Ya déjame entrar, amor

Te dije que si llegarías tarde de nuevo te quedarías fuera. Tú nunca cumples con tus promesas.

—Entiende, no fui a la fiesta. Estuve en el trabajo. En serio, no he tomado ni una gota de licor.

| 13 agosto 2012 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 641 Lecturas
641

—Tú siempre me dices que llegarás temprano y nunca cumples. Seguro estuviste en la fiesta con tus amigos; mientras yo estuve aquí preocupada por ti sin poder dormir. Sabes que me molesta que no me contestes el teléfono. Lo haces porque sabes que soy yo.

—Se murió la batería de mi celular, salí tarde del taller, se malogró el carro a medio camino; y sabes que el teléfono fijo de la casa está malogrado. Es todo.

—Mientes, como siempre.

En realidad, Mateo no había ido a la fiesta y había salido del taller una hora más tarde que de costumbre, y era cierto que la batería de su celular había muerto; y Leandra no le creía porque él le había mentido tantas veces.

—No estoy mintiendo. De verdad. No quise llegar tarde. Si quieres, mira mi celular. Ya déjame entrar, amor.

—Cuando vine a vivir a este lugar pensé que todo iba ser lindo; pero tú empezaste a cambiar y mis días ya no son los mismos.

—Te digo que te estoy diciendo la verdad.

Eran cerca las dos de la mañana y la calle estaba desolada y fría; y sus voces se escuchaban nítidas en el silencio de la noche. Yo, que vivo solo en el segundo piso del edificio, había escuchado todo y no sé por qué me atreví a intervenir en esa discusión marital.

—Señora, disculpe, me parece que Mateo dice la verdad. Déjelo entrar que está haciendo mucho frío afuera —dije por la ventana.

—Ustedes, los hombres se tapan sus cochinadas —gritó Leandra; y desde el tercer piso se oyó una voz femenina que parecía la de un hombre: “Carajo, Leandra, ese te hace siempre lo mismo. No lo dejes entrar”.

Hubo un gran silencio. Nadie más dijo nada. De pronto, algo se cayó al piso. Creo que fue un celular. Luego se sintieron los pasos de Mateo hacia su carro-carcacha. Quiso encender el carro; pero no lo logró.

—¡Mateo, ven! ¡Mateo, ven! —gritó Leandra. Y justo en ese momento el carro prendió.

Al día siguiente, la noticia de su muerte cruel entristeció al edificio. Se había estrellado contra el semáforo a dos horas de su casa, casi a la salida de la ciudad. Leandra casi se vuelve loca.

Loading...



...

El Escorpión

El Escorpión

elescorpion@diariolaprimeraperu.com