Ópera de libertad

El Centro Naval tiene una piscina donde flotan dos embarcaciones. Se mecen sobre el agua, que parece un piso lustrado con esmero, tanto que la luna brilla con la nitidez de una señal digital.

Por Diario La Primera | 29 ago 2010 |    
Ópera de libertad
Tania Libertad, Francesco Petrozzi, y Andrés Veramendi cantaron juntos en una excelsa noche en la que la ópera se alió con la canción popular.

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Promesa hecha realidad

Junto a Tania Libertad, y Francesco Petrozzi, destacó en la noche el tenor Andrés Veramendi, quien vive en Madrid, España, y de quien se dice que tiene una carrera proyectada para ser el mejor de su generación. Su carrera artística no es muy extensa. Prefiere la ópera, pero no descarta la zarzuela y el recital. Cuando termina cada pieza agradece a Petrozzi; sus gestos miden su sencillez, y buena vibra. Empezó cuando tenía 16 años, algo tarde. Tuvo que escoger entre estudiar Derecho, que es lo que de algún modo sugería mi familia, y el canto, que es lo que a él le gustaba. Su carrera dio un salto en el 1995, cuando Prolírica hizo una convocatoria para un coro de zarzuela. Entra como refuerzo, no estable. Llegó a la compañía, aprendiéndose el rol del tenor de Los Gavilanes con sus propios recursos. Como por casualidad se corrió la voz que el sabía el rol y le hicieron una prueba sin compromiso. Ése fue el debut, pues los tenores contratados se enfermaron, y le fue bien, con un relativo éxito. Luego de esto, llegaba el momento de prepararse y estudiar. El mismo año entró al conservatorio pero éste no llenó sus expectativas. “No tenía mucha base musical, y habían chicos que sabían mucho, y yo no leía música. No entendía nada porqué no estaba en el nivel de los chicos que estudiaban esto desde niños” dice, por lo que decidió salirse y empezar clases privadas. Sus primeros profesores fueron Andrés Santa María en el conservatorio y María Eloísa Aguirre en privado. Actualmente se perfecciona en España con Isabel Penagos, su repertorista. En 2006 Canta en Madrid el rol protagónico de Fernando de la zarzuela Doña Francisquita , en la temporada musical Veranos de la Villa de Madrid.

Son juguetes del viento, también; la tranquilidad de la noche los reclama quietos mientras los vigilantes de la Marina se encargan de guiar a los invitados hasta sus asientos. El frío hace que los asistentes muestren el gabán y las carteras doradas en una pequeña cola que crece en una tienda de café instalada en los pastos. Tirito de frío, y con esa agua ahí, un celofan a pocos metros del toldo que cubre el concierto que en pocos minutos ofrecerán Tania Libertad, Francesco Petrozzi y Andrés Veramendi; esos cantos de serafines me tienen que abrigar los pómulos helados. No me equivoqué.

He dejado mi carné de prensa más mi DNI en las manos de un subalterno. Veo los jardines y me acuerdo haber asistido a un matrimonio en este mismo local, la de Valery que vive en Miami con su esposa e hijo recién nacido. Llegó al Perú para eternizarse con la mujer de su vida, y hoy por hoy yo quiero ser infinito en la ópera con la canción popular de Libertad, aliada tan sólo por una noche con dos de los mejores tenores que tiene el Perú. Tania convierte en música todo lo que ama. Y los tres destacan en escenarios alejados, miles de kilómetros apartados del boom de los conciertos que azotan el tráfico limeño como si existiera doble hora punta.

Las mujeres campesinas del programa de gobierno contra la pobreza aparecen en dos pantallas gigantes. El espectáculo no tiene nada que envidiar a los de la Explanada Monumental. La sonoridad está garantizada con mantos negros que cubren el techo contra los gélidos imbatibles invernales. Yo estoy parado en la fila de los reporteros, pocos para la magnitud del evento, ladeados para el lado izquierdo; observo las copas de vino que tambalean, junto a los postres de torta de selva negra sobre un mini bar rodante. Las muestra un mozo militar.

En la zona VIP
“Es una de cosecha argentina, de Mendoza”, responde a mi curiosidad expuesta.

“Este gobierno no compra producto nacional”, agrego para mis adentros.

Estoy en la zona VIP, atrás se encuentra la platea. En este Centro Naval de San Borja pululan los alumnos del Citen (Centro de Instrucción Técnica Naval), guiando a los que recién llegan. Nadie se imagina la magnitud del mega concierto.

A diez cuerpos echados están Pilar Nores e hijos. Se la ve contenta, concentrada, pero sola y hasta por momentos con actitud de cierto desdén. Los gráficos les toman fotos, yo estoy cerca de uno que dice: “Sale con ojos de diabla”. Una luz que hace de las córneas rojas un motivo. Llega el ministro de Salud, el fotógrafo se activa automáticamente pero a mí me interesan sólo los músicos que prueban los instrumentos arriba del escenario. Es la Sinfónica Nacional.

El concierto es clave. Se reúne en escala de tenor la peruanísima Tania libertad y eso hay que escucharlo. Dios, esa voz sí llega. Sale una violinista. Es rubia, cabellos amarrados, traje elegante. Atractiva como un billete en el suelo. Empieza el concierto y la Sinfónica trae a Strauss dando cierta musicalidad de distinción, un germen de nobleza que parece propio de una película de época. Unas mantas azules rodean los flancos de los músicos y sólo faltan la entrada del primero en cantar: Francesco Petrozzi.

