Arequipa, la blanca

El recuerdo de la infancia se asocia a lugares que ya no están o que se transformaron demasiado rápido. Pero también los olores y los sabores nos atan la memoria y cuando en otro lugar se experimenta ese olor o sabor, uno tiene la tentación de volver a ser niño, de retornar en el tiempo y dejar de cabalgar.

| 31 octubre 2009 12:10 AM | Crónicas del Perú | 2.5k Lecturas
Arequipa, la blanca

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La ciudad al pie del volcán, alberga más de un millón de habitantes, y tiene una serie de atractivos, que van desde su singular gastronomía, hasta sus baños termales populares como los de Jesús y Yura. Desde Arequipa, parten excursiones hacia el Cañón del Colca, ubicado al nor este de la ciudad blanca.
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En Arequipa, felizmente aún siguen vivos los colores, los sabores y alguno que otro lugar que se ha resistido a morir.

Recuerdo los alfajores de miel de caña en las pequeñas tiendas pobres de la calle Beaterio o los buñuelos (picarones) de Tingo los domingos por la tarde. Y de lunes a viernes el infaltable sanguche de salchicha del bar Zanka, en la primera cuadra del Puente Bolognesi, a pocos metros de la plaza de armas. Y los jugos de papayita arequipeña en el mercado San Camilo, previo recorrido por la zona de los panes de tres puntas, grandes o pequeños, casi recién salidos del horno. No olvidamos tampoco el queso helado, elaborado delante de los ojos en los peroles de metal y su tinaja de madera donde el hielo congela la leche arómática, base de este famoso y delicado postre.

El centro histórico de Arequipa se ha modernizado. Ahí está la calle San Francisco, donde antes pululaban los abogados, ahora las discotecas, los bares temáticos, los bares caletas pero bien adornados, que incluso tienen escaleras para mirar desde las azoteas, el perfil urbano de la ciudad en las noches frías e iluminadas. Los abogados se han replegado hacia las calles adyacentes, huyendo tal vez de sus fantasmas, sus escribanos y los papeles judiciales llenos de polvo y rencor entre sus páginas.

Pero también hay casonas antiguas con historia e imaginación, como la casa de María Nieves y Bustamante, la novelista que escribió “Jorge o el hijo del pueblo”, allá por el barrio de Santa Marta. O la casona discreta y enrejada de Silvia, la musa del poeta Mariano Melgar, casi donde termina el Puente Bolognesi en dirección a la Antiquilla. Porque antes de cruzar el puente, se encuentra El Tambo de La Cabezona, un lugar que antaño fue alojamiento de paso de arrieros y luego se transformó en residencia permanente, que luego de varios terremotos, quedó tugurizado hasta que alguien se tomó el trabajo de rescatar del olvido sus balcones y laberintos de sillar. Ahora, La Cabezona es un lugar turístico y único, que bien vale la pena visitar.

Un poco más lejos del centro de la ciudad se encuentra Yanahuara, un antiguo barrio, donde las familias aún conservan la huerta familiar, con olor a papayita o tumbo, sobre todo en los veranos. Vecina a Yanahuara se encuentra Cayma, lugar obligado los domingos por la mañana para comer el inigualable adobo, en la plaza de armas de Cayma y particularmente en un restaurante que se llama La Casa del Cacique. El entorno de la plaza se aparece como un pequeño poblado rural, que lamentablemente ha cedido sus terrenos de cultivo para levantar urbanizaciones clase medieras.

Aún tiene espacios verdes, la famosa y poco a poco ausente campiña, a donde las familias enteras iban a bañarse al río y a disfrutar de los molles y los sauces llorones, por Sabandía o al norte por Carmen Alto. Esa Arequipa, que se pretendía señorial, se resiste a morir. Alguna que otra casona ha sido rehabilitada por los bancos u otras empresas rentables. Pero hay otras casonas, de menor fortuna, en la que viven no una sino muchas familias.

El lugar simbólico de Arequipa, de su pasado, al que se le atribuye haber sido la semilla urbana desde la que se expandió la gran ciudad, es el barrio de San Lázaro, entre el centro actual y camino a Selva Alegre. Tiene su encanto, muy español en sus jardines, sus enrejados y su pequeña iglesia blanca, tallada en sillar, la piedra volcánica que le otorga personalidad a la ciudad.

Ronald Portocarrero
Redacción


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