Y para terminar…

Seguramente le ha tocado alguna vez estar de oyente en una conferencia aburrida, de esas en las que usted ya no sabe como sentarse ni para donde mirar, consulta su reloj una y otra vez y el tiempo parece que no pasara, le vienen unas enormes ganas de bostezar y bosteza, y en eso escucha que el orador pronuncia la frase salvadora que usted estaba esperando: “y para terminar…”.

| 08 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 7.1k Lecturas
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Y entonces los asistentes se despiertan de golpe y lo hacen con una mezcla de expectativas las que van desde la posibilidad de que van a escuchar finalmente algo interesante hasta la de sentirse liberados para siempre de la tortura oratoria.

Sin embargo la frustración aparece de inmediato cuando el orador completa la supuesta frase de cierre: “y para terminar…quisiera contarles una pequeña historia que resume todo lo tratado…”, y entonces hay que esperar otros interminables e insoportables veinte minutos hasta que llegue el verdadero final ¿aburrido verdad? ¡claro que sí!

Nadie tiene porqué soportar una charla aburrida, sin embargo muchas veces tenemos que hacerlo ya sea por obligación o porque no queremos lastimar la autoestima del expositor ¿pero y él? ¿acaso su falta de preparación no es la razón por la cual nos hemos aburrido escuchándolo? Actuó mal entonces ya que nadie tiene derecho a cansar o aburrir a los demás. Casi siempre los malos finales revelan la falta de preparación del orador.

Aquí cito algunas típicas malas maneras de cerrar una exposición: “y para terminar…quiero tocar tres puntos adicionales…” ¡por favor! ¿por qué no los trató antes?; “no sé si me he dejado entender….” ¡nadie le ha pedido explicaciones! ¿para qué justificarse entonces?; “bueno, esto es todo lo que quería decir…” (este es el más frecuente de los finales) ¿y qué es lo que ha hecho mientras estuvo diciendo lo que dijo? Es fácil comprobar cómo estos finales no preparados afectan negativamente la valoración del expositor de parte del auditorio.

Claridad y concisión deben de ser las características de una buena intervención oral. Si sabemos lo que queremos decir, a quiénes se lo queremos decir y lo decimos de manera sencilla y en poco tiempo habremos acertado y tendremos un auditorio satisfecho.

Por el contrario pretender organizar lo que vamos a decir al momento mismo de decirlo, es decir con cero preparación, además de constituir una enorme falta de consideración y respeto por los oyentes, garantiza el aburrimiento de éste.

Saber terminar una exposición oral es tan importante como saber empezarla. Introducción, desarrollo y cierre son las partes principales del discurso. Podemos habernos preparado a conciencia y haber expuesto con claridad y concisión e incluso animadamente pero si no sabemos terminarla estaremos perdiendo el impactar en el auditorio.

Es sabido que lo que más recordamos de una exposición es como empieza y como termina. Debemos por tanto evitar finales no preparados o tan pobres que desdibujen lo que hasta ese momento hemos dicho. Tengamos aprendido y ensayado lo que vamos a decir al final de la exposición para asegurar así la efectividad de nuestro mensaje.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista

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