El valle sagrado

En el Cusco todo brilla bajo la luz del sol. Es una luz intensa que hace brillar todos los colores y dependiendo de la época los valles pueden ser dorados o verdes. Para ver todos los lugares privilegiados del Cusco hace falta quizá un mes completo.

Por Diario La Primera | 07 ago 2010 |    
El valle sagrado

Si bien Machu Picchu es el imán que atrae a los visitantes, lo que ofrece el Valle Sagrado de los Incas es hermoso y admirable. El Valle se extiende a lo largo de varios kilómetros, entre montañas con nieve perpetua y la parte baja a la vera del río Vilcanota que a medio camino cambia de nombre al de Urubamba. Los sembríos de maíz y los árboles frutales que crecen en estas tierras, nos hablan de su riqueza. El valle se levanta a 2, 800 m.s.n.m, lo que genera un clima cálido pero también húmedo. En los meses de verano las lluvias cubren todo de verde y el olor a la tierra mojada nos descubre esencias antiguas y nuevos colores.

El Valle se extiende desde Pisaq hasta Ollantaytambo, pasando por Yucay, Calca y Urubamba. En cada una de estas ciudades se encuentran desde impresionantes monumentos arqueológicos, andenerías muy cuidados y en plena producción, hasta baños termales al pie de los nevados – en verdad apus tutelares como el Pitusiray o la Verónica.

Pisaq es ahora una pequeña ciudad de artesanos y tejedoras, pero en las alturas se levanta un vasto complejo arqueológico desde el que se domina todo el valle.

Antonio Raymondi, el naturalista y geógrafo italiano, describe maravillado este monumento. “Lo que hay que admirar más en P´isaq, es la finura del tallado y la perfecta unión de las piedras, que sin mezcla alguna están bien ensambladas, que apenas si se perciben las finísimas líneas rectas, curvas o quebradas, como para demostrar la dificultad del corte y la pericia de la ejecución. De distancia en distancia se encuentran puertas, calles, escaleras, torres, cuarteles y habitaciones; suspendidas en lo más alto de los picachos y donde la imaginación del constructor más atrevido, apenas osaría hoy ni aún concebir un edificio”.

Y así, cada lugar es siempre una maravilla. Pero la ciudad de Ollantaytambo tiene el encanto de haber guardado muy bien sus antiguas casas y muros de piedra en las que viven sus actuales habitantes como hace más de quinientos años. Por sus calles corre agua cristalina en canales de piedra perfectamente trazados, agua que mana de manantiales cercanos. Y en la cresta de la montaña, la fortaleza que sirve de atalaya para mirar desde el otro lado el gran valle.

La carretera termina allÑ Río abajo y sólo por tren se llega a la ciudadela de Machu Picchu, recorriendo un camino angosto, con enormes farallones de roca en donde crecen sorprendentes y sin temor al abismo, orquídeas bellísimas e inalcanzables.

Ronald Portocarrero
Redacción
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