Del invierno y la nostalgia

Dicen que el invierno atrae los recuerdos más sentidos, la serenidad y hasta la inspiración, pese a que muchos creen que es una temporada que motiva poco entusiasmo y hasta depresiones. Esta crónica puede ayudar a buscarle el lado bueno a la temporada invernal.

Por Diario La Primera | 28 ago 2010 |    
Del invierno y la nostalgia

Con el invierno, el mar, las playas, los muelles, el paisaje marino quedan en el olvido. Si bien durante el día hay alguna actividad: pescadores que salen en su diaria faena y retornan con la cosecha de peces, algún corredor de olas, una pareja romántica, un solitario paseante, grupos de empedernidos trotadores.

Por las noches, los muelles son unas sombras alargadas que se pierden en el mar. El silencio, la soledad, el frío habitan entre los espigones, barandales y acodaderos. Arriba por sobre nuestras cabezas, altos, verticales, cortados por el tiempo, mostrando las entrañas de sus entrañas, los acantilados nos observan como inmensos y tétricos muros prehistóricos, costras de milenios, apacentando el arcaico sonido de sus memorias sobre el inmenso mar que lame sus pies.

El invierno tiene sus encantos marinos. Da gusto mirar el océano tranquilo y orgulloso de su soledad. De pronto un revoloteo violeta y blanco, de agudos chillidos parpadea en el aire y se zambulle juguetón y hambriento, buscando, sorprendiendo a los peces . Muchas veces en pleno vuelo, las aves cortan dirección y velocidad y se dejan caer en plomada descubierta ya su presa.

Botes y chalanas dormitan arrullados por un sensual cabeceo. El vaivén incansable del oleaje convierte al mar en una inmensa hamaca. Más allá, otras aguas desfallecen entre agónicas espumas y solitarios chasquidos, mientras en un atajo del muelle, escondido en un remedo de hoyo, un “primus” se jacta, desde esta su fortaleza de cartones y latas, de su pertinaz llamarada verderojiza, ante la brisa que sopla y sopla peinándola en pequeñísima cabellera incierta. Los comensales acercan más sus pupilas y paladares.

Con voces que son arrullos para este clima, gritan alegres, “un pescadito frito y un café caliente señor”. Reciben los soberbios platos y los posillos de café para sentarse agradecidos a la bondad de Dios, y entre palabras y miradas tiernas, saborean esta merienda que tiene sabor a gloria.

Opacidad
A los extremos, dispersos, atentos, ensimismados, chiquillos y adultos, apoyados en los barandales del muelle, arrojan, extienden sus cordeles, con la esperanza de que algún pez hambriento y desprevenido pique la carnada. A unos pasos, una pareja abrazada posa una mirada en el horizonte, que es en sí, toda una ofrenda de amor. Y la Luna, ¿dónde, aquí en Lima? Es un decir, tímida pero presente, ronda en lejanísimo presentimiento.

Una melodía antigua y rejuvenecida con estos aires marinos nos lleva por caminos del recuerdo. Las siluetas caminan como buscándose o en esa reminiscencia infinita vuelve por el sendero que alguna vez lo hizo acompañado, con palabras esperanzadas hablando de la vida.

Los colores tienen, adquieren otros matices. La opacidad pinta de gris el horizonte y los cercanos objetos se hacen más íntimos, limitándose en sus formas, apenas se proyectan en su pequeño y reducido entorno. Cuál sería el color del invierno, como en todas las estaciones, el invierno más que otras, tiene el color del estado de ánimo que uno lleva.

El invierno es más íntimo, uno se arropa para el frío de su propia cosecha. No es igual el frío de los Andes al frío de la costa. El frío andino es de lluvias, truenos y relámpagos, más bien no hace frío y cuando por estos lares de litorales, de mar, llega el húmedo frío, allá en esos pueblos altinos están en pleno verano con sol radiante durante todo el día y con un saludable frío de amaneceres y anocheceres que abren cocinas, para el preparado de sopas y “timpuchis”(hervidos) y dulces heredados de la abuela.

En la ciudad, en cada esquina, humean gloriosos los emolientes con cebada, linaza, boldo, cola de caballo, alfalfa, que además de abrigarnos, son una suave mano para algunos malestares del espíritu y del cuerpo. En las habitaciones de las casas voces quedas, abrigadoras, hacen más íntimo los ambientes.

