AYER ME HICIERON UN REGALO

EL NOVELISTA FRANCÉS GUSTAVE FLAUBERT MANTUVO UNA LARGA CORRESPONDENCIA EPISTOLAR CON SU AMADA AMANTE LOUISE COLET, CON LA QUE NUNCA LLEGÓ A CASARSE. ESTAS CARTAS, REUNIDAS EN UN LIBRO DE EDICIONES SIRUELA, HA ENTRADO EN MI VIDA GRACIAS A LA INTELIGENTE BÚSQUEDA DE UNA BUENA AMIGA MÍA.

| 31 octubre 2015 09:10 AM | Cultura | 1.8k Lecturas
AYER ME HICIERON UN REGALO
Cartas de Flaubert a su amante
1872

Ayer me hicieron un regalo. Me dio una gran alegría porque no me lo esperaba; pero, sobre todo, porque era un libro. Venía delicadamente envuelto en sendos papeles tela de color verde y rojo, con una cinta rugosa que sellaba el precioso paquete. Era un volumen grueso, de tapas duras y nobles y en la portada clara destacaba la pintura de una mujer. La persona que lo había escogido, conocía mis gustos y preferencias y se había tomado el tiempo de elegir bien. En este caso, se trata de las cartas escritas por Gustave Flaubert, un novelista francés del siglo XIX, a su amante lejana, cuyas respuestas fueron quemadas por una descendencia temerosa del qué dirán.

Aún no he comenzado a leerlo, porque he querido detenerme en el preliminar placer sensual de tocarlo, de palparlo, acariciar su lomo, oler sus páginas pasándolas rápidamente, mirar sus diminutas letras sin leerlas, aprehendiendo la forma de sus consonantes y vocales, admirando sus límpidos márgenes y sus negras contraportadas.

No hay duda que cada libro es diferente de los demás. Como las personas, cada libro tiene un cuerpo y un alma inconfundibles. Por eso, los libros han sido siempre mis mejores amigos, mis más fieles compañeros y me han llevado por mundos maravillosos, por ignotos vericuetos, por encontrados sentimientos. Aunque crecí en el limeño distrito de Miraflores, cholito prisionero entre un cielo plagado de gallinazos y nubes estrambóticas, por arriba, y pitucos vecinos racistas, por abajo, mi verdadera infancia transcurrió en Jerusalén y en Roma, en Malasia y en el Océano Índico, en Mesopotamia, en Rusia y en Italia, en la Rupa Rupa amazónica, en Florida y en París, en Egipto y en Alemania, en el mundo entero, llevado por las alas de los libros.

Hay libros que recuerdo exactamente por su fuerte personalidad y por la huella que dejaron en mí, como sucede también con personas. Hace sólo dos días que me reencontré con un viejo diccionario de francés que me acompañó durante mi aprendizaje de aquella lengua y, al volver a verlo, polvoriento y manchado por la lluvia que lo empapó durante un malhadado temporal, me emocioné íntimamente, al volver a sentir sus páginas serenas bajo mis ingratos dedos.

Cuando, niño en Lima, llegaba algún familiar del lejano Amazonas, envuelto en fragancias para mí desconocidas, aroma de nueces y de pan montañés, de las aguas de la Cuyana y de las orquídeas del Utcubamba, intuía yo otros paisajes, bucólicos y salvajes, donde las vacas sin cabeza pastan al amanecer sin dañar los sembríos y en donde el diablo con patas de gallo cabalga a medianoche en caballos de fuego, envuelto en un poncho grueso y bebiendo chicha de jora. Del mismo modo, cuando, en la diáspora europea, caía en mis manos algún libro de la lejana patria, sentía yo en su papel el olor inconfundible de nuestro mar querido, del inmenso cielo serrano con sus estrellas infinitas y del verde inconmensurable de la Omagua y, como los galanes de antaño recibiendo las perfumadas cartas de sus dulces doncellas, agradecía yo a esos libros por ese instante de reencuentro, único e inolvidable.

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Fuente: > Personal
José Juan Pacheco Ramos

José Juan Pacheco Ramos