Arequipa de ayer y de siempre

Arequipa celebra sus 470 años de la fundación española, con la misma algarabía de siempre. Esta noche será la serenata y mañana domingo el gran corso por las principales calles de la ciudad. Desfilarán 50 carros alegóricos y habrá 43 danzas folclóricas incluyendo la danza de la cosecha del arroz y la pesca del camarón.

Por Diario La Primera | 14 ago 2010 |    
Arequipa de ayer y de siempre
Es verdad que la ciudad ha cambiado. La famosa campiña, donde las familias iban a pasar sus domingos al pie del río, bajo la sombra de un sauce, prácticamente ha desaparecido. Salvo el centro histórico, sus monumentos y las antiguas calles de los barrios tradicionales como San Lázaro, Antiquilla o Yanahuara, que aún conservan su aire bucólico, nos permiten recordar lo que fue hace apenas 50 años.

Sin embargo la memoria de los colores, el blanco sillar por ejemplo, los olores como el aroma de la papayita arequipeña en el mercado San Camilo o los sabores como los alfajores de miel que se vendían en las pequeñas tiendas de abarrotes en la Antiquilla y por supuesto el refrescante queso helado en las bateas de acero congelado por el hielo, nos vuelve a hacer querer esta tierra.

Otra memoria recurrente es el aroma del pan de tres puntas de Ripacha, la panadería del barrio de San Lázaro, a la hora del té.

Recuerdo la tienda con techo abovedado y claraboya de la primera cuadra de la calle Cruz Verde, donde los estudiantes que ya sabíamos leer, alquilábamos, por una peseta, las historietas o cómics de la época. Leíamos con fruición las aventuras de Los halcones negros, El Llanero Solitario o Superman, que luego adquirían vida en la pantalla del cine Universal, en las matinés de las seriales, los días sábados.

Con la pandilla familiar, recorríamos las chacras de maíz o cebolla de los campos ahora urbanizados de Umacollo, descansando los pies a la orilla de una acequia de aguas cristalinas.

Mucho tiempo después de la desaparición de los tranvías de color verde que circulaban por la ciudad, aquellos lugares si no han desaparecido, parece que se hubieran achicado. O de pronto nuestros ojos de adulto no son los mismo que miraron cuando niños. Pero siempre es un placer recorrer las calles de Yanahuara, recalar en una picantería, como la Nueva Palomino, a buscar un rocoto relleno, o los domingos en la Casa del Cacique, en la Plazuela de Cayma para comer un sabroso adobo, con los panes de tres puntas y rematado con un té piteado con una mulita de anís Najar.

Y también están el Convento de Santa Catalina, las casonas coloniales que ahora son bancos, la casa de Silvia, la musa de Melgar al final del Puente Bolognesi y la casa de María Nieves y Bustamante, la escritora arequipeña que hizo la novela emblemática “Jorge o el hijo del pueblo”, que retrata loa avatares de los inicios de la república.

Volver a Arequipa siempre es un viaje a la infancia, una promesa renovada de volver siempre, aunque ya no seamos los mismos y la ciudad que crece ya no nos reconozca.

Ronald Portocarrero
Redacción

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