Y dónde está

Casi totalmente aliviado, Wilder volvió de Colombia luego de un tratamiento de la depresión y se reincorporó a su trabajo cerca al Óvalo Higuereta en Surco. Sus amigos le dicen que es extremadamente tímido y sus amigas que es extremadamente sensible.

| 26 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 877 Lecturas
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Ni uno ni otro. Wilder es un joven compasivo que nació con esa vaina de caer siempre en la depresión, pero, como dijimos, se curó ya en Colombia. Lo compasivo, sin embargo, no se lo quita nadie.

Sale a almorzar todos los días por el Óvalo Higuereta y una tremenda pena le golpea el corazón cada vez que ve a una anciana vendiendo chocolates en la puerta del centro comercial cuidándose de un sereno gordo que cuida que en esa zona no haya comercio ambulatorio. Wilder ve a la anciana todos los días y todos los días le compra cinco chocolates. Además la invita a almorzar.

—¿Y usted por qué vende chocolates, acaso no tiene hijos que la ayuden?

—Sí, pero ellos están en sus cosas y una, a veces, necesita el dinero para cualquier cosita, hijo.

—Me recuerda a mi madre, ¿cuántos años tiene usted?

—Ya no sé cuántos. Dejé de contar cuando cumplí 70. Ya no me preguntes más.

Wilder almuerza con la anciana todos los días y cada vez que la deja vendiendo caramelos en la puerta del centro comercial le dice a un sereno gordo que por favor no le hagan nada, que la deje tranquila; y curiosamente el sereno lo mira de una manera extraña, como si no lo entendiera.

Ayer le pasó a Wilder algo muy curioso en el restaurante. La mesera le dijo: “Señor, por qué usted hace unos días siempre compra dos almuerzos y solo come uno y el otro lo deja completo en la mesa”. “¿De qué habla, señorita, compro dos almuerzos porque uno es para mí y el otro es para la señora que está en la mesa?”. “En la mesa no hay nadie, señor”.

Era verdad. La anciana no estaba. “Yo vine con una señora”. “Usted vino solo. Viene solo todos los días”.

Wilder fue a buscar a la anciana sin hacerle mucho caso a la mesera y cuando estaba a punto de salir le preguntó al vigilante del restaurante: “¿A qué hora salió la señora que vino conmigo?”. “¿Señor, usted, vino con una señora?”. “Claro”. “Me parece que vino solo, señor, como todos los días”.

Wilder fue corriendo al centro comercial en cuya puerta la anciana supuestamente vende chocolates. No estaba. Le preguntó al sereno gordo. “¿Dónde está la señora?”. “¿Cuál señora?”. “No sé de que señora habla”. Wilder se fue a casa. Al día siguiente, no encontró a la anciana de los chocolates. Nunca más volvió a verla.


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