Sangre en las alturas

En el altar mayor de la iglesia de Cotabambas (Apurimac), justo en el sagrario se alza un ave tallada en plata que representa al espíritu santo. Si uno se fija bien, el antiguo artesano indio que creo esta pieza, en realidad talló un cóndor. Después de todo, para la cultura quechua, el cóndor es un animal sagrado, vinculado directamente a las divinidades tutelares – los apus protectores -. El sincretismo religioso funciona de diversas formas, incluso ahora. Fue la manera de escapar a la extirpación de idolatrías que la iglesia del Siglo XVI impuso en su proceso de afirmación colonial.

Por Diario La Primera | 18 ago 2008 |    
Sangre en las alturas
(1) Las autoridades reciben al cóndor y pagan a la pachamama. (2) El cóndor capturado preside la fiesta. (3) Plaza principal de Cotabambas. (4) El cóndor y el toro en lucha ancestral. (5) El cóndor es reverenciado con comida y cerveza.

Más datos

Conociendo Apurímac

Se puede llegar a la capital de Apurímac, Abancay, siguiendo la ruta terrestre Lima-Nazca- Abancay- Cusco. Demora desde Lima 14 horas aproximadamente.

Cotabambas es un distrito de la provincia de Ccoillurqui. Se accede por la ruta Cusco- Abancay durante 7 horas desde Cusco. Desde Abancay el acceso demora 11 horas. Cotabambas es un localidad prendida en las faldas de una quebrada, como un mirador natural del cañón del Río Apurimac.

En los territorios de las provincias de Ccoillurqui y Grau, se activa la gran explotación cuprífera de la zona, denominada Las Bambas.

Cada 28 y 29 de julio en las provincias altas de Apurímac se realizan las corridas de toros con cóndores, cuya simbología narra Arguedas en su novela “Yawar Fiesta”, asignando al toro la representación de los colonizadores y al cóndor, la del pueblo quechua. Al final de la corrida, el toro – el español – es muerto y el cóndor es liberado en medio de canciones y celebraciones. Pero ahora, con el turismo y la llegada de la globalización, la fiesta india se ha transformado en un negocio para las autoridades locales, alcaldes y gobernadores, y las comunidades sufren una marginación con alta dosis de racismo. Pero siguen siendo los indios los que saben cómo capturar al cóndor. Sin el cóndor no hay fiesta. Pero cuando traen al ave, se la entregan a los comisionados – mistis – para los preparativos. El gobernador hace una fiesta en su casa, pero no entra el indio que es el héroe de la jornada. Lle envía una caja de cerveza o algunas botellas de cañazo y le dice que beba en la puerta pero que no va a entrar a su casa.

La propia corrida es también otra cosa. Es más fácil tomar fotos a los antropólogos que corren con sus cámaras para registrar esta “antigua celebración quechua”, que mirar o fotografiar la corrida desde los tendidos. Hay más antropólogos que capeadores. Pero la corrida sigue siendo sobrecogedora, desde que sujetan las garras del cóndor al lomo del toro. Uusan agujas de arriero para que el toro sepa quién manda. Uuna vez en la plaza, el toro trata de liberarse de su tortura y se vuelve más furioso. En ese momento entran los capeadores a enfrentarse al toro y también al cóndor, porque de un solo picotazo puede seccionar una mano. Y es emocionante la liberación del ave sagrada, que avanza hasta el borde de la montaña, abre sus enormes alas y se lanza al espacio, a su propio aire, adornado con cintas de colores, mientras la gente llora de emoción hasta el siguiente año.

Ronald Portocarrero


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