Nostalgia
Sin embargo los recuerdos callejeros nos llevan cuando caminábamos felices buscando la mano, el abrazo, la conversa amable. Estas palabras son un pequeño homenaje al negro “ Petróleo” de Surquillo y al Trovador Hugo Castillo Abad, que los recuerdo en estos días bravos de frío húmedo que cala hasta los tuétanos . El negro Petróleo, más conocido como “Petrus”, (nunca supimos su nombre, menos sus apellidos), era hermosamente feo, con la nobleza en el rostro dibujada por la orfandad y de vivir en la calle honradamente. Hugo Castillo cantaba a la soledad de las noches y a sus habitantes que apuraban tragos fuertes para sacarse el frío de encima.

Los pobres perros vagabundos aullaban al cielo oscuro y a consuetudinarios trasnochadores, buscándose abrigar con esa compañía, según decían los más viejos surquillanos, que por igual nos hablaban de Miguelito Loayza que triunfó en el fútbol argentino con su endemoniado dribling, de Lolo “Cartabrava” guapo de barrio y de leyenda, del compositor Manuel Acosta Ojeda que escribió su inmortal valse “Madre” en el bar “El silletazo” y su compadre Carlos Hayre talentoso guitarrista, así como del escritor Julio Ramón Ribeyro, que inspiró su novela Los Geniecillos Dominicales en las calles de Surquillo y en famosos bares restaurantes como El Triunfo, con su rockola al centro del gran salón.

Una noche de invierno de fuerte frío, alta la hora, llegó “Petrus” al grupo, alegando que había salido triunfante de una trifulca brava, a la que lo habían arrimado solo por ser negro. Nunca lo vimos tan colérico e impotente. Los ojos los tenía inyectados, le sudaban las manos y se mordía desesperado sus gruesos labios. La palidez de su rostro lo demacraba hasta el alma. Pero la cosa no terminaba ahí, seguía el peligro, la amenaza de los desalmados le obligó a no regresar a su cuarto del callejón donde vivía y pidió protección al grupo para pasar la noche. Mañana sería otro día y tendría tiempo para aclarar las cosas.

Para no comprometer a nadie -pero ya estábamos informados- prefirió dormir en el auto de un amigo, que hacía meses paraba estacionado a la puerta de su casa. -Sólo necesito una “garra”, una buena “garra” para sobrevivir hasta mañana, gritó suplicante Petrus, mientras se sobaba las manos. Yo me quedé en la luna, alguien me acompañó en el limbo, pensando posiblemente en una garra animal de temibles zarpazos para defenderse.- Por favor una “garra” y ya me voy a dormir, repitió urgido “Petrus”. Los del grupo se miraron y consultaron quien podía tener una frazada para prestarla a “Petrus”.

Sentí una satisfacción infinita el poder descubrir que lo que pedía “Petrus” al decir “garra”, era una frazada, para defenderse del fuerte frío húmedo de la noche surquillana. Mi demora en entender al instante, no me sorprendió. No era ningún juego de palabras, ni un artificio de doble sentido. Nada de eso. Conforme me explicaba, repitiendo en silencio, “garra”, “garra”, seguía sorprendiéndome por lo tremendamente gráfico y simbólico de la palabra, de la jerga. Así como cuando decimos “con mucha garra”, que es lo mismo, con mucha fuerza, entrega, pundonor, la “garra” de nuestra historia tiene esa fuerza íntima, posee ese abrazo profundo, esa complicidad solidaria, ese meterse en todo nuestro cuerpo, que es una frazada, una “garra” para defenderse de este frío húmedo capitalino.

Friaje
Y el “frío” que nos duele por los niños de Puno, Huancavelica, los niños del Perú andino, los niños de todo el Perú, los hombres y mujeres de todo el Perú, reflejados por esos niños que los vemos morir de frío y hambre, sienten, viven esta ofensa al hombre, al ser humano y como siempre solo nos alimenta la impotencia que crispa las manos y la conciencia. Se nos encabrita la conciencia cuando nuevamente aparecen los acérrimos seguidores del deporte nacional: mirar a lontananza, aquí no pasa nada, sigue tu vida, siempre ha sido así, tu no vas ha solucionar nada. El Perú avanza y como grafica “Heduardo” en Perú 21 “El mal mayor es el electorado corrupto”. Porque no se puede entender de otra manera, que la hija del que instauró la corrupción como forma de vida, el ladrón Fujimori, comande las encuestas electorales.

Ha llegado Petrus ha visitarnos sonriente y altivo y abrazándonos y en honor a nuestro frío íntimo nos regala cientos, miles de garras, ya no las frazadas que lo salvaron del frío en esas noches surquillanas, ahora son las verdaderas fieras garras para defender nuestro honor, la dignidad de un nuevo Perú que ya se levanta multitudinario abrazado a los niños andinos que nos abrigan con sus fríos.

Antonio Muñoz Monge
Colaborador

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