El circo que escapa del mundo

Entre el malabarismo lírico y el mimo de humor, el Cirque du Soleil comenzó en Lima con una noche donde todos nos sentimos parte de su universo representativo: Quidam.

Por Diario La Primera | 05 set 2010 |    
El circo que escapa del mundo

Más datos

MÚSICA
La música de Quidam tiene una extraordinaria intensidad dramática, y refleja diferentes estilos, desde música clásica hasta los sonidos más contemporáneos. Representa las voces de un hombre y una niña que agregan textura y yuxtaposición a la música. El solista Mathieu Lavoie representa al hombre, y Audrey Brisson-Jutras de 11 años de edad, hija del compositor Benoit Jutras, representa a la niña y toca el violonchelo. Seis músicos ejecutan una gran variedad de instrumentos, incluyendo los de percusión, saxofones, sintetizadores, guitarras eléctricas, guitarras clásicas e instrumentos de cuerda.

QUIDAM
Quidam es un desconocido que pasa, un transeúnte solitario, el individuo apresurado, un personaje cualquiera… cualquiera. Es el individuo que va y viene y vive en nuestra sociedad demasiado anónima. El que forma mayoría silenciosa en la masa. El que grita, sueña y canta en cada uno de nosotros. Éste es el “quidam” que el Cirque du Soleil celebra. Una joven está furiosa; cree que ya lo ha visto todo y su universo se ha vuelto insignificante. Su cólera hace que estalle su pequeño mundo y se encuentra en el universo de Quidam en compañía de dos personajes: uno alegre y otro misterioso. Este último intentará seducirla ofreciéndole lo maravilloso, lo inquietante y lo aterrador.
Años que no iba al circo. De niño no fui un bravo de la cultura circense, más me colaba en los cines de provincia y los circos me parecían lo mismo que ver a un extraterrestre caminando en el patio del colegio, demasiado lejano.

Pero esta vez concurro al Cirque du Soleil, acaso el espectáculo más imponente y alabado hasta la saciedad en los videos del YouTube y según la crítica especializada el destacado de todos los circos del globo. Estoy a pocos metros de esa función en el Jockey Club: la carpa del Cirque du Soleil es como un lomo de zapallo gigante sobresaliendo varios chichones como cachos, con las banderas internacionales flameando con la helada invernal limeña. Entramos por el túnel que va hacia el Hipódromo, no sin antes dar varias vueltas alrededor para encontrar la puerta uno. “Se nota que no somos asiduos en las carreritas de caballos”, le dije a la fotógrafa.

La función comienza con un estruendo, un trueno que avientan los parlantes puestos de forma envolvente para que el espectador ingrese al saco de la intriga sobre lo que vendrá… las gotas de lluvia llegan desde todos los ángulos. No hay luces. Azul. Efectos de nubes turquesas con efectos ópticos están grabados en los toldos superiores. Sillas metálicas que se elevan. Una jaula de canario que aprisiona un foco rojo. Me acuerdo de las pinturas de Marx Ernst con jale de Alicia en el País de las Maravillas en un paradero ambulante del Moulin Rouge. No lo sé. Elimino las referencias y trato de acoger las impresiones lo más libre posible.

De la puerta turquesa sin paredes alrededor entra John, un delgado hombre con movimientos y gestos parecidos a la Máscara, esa película donde Jim Carrey se lució con su plasticidad facial. Su cerquillo está como un clavo, hacia arriba, y prende una radio, sintoniza la emisora conforme el gusto de la canción. La música es variada. Una lámpara en ondas, dos sillas. Tiene interacción con el público. Le quita la canchita a uno de las butacas de extremo norte para dársela a otra, alejada y contrapuesta a esa ubicación. El mensaje es certero: Compartir con tu prójimo por más alejado que estés. Otro estruendo, en lo que vendría a hacer un giro durante todo el espectáculo, advierte a John a cambiar de lugar y rotar actos.

Un hombre descabezado portando un paraguas olvida su sombrero derby morado. Una niña (Zoé) aparece en medio de unos padres indiferentes perdidos en su cotidianeidad, casi ignorada por éstos, sujeta el sombrero, y se abre una gama de sensaciones, colores, movimientos: Rueda alemana, maniobras con diábolos de unas pequeñas chinas, trapecio de cuerda, banquine, contorsión aérea en seda, combas, cuerda lisa, estatuas La Visión, aros aéreos. El afro payaso, con el mismo cerquillo engominado y enhiesto mueve los hilos de la función, ante cualquier acto grandilocuente, él se encarga de suavizarlo, darle la cuota de humor para que nada se vuelva sublime, grandioso, funciona como una especie de relajante.

Se elevan las sillas, y se llevan a los padres y Zoé, la niña, se queda en un mundo único, circundado por personajes como Boum-Boum -un boxeador de rostro parecido a una calavera-, el target, el clown, y el aviador. Me sorprendieron los malabares de las mujeres que volaban en sus argollas representando la luna. O los trapecistas que iban en sus cordones y que parecían que se iban a caer sobre un espectador. Una pequeña y delicada mujer se enrosca en una tela roja y yo suspiro porque se confunde su cuerpo femenino entre la tela y las sombras.

Pero el espectáculo no sólo tiene la frescura del arlequín (Target), el boxeador, o el papá de la misma niña que tomó el gorro e hizo malabares con pelotas rojas. Hizo su aparición un personaje pintoresco, gordo y calvo, con pinta de hobbit: el clown. Era la comedia de Quidam.

El gordinflón escogió a una señora del público e hizo una mímica de manejar un auto. Le dio un piquito juguetón en la boca. El público presente se carcajeó, los niños deliran. Luego, el comediante subía a cuatro personas más para hacer otra escena, esta vez con una cámara de cine de cartón para filmar una historia de infidelidad y crimen. Pese a hacer sus esfuerzos histriónicos, los escogidos no llegan a colmar las expectativas del supuesto realizador. Mientras realiza su acto, los punteos y acordes de rock dan acción y tensión. Los músicos están escondidos en ambos lados del fondo. Yo estaba en la segunda fila, como rey, viendo el circo de los alucinados.

Me preguntaba qué dirección artística más prodigiosa. También sobre la experiencia de los participantes para recorrer el mundo con este circo: las horas de vuelo, mismo pilotos de las aerolíneas para ensayar esos malabares que hacían pensar en esforzada dedicación. La vida de estos músicos es por el mundo, yendo de caravana en caravana. Un estilo de vida aparte.

Los tambores y las chinitas de los diávolos. Un hombre con una rosa. Los cinco rieles en lo alto transportaban hombres y mujeres. Iba y venían. El escenario es circular, giratorio, de metal, con imanes. Rueda alemana: Un hombre salió en un aro del tamaño de su cuerpo y giraba amenazante para frenarse en los límites del escenario. Era una máquina de esos platillos giradores del Play Land Park. Pero humano.

Acaba la función de dos horas y salen al escenario aproximadamente unos cincuenta artistas que participaron en el espectáculo. Regresan. La gente aplaude y no deja de agradecer. Los ojos de los artistas brillaban, muchos con sudor y sentimientos de realización, mezclados con maquillajes. Cualquiera no está ahí integrando el Circo du Soleil. Pude volar hacia otro mundo, más real que el de afuera, por lo menos en varios minutos. El hombre sin cabeza regresó, recogió su sombrero y se fue difuminándose en una luz azul tenue.

Luis Torres Montero
Editor Espectáculos

Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital
Diario La Primera comparte 119376 artículos. Únete a nosotros y comparte el tuyo.