Petrozzi hace su ingreso y entona La donna e mobile, de Verdi, luego infla más el pecho, en técnica de canto, pero con notoriedad. Llega a E lucevan le stelle, de Puccini. Genial. No pienso más en el vino argentino (menos en su precio).

Andrés Veramendi tiene el peinado de los cantantes coreanos que tanto coleccionan en discos y cuadernos las adolescentes en el Centro Comercial Arenales. Su cabello tirado para los costados y sus patillas largas como un cuchillo delgado remiten a un laciado japonés, motorizado, con algo de viento rebelde; es sin duda parecido a uno de las series animadas de Akira Toriyama. Fácil es un otaku y no desea salir del clóset por temor a los rigores de la alta cultura decimonónica, esa de los académicos que miran hacia abajo cualquier manifestación cercana a su pasión de siglos. Petrozzi lo presenta como el mejor tenor peruano de su generación.

Siempre he tenido una peculiar curiosidad por fijarme en los gestos faciales de los cantantes de ópera. Sus ojos se desorbitan, muchas veces, y las cejas se entrejuntan, y la máscara musical es jalada hacia los altos. Veramendi es como un garabato cuando la cámara le enfoca de cerca. Es una caricatura que no da risa, más bien provoca cierto análisis de simetría.

Entra Tania
Pero su canto es bravo. Tiene una intensidad más alta que Petrozzi. Toda la noche fue su voz una gran marca. El O figli miei! – Ah, la paterna mano (Verdi), y Recondita armonía fueron su muestra única. Regresa la orquesta, bajo la dirección del maestro alemán Martín Wettges. Tocan Carmen. – Entracte IV. La gente se distrae, se para de sus asientos y vuelve a la cola por más café. Piensan que es un chill out el Bizet para relajarse y conversar cerca de la piscina.

Entra Tania Libertad al escenario, enfundada en un vestido de fucsias y turquesas. Empieza Pájaros Pérdidos, de Piazolla. Primera vez que escucho a Tania Libertad en vivo y sufrí un shock de fondo: qué tan hermosa puede llegar a ser la voz de una mujer. Fuerte cuando se requiere, y termina siempre el falsete con una ronca tibieza. Me saca del letargo.

Un sueño breve y antiguo como el tiempo que los espejos no pueden reflejar, un verso de la canción que la discípula de Chabuca Granda trata con nervio de mujer peruana.

Petrozzi hace su aparición y Tania presenta la canción cinematográfica que cantarán juntos; llega de Brasil: es Orfeo Negro, tema de una película del director de cine francés Marcel Camus. De coproducción brasileña, francesa e italiana, fue rodada en Río de Janeiro y contribuyó a convertir en mundialmente famosa la música popular brasileña. Es Mañana de Carnaval (Bonfa). Qué gran dueto operístico. Recuerdo How can I go on de Freddie Mercury cantada con ese mismo toma y daca con la cantante lírica con tesitura de soprano Montserrat Caballé.

Tania embruja con estos versos cantados alguna vez por Caetano Veloso:

Canta mi corazón, mi alegría volvió.


La noche se hace frágil como un racimo.

La clase de canto compungiría hasta a una hiena y siento que estoy en un cielo del Perú, ya no en la Tierra. Tania hace un repaso de un medley de boleros: Contigo en la Distancia, Quiéreme mucho, La Barca. Los movimientos de Libertad hacen justicia con su nombre.

Canta el Plebeyo. La gente explota con un bravo rotundo que golpea a esos parlantes con música agradecida por los regalos que nos brindan sus labios. Lanza una Fito Páez (Yo vengo a Ofrecer mi corazón) con cajón peruano.

Tania homenajea a su maestro, en palabras de ella, un Juan Gonzalo Rose eterno. “Fue importante en mi carrera antes de irme del Perú en el año ochenta. Y sigue siendo importante”, precisa.

Está mi corazón llorando su pasión, su pena y la antigua condena escrita por los dos. Afuera creo ver tu sombra renacer serena.

La canción de Rose es de una intensidad que perdura. Sí…

Tu voz/ tu voz/ tu voz existe…Tu voz, tu dulce voz, tu voz persiste…


Petrozzi la saluda como una reina. Se inclina y le besa en los nudillos de la mano. Como se lo merece. Él se está retirando.

-No te vayas, le dice Tania.

-¿Qué, hay más canciones?, indaga Francesco.

-Claro, tú que crees que te ibas a ir así nomás, bromea ella.

Menciona a otra de sus referentes argentinos: Mercedes Sosa. De Chabuca Granda dice que la conoció en el 68. Le dice maestra. Canta la Matarina, aquella canción del Ande. Unos niños salen de los lados, en trajes andinos, y le regalan flores. Nunca olvidaré esta noche, no por el frío, ni por el café lejano. Más porque nunca me cansé en esta dos horas de irrefrenable manantial de voces que se columpiaron hacia el sonido puro, académico y popular, la utopía para la coherencia profunda de un pueblo que ama ser peruano.

Luis Torres Montero
Editor Espectáculos

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