Raqchi, memoria viva

De la casa de Túpac Amaru II, en Tinta, quedan apenas un par de muros silenciosos. Pero los templos cristianos relucen con su pan de oro en los altares y las bellas pinturas religiosas que los indios aprendieron a hacer al tiempo que eran evangelizados.

| 24 octubre 2009 12:10 AM | Crónicas del Perú | 2.5k Lecturas
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Para comprender el Perú de hoy, es necesario volver la mirada hacia atrás, aún a riesgo de convertirse en estatua de sal. El Cusco es un espacio de alucinaciones, pero también un lugar que duele. En Tinta, la casa de Túpac Amaru II, era un lugar de florecimiento. Pero después de la insurreción, sólo quedan escombros y una niña de 3 años que carga un atado de leña para su casa.

Sin embargo, el cacique de Tungasuca todavía vive en éstas tierras. Los viejos capesinos cusqueños hablan de él en tiempo presente, nada se hace sin su consentimiento atemporal. Como decía el poeta Romualdo: “Podrán matarlo, y no podrán matarlo”. Los españoles no contentos con su muerte y la de los suyos, quisieron exterminar su memoria. Prohibieron la lengua, la vestimenta y sembraron de sal sus tierras productivas. 230 años después, donde antes crecían los alimentos, sólo crece el viento.

Si uno recorre Tinta, Raqchi o las otras ciudades por donde anduvo Tupac Amaru, debe saber que aquí los dioses y los hombres organizaron la historia para saber lo que somos, por eso el templo a Wiracocha –El Dios hacedor de todas las cosas – está todavía en la piedra y el barro.

Raqchi es un testimonio monumental acerca de la permanencia de la vida. De aquí partían los chasquis a recorrer los caminos del Capac-Ñan para distribuir los alimentos y las noticias. La ciudadela alrededor del templo de Wiracocha es extraordinaria, el viajero que llega hasta éste lugar se sobrecoge tanto como llegar a Machu Picchu. El templo, la ciudadela, las Colcas hablan por sí solas.

Igual que Chavín, la construcción de Raqchi no concluyó en un sólo periodo, pero era el gran centro ceremonial y religioso en el que se evidencia la organización del estado inca. El río Vilcanota lleva las aguas desde las alturas de Puno hacia el valle sagrado. Pero no sólo el agua o el viento, también las entrañas de la tierra sembraron de roca volcánica esos parajes. De ésas canteras los hombres cortaron la piedra para levantar la ciudad, sus viviendas y su gran templo.

En todo Cusco se levantan las voces de lo que fuimos, nos traen su mensaje de que aquí creció la vida. Los historiadores señalan que en tiempos de Huayna Capac, el Tahuantinsuyo tenía 16 millones de habitantes. 30 años después, cuando el Virrey Toledo hace su censo colonial, sólo registraron 1 millón cuatrocientos mil habitantes. ¿Qué ocurrió en 30 años?. El más grande genocidio de que se tiene memoria en el siglo XVI, habida cuenta de que las armas de exterminio, sólo eran la pólvora, los arcabuces, las espadas y la cruz en las espadas. La sangre fue un río.

Pero lo que no sabían los exterminadores es que la sangre derramada, también siembra vida. Nada se pierde en el tiempo. La memoria es una línea que cruza los corazones y se dispara hacia el futuro. Por eso, viajero, cuando venga a Raqchi y compre una ocarina usted estará comprando el sonido de la voces que ya no están, pero que sin embargo, todavía se escuchan.

Ronald Portocarrero
Redacción


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