El oro maldito

Madre de Dios es el nombre del departamento que ocupa el extremo sur oriental del territorio peruano, en la selva baja que comparte con Cusco y Puno. El sólo nombre suena a invocación, perdón, culpa y pecado. Allí en las selvas y los afluentes se levanta todo un símbolo de la inequidad y del abandono, bajo el manto de la belleza multicolor de su biodiversidad.

Por Diario La Primera | 25 set 2010 |    
El oro maldito

En los territorios privilegiados de Madre de Dios, además de la riqueza de su flora y fauna, existe también grandes depósitos de oro aluvional que los aventureros, buscan en su afán de enriquecerse de la noche a la mañana. No es nuevo este apetito por el metal dorado. Toda la empresa de la conquista española estuvo marcada por la enorme y desmesurada ambición por este metal amarillo, maleable y dúctil como ningún otro. La ambición no ha cesado nunca. Los medios para su extracción se han hecho más sofisticados y masivos. Su valor financiero es enorme. Resiste todas las crísis, devaluaciones y desastres. Su valor aumenta cada día y frente a la volatilidad de las monedas, el oro se ha convertido en las reservas internacionales por seguridad y rentabilidad. La onza troy (alrededor de treinta gramos) se cotiza a más de 1,300 dólares.

Hace más de 28 años llegué a Puerto Maldonado para hacer un documental acerca de la explotación de menores en los lavaderos de oro de Madre de Dios. Pude ver las precarias instalaciones de los lavaderos en la orillas de los afluentes. Tal era la riqueza que se acumulaba que pronto se creo una pequeña ciudad levantada de la nada, con materiales rústicos. Le llamaron Laberinto. Era como retroceder en el tiempo, repetir lo que en el oeste norteamericano se llamó “the gold rush”, la carrera del oro. Había fondas, una oficina del Banco Minero que tenía el monopolio de la compra de las pepitas de oro. Y al amparo de las necesidades de los oreros, surgieron otros servicios como la prostitución. Para los lavaderos de oro se traía mano de obra barata, adolescentes de Puno y Cusco, que con la promesa del trabajo bien remunerado se enganchaban en una aventura tenebrosa, ya que ni bien llegaban a su destino, eran internados en la selva, albergados en campamentos precarios para trabajar como esclavos infantiles. Y a las niñas las llevaban a las casas de atención a los propietarios de las concesiones mineras y sus capataces, bajo un régimen de esclavitud y explotación sexual, con toda la miseria, el maltrato e incluso la práctica del racismo en su verdadera expresión salvaje. A las niñas serranas les llaman “ojotitas” y su valor en el mercado del sexo es menor que el de las “cocoteras”, niñas amazónicas o costeñas, con mayor experiencia y duchas en el arte de encantar a los parroquianos.

Pero otra tragedia ha ocurrido al amparo de semejante actividad: la contaminación con cianuro y metales pesados, la deforestación de los bosques, el arrasamiento de toneladas de tierra.

Recientemente y de manera tímida, el gobierno de Alan García ha puesto en marcha una especie de reordenamiento de la minería informal. Pero será difícil controlar lo que durante décadas nadie controló nada. El estado, a pesar de sus obligaciones, siempre estuvo ausente o de alguna manera fue cómplice del desastre.

En la Plaza de Armas del Cusco, algunos adolescentes que venden postales a los turistas, cuentas sus aventuras amazónicas, las formas cómo escaparon de la jungla, tratando de juntar dinero para volver y rescatar a una niña amiga que viajó con él en uno de los camiones que va hacia Quincemil y Puerto Maldonado y que nunca más la volvieron a ver.

Ronald Portocarrero
Redacción
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