El Valle Sagrado

Cusco es un lugar privilegiado por los dioses andinos. Es su territorio, su espacio donde aún viven desde tiempos inmemoriales. Ahí en el centro del Valle Sagrado se encuentra el apu Pitusiray y un poco más allá, altivo en su altura, el gran Salkantay. Sólo el río se aproxima a sus faldas o la lluvia y los vientos que soplan hacia el norte, hasta perderse en las selvas amazónicas.

| 07 noviembre 2009 12:11 AM | Crónicas del Perú | 1.3k Lecturas
El Valle Sagrado

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DETALLE

Ollantaytambo está ubicado en el distrito del mismo nombre, provincia de Urubamba, aproximadamente a 60 km. al noroeste de la ciudad del Cusco y con una altura de 2,792 metros sobre el nivel del mar.
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Antes de llegar a Pisaq, desde lo alto se abre el gran Valle del Vilcanota, que algunos kilómetros adentro cambia de nombre por Urubamba. Es una vista impresionante desde un mirador natural. Luego la carretera, serpenteante, se desliza hacia abajo y la ciudad se muestra al otro lado del puente. La antigua ciudad se encuentra la cima de un sistema prolijo de andenería. ¿Por qué la construyeron en lo alto de la montaña, si el valle mismo es hermoso y soleado?. Probablemente para estar cerca de los dioses, para encadenar al sol a una piedra que representa al tiempo y a las horas, para la purificación del alma a través de la contemplación. Las montañas son las moradas divinas y uno siente esa extraña sensación de ser parte de lo sagrado. Esa es la función de la montaña, cuya expresión sobredimensionada es MachuPicchu, al final del Valle, cuando las montañas se juntan casi hasta abrazarse, entre la floresta y las orquídeas que cuelgan desde los farallones de piedra que se alzan hacia el cielo.

En el trayecto se encuentra Yucay, Calca, Urubamba y Ollantaytambo, ciudades en la margen derecha del río. En Urubamba cruzando el puente se asciende en caracol, camino a Chinchero.

Es verdad que el turismo ha traído trabajo y cierto nivel de desarrollo, pero también se ha producido una especie de aglutinación urbana que no respeta la identidad cultural. Eso ha ocurrido particularmente en Urubamba, que ahora parece un ciudad sin encanto, sin personalidad. No ocurre lo mismo con Calca y sobretodo con Ollantaytambo.

El encanto de Ollantaytambo radica en su estructura urbana no ha acabado con los vestigios diseñados por los incas. Al contrario, han sabido mantener sus calles, sus paredes, los acueductos. Es verdad que el tiempo no pasa en vano, pero en Ollantaytambo parece que la gente pudo vencerlo. El tiempo no existe, sólo la vida que se expresa en el canto de las aves cada mañana, el sonido de la leña que crepita en los fogones, el sonido del los pequeños riachuelos que cruzan la ciudad hasta desembocar en el gran río Urubamba.

Los visitantes que llegan a la ciudad en busca de los restos arqueológicos y el mito de amor del general Ollanta, se sorprenden al encontrar una ciudad viva y reluciente desde hace cientos de años.

Desde la cumbre de la fortaleza se encuentra los vestigios del esplendor inca, con sus andenes al borde de los precipicios, e incluso con la cama de piedra, que según cuentan, se hacían sacrificios humanos. La cama sigue estando ahí con sus marcas por donde discurría la sangre. Ahora ya no se hacen esos rituales purificadores. Pero ocurren cosas peores, como la venta de antiguos terrenos agrícolas a capitales chilenos para levantar modernos hoteles 5 estrellas. A los inversionistas les interesa ganar dinero y nada más. Conservar la identidad es una tarea ajena, tarea de indios o gobierno. El dinero es amorfo y no tiene identidad.

Pero con todos los problemas de la modernidad, vale la pena quedarse siquiera una semana en el Valle Sagrado, para mirar a los artesanos de Pisac, a las tejedoras de mantas multicolores en Chinchero, saborear un choclo con queso en Calca y dejarse llevar por la imaginación y la esperanza de reconocernos, al fin, como un todo cósmico.

Ronald Portocarrero
Redacción


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