Y la bola fue rodando…

Las instituciones deben estar por encima de quienes las representan para no mellar la confianza básica para construir un Estado democrático. Lo menos que podemos exigir es que los representantes que hemos elegido, o los funcionarios cuyo poder viene de un nombramiento legítimo, estén a la altura de un Estado de derecho. La salud democrática se mide por el funcionamiento de sus instituciones.

| 29 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 444 Lecturas
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Confundir las instituciones con las personas es un riesgo a tener en cuenta por quienes son tentados a aprovecharse de sus cargos elegidos o nombrados pero también por quienes echan el agua sucia con el bebe adentro. A todos se les pide integridad, honestidad, profesionalidad, una conducta que implica actuar como se debe y no como se quiere.

Si queremos afianzar nuestra democracia, frágil como en la mayoría de nuestros países, debemos empezar por luchar contra la corrupción sin escondidas lealtades con los corruptos. Seguir por potenciar la laicidad del Estado para que nadie se permita ambigüedades respecto de la separación entre Iglesia y Estado. Continuar por superar dramas nacionales recuperando la memoria histórica sin interferencias interesadas.

Y se necesita hablar claro y por supuesto denunciar sin que ello signifique aprovechar toda oportunidad para hacer de la política un escándalo diario. Los excesos de los medios existen y son dañinos para la democracia tanto como los silencios o las censuras. Fiscalizar no puede significar exageraciones, difamaciones o invenciones, rentables en términos de rating pero sumamente perjudiciales cuando se hacen costumbre y dan pie a venganzas y vendettas como materia prima mediáticamente codiciada. Como en todo el equilibrio y la mesura deberían mandar.

Lo ocurrido con el aumento de las remuneraciones para los congresistas llueve sobre mojado porque hace buen rato que el Poder Legislativo es piñata. La imagen del Parlamento es desastrosa, sus congresistas son privilegiados por su propio poder de decisión. Mientras docentes, médicos, policías y militares claman por un pequeño aumento, el conciliábulo legislativo lo tiene fácil. Y la secuela tiene para rato en los medios que ya le bajaron el dedo a la Ministra de la Mujer y seguirán con otros Ministros que también cobraron. Y ni hablar del Poder Judicial pues la corrupción de la justicia es tema cotidiano y aunque los jueces lo saben no tienen idea de cómo empezar a superar sus lastres.

Ambos poderes del Estado tienen una imagen muy deteriorada y si fueran intervenidos, como sucedió en 1992, serían pocos los que protestarían o saldrían en su defensa. Cuatro malos congresistas o cinco jueces inmorales son suficientes para dejar fuera de juego a un gran poder del Estado. Si esto es así es como ver una película por segunda vez.

Sin olvidar que fueron los medios y los periodistas los que adornaron la cancha y la bola fue rodando…


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