Yawar Fiesta en Apurímac

El 29 y 30 de julio de cada año, en la localidad de Cotabambas (Apurímac) se lleva a cabo corridas de toros con cóndores. Una fiesta ancestral que reproduce simbólicamente el dominio del cóndor sobre el toro.

Por Diario La Primera | 24 jul 2010 |    
Yawar Fiesta en Apurímac

En el altar mayor de la iglesia de Cotabambas (Apurímac), justo en el sagrario se alza un ave tallada en plata que representa al espíritu santo. Si uno se fija bien, el antiguo artesano indio que creó esta pieza, en realidad talló un cóndor.

Después de todo, para la cultura quechua, el cóndor es un animal sagrado, vinculado directamente a las divinidades tutelares – los apus protectores -. El sincretismo religioso funciona de diversas formas, incluso ahora. Fue la manera de escapar a la extirpación de idolatrías que la iglesia del Siglo XVI impuso en su proceso de afirmación colonial.

Cada 28 y 29 de julio en las provincias altas de Apurímac se realizan las corridas de toros con cóndores, cuya simbología narra Arguedas en su novela “Yawar Fiesta”, asignando al toro la representación de los colonizadores y al cóndor, la del pueblo quechua.

Hice un documental para la Televisión Educativa Iberoamericana con sede en España pero que se transmitió a toda la América, desde México hasta la Patagonia, a través del Hispasat, el satélite de comunicaciones español. El documental lo filmamos en Cotabambas que es un distrito de la provincia de Ccoillurqui, región Apurímac. Se accede desde Cusco durante 7 horas. Desde Abancay el viaje demora 11 horas. Cotabambas es un localidad prendida en las faldas de una quebrada, como un balcón natural desde donde se mira al cañón del Río Apurimac.

Según la antigua tradición, al final de la corrida, el toro – el español – es muerto y el cóndor es liberado en medio de canciones y celebraciones. Pero ahora, con el turismo y la llegada de la globalización, la fiesta india se ha transformado en un negocio para las autoridades locales, alcaldes y gobernadores, y las comunidades sufren una marginación con alta dosis de racismo.

Pero siguen siendo los indios los que saben cómo capturar al cóndor. Sin el cóndor no hay fiesta. Pero cuando traen al ave, se la entregan a los comisionados – mistis – para los preparativos. El gobernador hace una fiesta en su casa, pero no entra el indio que es el héroe de la jornada. Le envía una caja de cerveza o algunas botellas de cañazo y le dice que beba en la puerta pero que no va a entrar a su casa.

La propia corrida es también otra cosa. Es más fácil tomar fotos a los antropólogos que corren con sus cámaras para registrar esta “antigua celebración quechua”, que mirar o fotografiar la corrida desde los tendidos. Hay más antropólogos que capeadores.

Pero la corrida sigue siendo sobrecogedora, desde que sujetan las garras del cóndor al lomo del toro. Usan agujas de arriero para que el toro sepa quién manda. Una vez en la plaza, el toro trata de liberarse de su tortura y se vuelve más furioso. En ese momento entran los capeadores a enfrentarse al toro y también al cóndor, porque de un solo picotazo puede seccionar una mano. Y es emocionante la liberación del ave sagrada, que avanza hasta el borde de la montaña, abre sus enormes alas y se lanza al espacio, a su propio aire, adornado con cintas de colores, mientras la gente llora de emoción esperando hasta el siguiente año.

Ronald Portocarrero
Redacción

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