que hayamos visto en mucho tiempo. Honestamente, yo sí quiero ver el final del esperpento. Y ver qué lugar escoge el presidente.


Fernando Escalante Gonzalbo
(Tomado de La Razón, de México)


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