Y hablando de Vicepresidentes…

Si el Presidente del país se ausenta… ¿lo reemplaza el Primer Vicepresidente? En teoría sí, claro, pero hubo excepciones en el Perú, como veremos en la siguiente historia:

| 12 noviembre 2011 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.2k Lecturas
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Rafael Larco Herrera era un millonario norteño, codueño de la gran hacienda Chiclín (junto con sus hermanos Carlos, Rafael y María) que tenía pasión por estar siempre presente; y el dinero que tenía lo hacía realmente... omnipresente. Congresos, recepciones, viajes, inauguraciones, todo era poco para su afán de estar ahí y brillar como inteligente y generoso.

Nada le hubiera gustado más que ser Presidente y pronto se dio cuenta de que la prensa podía ser un poderoso aliado así que en 1931, aprovechando que los partidarios del caído Leguía abandonaban el barco se compró a precio vil “La Crónica y Variedades” que había fundado Clemente Palma en 1912 y puesto al servicio del dictador civil.

Por fin tuvo entonces un diario en Lima para relevar sus virtudes, reseñar sus viajes, actividades y exaltar su incursión en la política.

Fue así como logró colarse en la plancha presidencial de Manuel Prado Ugarteche y ser elegido vicepresidente en 1939. Solo tenía entonces que esperar un poco, y en el próximo viaje se ceñiría -aunque sea por poco tiempo- la banda presidencial.

Y llegó la ocasión. En abril de 1942 el propio Prado le anunció que el Presidente Roosevelt lo había invitado a Washington.

Pero al día siguiente un senador le reveló que el astuto y desconfiado mandatario había encargado la Presidencia al Consejo de Ministros, lo que fue confirmado días después por “El Comercio”. Enfurecido, Larco Herrera lanzó un editorial contra Prado denunciando que se vulneraba la Constitución, logrando que retrocediera.

Prado entonces pidió permiso a las Cámaras para viajar reteniendo sus facultades presidenciales y se marchó a los Estados Unidos sin hacer ningún caso de los reclamos del terrateniente, que insistió en criticarlo en su diario.

Cometió un grave error pues los Prado eran largamente más poderosos y le abrieron una ofensiva policial, sus periodistas lo denunciaron en el fuero laboral y sobre todo la empresa que le facilitaba el papel –y que era de la familia- le inició un proceso coactivo de cobranza avalado por autoridades y jueces que llegaron al extremo de revivir una denuncia ¡del embajador de Alemania! de haberse “vendido a una potencia extranjera”.

Entonces Larco Herrera hizo una de las pocas cosas sensatas de su vida: le entregó el diario a una empresa de los Prado en agosto de 1942 a precio de inventario y se olvidó del periodismo dedicando sus esfuerzos a pleitear con su pintoresco hermano Carlos por las herencias de la familia.


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Juan Gargurevich

Opinión

Columnista

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